Todos los jugadores del Atlético de Madrid caminaron hacia el centro del campo para aplaudir a su gente tras el 2-2 ante el Villarreal. Todos menos uno. Julián Álvarez enfiló solo el camino hacia el túnel de vestuarios, cabizbajo, sorteando una bufanda rojiblanca que le habían lanzado desde la grada y que quedó tirada sobre el césped. La imagen resume mejor que cualquier crónica lo que vive el argentino en el Riyadh Air Metropolitano: una situación que empieza a parecer irreversible.
Fue la consecuencia de la complicada situación que lo tocó vivir al jugador durante todo el partido. En un escenario habituado a blindar a los suyos, la grada decidió señalar al delantero antes siquiera de que rodara el balón: bastó que la megafonía leyera su nombre en la lista de suplentes y que su imagen apareciera en los videomarcadores para que se desatara una pitada atronadora, de las que dejan poso. Álvarez, ya en el banquillo, aguantó el chaparrón con la cabeza gacha.
«Dile que se vaya», el cántico del calentamiento
La escena se repitió, amplificada, cuando saltó a calentar durante la segunda parte: pitos en cada ejercicio sobre la banda y cánticos de «dile que se vaya» desde varios sectores del estadio. El plebiscito, la única incógnita que quedaba del culebrón, se resolvió por unanimidad y en contra. El absurdo se redobló con el cambio: tras el 1-1 de Gerard Moreno desde el punto de penalti, Simeone dio entrada a Julián en el minuto 67 y al jugador le bañó una pitada de escándalo, repetida en cada uno de sus primeros contactos con el balón.
Le piden que se marche y es el club el que no le deja
La contradicción resulta flagrante. La grada rojiblanca le exige a gritos que haga las maletas, pero es el propio club el que mantiene bloqueada cualquier opción de salida y se niega en redondo a negociar con el FC Barcelona. Mientras en los despachos se cierran en banda para no reforzar a un rival directo en LaLiga, parte de la afición descarga su frustración contra el futbolista pidiéndole que se vaya ya. La puerta, sin embargo, la cierran desde arriba.
Cien millones y una denuncia
El origen del conflicto ya es conocido. El interés del Barça y la predisposición del delantero a dar el salto a la Ciudad Condal tensaron la cuerda hace dos meses y medio, cuando el club y el agente del jugador, Fernando Hidalgo, trasladaron una oferta de cien millones de euros. El Atlético la rechazó de plano y fue más allá: denunció al Barça por los presuntos contactos con un futbolista con contrato en vigor hasta junio de 2030 y una cláusula de 500 millones. El Comité de Disciplina de la RFEF incoó un procedimiento extraordinario que sigue pendiente de resolución.
La posición del club no se ha movido un milímetro. El viernes, el consejero delegado, Miguel Ángel Gil Marín, volvió a proclamar la continuidad del argentino en declaraciones a EFE y aseguró que seguirán cuidándolo porque, dijo, «le necesitamos para seguir compitiendo entre los grandes de Europa» y tanto Cerezo como Mateu Alemany antes del partido dejaron claro que era jugador del Atlético e iba a estar en el campo.
Dos puntos perdidos y un plebiscito perdido
En lo deportivo, el Atlético dejó escapar dos puntos en casa: se adelantó en el 59, encajó el penalti de Gerard Moreno en el 66, se quedó con diez en el 76, vio el 1-2 en el 78 y rescató el empate en el 85. Julián, que no jugaba en el Metropolitano desde el 29 de abril y ni siquiera entró en la convocatoria del estreno ante el Málaga, acabó el día caminando solo hacia el túnel. Si el Metropolitano no lo quiere y le canta que se vaya, la pelota queda en el tejado de una directiva que, de momento, se niega a abrirle la puerta hacia Barcelona.