Esconde ‘El coro de Praga’ algunos planos hermosísimos, dotados de la fuerza de la música coral sacra e imágenes sólidas que transmiten más de lo … obvio. Por ejemplo, el final, un plano fijo que tanto dice, la belleza del arte, el dolor y la vulnerabilidad humana y, sobre todo, la pérdida de la inocencia, ay.

No teníamos controlado al cineasta checo Ondřej Provazník, que se muestra inteligente, sutil, también extraño y hasta cuestionable en sus decisiones. Provazník nos quiere contar una historia basada en un caso real, de un director de un prestigioso coro de chicas que abusó de sus coralistas.

Sorprendentemente, ‘El coro de Praga’ no llega al meollo explícito de su historia hasta que falta un cuarto de hora para el final. Postergando el nudo, aunque cierto es que lo aborda con tres escenas certeras y casi perfectas, pierde tiempo y ocasión para desarrollar las ramificaciones del caso. A cambio, con tanto metraje previo, tiene la oportunidad de mostrar con calma el contexto, el campo de cultivo de lo que pasará. Las dos adolescentes hermanas, su entusiasmo y su rivalidad. Las polifonías sublimes de una coral femenina y la exigencia que hay detrás. La posición de poder de un director varón rodeado de mujeres en desarrollo, y también las hormonas agitadas de las chicas.

La construcción de todo ese mundo puede resultar algo premiosa y escasa de sustancia, aunque los cánticos corales siempre aporten, las jóvenes actrices tengan magnetismo y los silencios y pequeñas anécdotas vayan conformando una realidad. Luego, acaso tarde, lo sugerido se hace real y la película checa, descompensada en su metraje, acaba impactando y dejando en el espectador un regusto amargo.