Tiene manos como raquetas. Altura de jugador de baloncesto. Se desconoce si supera o no los dos metros, pero por ahí le anda, y eso … teniendo en cuenta que los jugadores de baloncesto siempre se miden con zapatillas de deporte y no descalzos. Sonrisa de niño bueno. Muchos amigos. Corazón solidario. Da la sensación de que cumple sus compromisos y de que el trabajo no es un problema para él. Si hay que hacerlo, se hace, ya sea poner clavos o diseñar jugadas de basket en una pizarra. Habla despacio y, aunque transmite cierta pachorra, si se escarba un poco, él mismo se delata como nervioso e incluso algo precipitado. Eso sí, las patas de gallo de tanto sonreír no se las quita nadie, como tampoco le han salido demasiadas arrugas de fruncir el ceño. Eso ocurre muy poco, aunque seguro que tiene su genio, incluso su mal genio.
Nadie le ha regalado nada, ni cuando jugaba al baloncesto de forma profesional en Oviedo, Salamanca o Zamora, ni cuando dejó el deporte para fundar su empresa, Gimper Asturias, y dedicarse a la organización de eventos, ni mucho menos durante su periplo como seleccionador nacional de baloncesto en silla de ruedas, tanto femenino como masculino, con los que participó en tres Juegos Paralímpicos: Sydney, Atenas y Pekín.
De hecho, ese trabajo aunó sus dos grandes pasiones, convertidas también en trabajos. El baloncesto, «en el que empecé tarde porque antes jugaba al fútbol», y la ayuda y el servicio a los demás. No es difícil descubrirlo porque quienes le conocen le han visto durante años, y le siguen viendo, colaborando en numerosas iniciativas y proyectos solidarios.
Juan Bedia Álvarez (Oviedo, 1964) se crió entre los Dominicos y San Lázaro junto a sus dos hermanas pequeñas, Yolanda y Fely, en casa de sus padres: José Manuel, agente de la Policía Nacional, y Manuela, que cuidaba de la prole. Fueron tiempos de El Campillín, pero también «del descampado en lo que ahora es la Ronda Sur», de las Escuelas Blancas de San Lázaro y del instituto.
Empezó en el deporte jugando al fútbol en las categorías inferiores del Real Oviedo. «Era centrocampista y fui creciendo y me pasé al baloncesto». Es decir, el statu quo para alguien de unos dos metros era más cómodo en el basket que en el deporte de Maradona, que sí, que no medía dos metros. Casi la mitad.
Empezó en el Club Baloncesto Oviedo, luego jugó en el Club Atlético Universitario (CAU) y después en Zamora y Salamanca, antes de volver a jugar en Oviedo «y retirarme a los 29 años». Por el medio conoció a una jugadora madrileña, Ola Moraga, con la que tuvo un hijo, Roberto (30 años), que «ya nos ha hecho abuelos de Aníbal». La verdad es que pinta de abuelo no tiene, pues se conserva en perfecto estado de revista, como diría un militar.
En 1999 creó su actual empresa, Gimper Asturias, «donde nos dedicamos al marketing, la organización de eventos deportivos solidarios y conciertos de música». Diez años antes ya había organizado, en el verano de 1989, el primer campus de baloncesto en Asturias, concretamente en Tineo, «con 50 niños y niñas y la colaboración de Juan Llaneza». Ya en el siglo XXI fue la cabeza visible, en este caso no por alto sino por gestor, del Club Baloncesto Vetusta, que «terminó convirtiéndose en lo que hoy es el Oviedo Club Baloncesto», emblema del basket en la ciudad.
«Me he especializado y me gusta trabajar en proyectos solidarios. He tenido y tengo vinculación con personas con lesiones medulares, enfermos de ELA o la Asociación Galbán, para la que organizamos la carrera solidaria en toda Asturias, y ya vamos como locos para que todo esté listo para el próximo 21 de febrero. Siempre me ha motivado mucho ayudar, no me cuesta nada».
No es mucho de leer porque «soy más de releer lo que me ha gustado». Y, hablando de recordar, no olvida los once días que pasó en el HUCA por culpa de una neumonía bilateral «que cogí durante la pandemia. Qué mal momento». Monta en bici «para mantenerme en forma» y juega una pachanga de baloncesto en El Cristo con exjugadores de su tiempo y viejas glorias. Disfruta de la vida social y de sus amigos, «porque me gusta tomarme una caña y charlar», más que del cine o las series, y se considera un gran viajero.
Juan Bedia es tan grande como buena gente.