En un edificio de la carretera de la Sierra que podría ser perfectamente uno de sus modelos visuales se encuentra el taller donde cada día … trabajo el pintor granadino Joaquín Peña-Toro (1974), integrante de una de las generaciones de oro del arte contemporáneo granadino reciente. Peña-Toro parece haber hecho un pacto con el diablo: apenas tres canas empiezan a platearle el pelo, y mantiene esa mirada de niño curioso que revela un interior que mira con la expectación de un neófito, por más que su cotización, por méritos propios, no ha dejado de crecer. De él no se espera otra cosa que un dibujo perfecto, un tratamiento del color tan intuitivo como equilibrado y un resultado final que habla por sí solo. No es poca la esperanza, pero él nunca la defrauda.
La conversación con IDEAL se remite en primera instancia a sus orígenes. Concretamente, al edificio que había tras aquel luminoso de la calle Águila donde se escondía la dulzura del chocolate, de los Chocolates Peña-Toro, empresa familiar. «Recuerdo que mi abuela vivía encima de la fábrica, y bastaba entrar para oler la canela y el cacao». Para el artista, este espacio fabril de principios del siglo XX, con sus techos altos y su iluminación cenital a través de pavés de cristal, funcionaba como «un espacio de ensoñación». Estos elementos arquitectónicos y sensoriales –la luz filtrada por el vidrio y los recovecos que se abrían entre las máquinas antiguas– se han acabado integrando, de manera referencial pero discreta, en su pintura, y se han convertido en una suerte de banco de imágenes que aún hoy, en el silencio de la fábrica ya parada, le siguen pareciendo sugerentes.
No fue Peña-Toro un pintor precoz. «Solo tuve claro que quería dedicarme al arte en los últimos años de la Secundaria», afirma. Recuerda que para las pruebas de acceso a la Facultad de Bellas Artes estuvo todo el verano practicando con el carboncillo en la mano. En primera instancia, tuvo cierto sentimiento de inferioridad, que quiso exorcizar estudiando en paralelo en la Escuela de Artes y Oficios. Allí acabó dejando de lado el resto de las asignaturas para centrarse en el taller de grabado que dirigía Pepe Lomas. Se emociona al recordarle. «Pepe entendía las artes plásticas como una profesión sin impostura. En su taller creó una atmósfera de laboratorio donde se mezclaban jóvenes y veteranos, y donde se aprendía no solo técnica, sino una lección de vida basada en la humildad y el celo por la obra propia», asegura.
Sus recuerdos en torno a la Facultad de Bellas Artes están escritos con varios nombres propios, igualmente. En primera instancia, Jesús Conde y Carmelo Trenado, dos grandes cuyo magisterio respeta y admira, y el que fue su referente –y al que, de nuevo, se emociona al recordar– Antonio Pérez Pineda, a quien define como «un maestro con una intuición animal y un conocimiento material profundo de la pintura». De él destaca que su método no era dogmático: «Incitaba al alumno a resolver problemas por sí mismo, permitiendo el espacio necesario para el error». Entre sus condiscípulos y compañeros de correrías artísticas señala a Carlos Orta y Mónica Barahona, cuyas habilidades, dice, «me hacían sentir la necesidad de esforzarme más». Uno de sus ‘ubis’ tanto relacionales como plásticos fue la Galería Sandunga, punto de encuentro para una generación que incluía a Jesús Zurita, Simón Zabell, Alfonso Luque y Paco Pomet, entre otros compañeros de viaje.
El dibujo
Cuando se habla de Peña-Toro, es imposible soslayar la importancia del dibujo en su producción. «Para mí, es el armazón que sustenta un cuadro y, paradójicamente, lo que me otorga libertad absoluta», confiesa. A partir de ahí, describe una técnica que califica de «quirúrgica». Primero, la delimitación del espacio donde se actúa, utilizando herramientas de dibujo geométrico y cinta de pintor, con la cual crea campos cerrados cual si fueran teselas de un mosaico o una pieza de taracea. Luego, dentro de estos espacios protegidos, se permite ser «salvaje», gestual y abstracto en la aplicación del color. Cada trazo puede emboscarse en otro, creando una maraña que el espectador solo percibe en su gozoso conjunto. Ese es, precisamente, el resultado que se obtiene al retirar las protecciones, piezas de un puzzle en el que cada pieza cobra sentido en sí misma y en el conjunto.
La luz es en la obra del granadino como el bajo continuo en las obras barrocas, el elemento que da unidad a su creación. Su experiencia como estudiante Erasmus en el Reino Unido le hizo redescubrir la luz de España, que bajo su prisma aparece caracterizada por sombras precisas y coloreadas. En sus cuadros, sin embargo, la luz no es natural; es una luz «inquietante», de tormenta o de alerta, que pone de relieve lo pintado de una forma que puede parecer, en determinados momentos, irreal.
INFLUENCIAS
Varios nombres propios han marcado su itinerario artístico: Antonio Pérez Pineda, Pepe Lomas, Jesús Conde, Carmelo Trenado…
Muy relacionada con este postulado está su visión del taller, que Peña-Toro aleja de forma consciente del concepto de ‘atelier’ romántico, ese lugar que la luz natural baña o apocopa en función del momento del día o la meteorología. Su taller está en un piso, integrado en la vida contemporánea, en el latir de un barrio popular de una ciudad de provincias. Prefiere trabajar con luz fluorescente continua para mantener condiciones científicas constantes, evitando la variabilidad de la luz natural.
El artista califica su proceso creativo como una unión entre los conocimientos previos y la concatenación de estos de una manera inesperada. No deja de mirar a los clásicos, entendidos en su más amplia expresión, pero ha generado un modus operandi tan propio como inusual, donde el trabajo de campo cobra una importancia capital. Así, a menudo comienza a pergeñar sus obras fuera del estudio, utilizando la fotografía como un bloc de bocetos. Estas fotos no son obras finales, sino ‘trampolines’, catalizadores que van depurando sensaciones antes de llevarlas al lienzo. Su producción tiene en las series, inspiradas por los más diversos temas, una de sus señas de identidad. En cuanto a los materiales, opta por el acrílico, utilizándolo de forma poco ortodoxa a veces, lo cual ofrece un resultado final donde las texturas se convierten en trampas matéricas donde el ojo queda atrapado.

El artista prepara una de sus obras.
(J. A. M.)
Peña-Toro está comprometido con su entorno. La relación con Granada va más allá de lo emocional, de la inspiración que obtiene paseando por sus calles. Los azulejos de la Alhambra –con sus características cadenas de líneas rectas y curvas– y labores artesanales como la taracea están muy presentes en su concepto espacial. Como también lo está la arquitectura cotidiana. Es inevitable preguntarle cómo elige los edificios que plasma. «No busco pintar ‘edificios estrella’, de revista, de esos que aparecen en lo suplementos de sábado o domingo. Lo mío son más bien edificios de ‘entre semana’, aquellos donde vive la gente normal y con los que tengo una conexión emocional», comenta. De hecho, para él, Granada es una ciudad formada por capas casi aluvionales de carácter estético, un archivo inagotable donde la alta y la baja cultura se mezclan sin prejuicios.
Su forma de concebir el arte tiene mucho de multidisciplinar. Y en esta carpeta de intereses ocupa un lugar de honor la música. Melómano convicto y confeso, es habitual encontrarle en conciertos del Festival Internacional de Música y Danza o de la Orquesta Ciudad de Granada. Especialmente acentuada es su conexión con la obra de Manuel de Falla, que ha ido incrementándose con el paso del tiempo. Fruto de esta conexión fue la colaboración con la Fundación que custodia el legado del maestro, iniciada en 2009 con la exposición ‘Variaciones móviles’, celebrada en el edificio Zaida, creado por Álvaro Siza. No hay mejor ejemplo de cómo la geometría integra obras maestras del volumen con edificios a priori sencillos pero sugestivos,
Para este proyecto, el artista creó tres grandes telones que flotaban desde el techo, liberados del bastidor, sobre los cuales se proyectaban imágenes en ‘stop motion’. Las imágenes –pájaros de Fajalauza, granados, motivos de mantones de Manila– habitaban visualmente el Carmen de la Antequeruela, esa joya que amigos como Hermenegildo Lanz –otro de los artistas que le ha inspirado– y algunos otros consiguieron que permaneciera ‘archivada’ a la espera del regreso del maestro de Argentina, algo que nunca llegó a producirse. Recientemente, el artista ha formalizado la donación de los desarrollos en papel de estos telones al Archivo, un gesto que confirma su pertenencia a una institución que considera «modélica».
‘Ataque de responsabilidad’
Su nombramiento como académico de la Real Academia de Bellas Artes de Granada supone «un honor y un ataque de responsabilidad». El artista concibe la institución como un ser dinámico que debe tener voz en la ciudad y en toda Andalucía Oriental. «Es un ente con mucha historia detrás, pero que renueva sus energías con el objetivo de ser útil para la sociedad actual». Agradece a Manuel Vela el haberle propuesto para ser elegido y a Paco Lagares y Jesús Conde el apoyo recibido para su candidatura.
En cierta medida, a Peña-Toro le ha marcado su visión, la de las gentes y la de las cosas, por más que sus obras no retraten a seres humanos. Para él, Granada ha perdido la oportunidad de crear un Campus de las Artes, como lo hay de Ciencias de la Salud. Y sobre la posibilidad de que se convierta en Capital Cultural de Europa en 2031, asegura que la designación es importante, pero que Granada ya es una capital cultural gracias a las personas que forman parte de su tejido creativo y a su capacidad para proyectar su inmenso legado hacia el exterior.