Pocas veces la Vuelta a España ha conseguido encender los ánimos de todo el mundo de forma tan unánime, en el mismo punto del mapa y exactamente por los mismos motivos.
La salida desde Mónaco, un marco que debía ser un escaparate de prestigio y elegancia para la carrera, ha quedado tristemente empañada por una decisión de marketing que roza el esperpento.
Resulta comprensible que el departamento de comunicación se deje seducir por el brillo superficial de los millones de seguidores que ostentan ciertos creadores de contenido, pero es muy difícil de digerir que nadie en la organización anticipara el desastre que suponía meter a una figura como Erola Jons en el corazón organizativo del evento.
La imagen de esta creadora de contenido acosando sin ningún tipo de filtro ni educación a Tadej Pogacar en el propio autobús de la carrera, cambiándose, justo tras el esfuerzo de la competición, cruza todas las líneas del respeto.
Ver cómo se trata a los auxiliares, mecánicos y profesionales de la carrera —gente que trabaja a destajo en un ambiente de altísima tensión— como si fueran comparsas de un vídeo de bromas callejeras genera un rechazo inmediato.
No hay gracia ni frescura en invadir espacios de trabajo para buscar la provocación barata; solo hay una falta absoluta de consideración hacia quienes sostienen el espectáculo sobre sus espaldas.
Lo más doloroso de este episodio es el daño la propia Vuelta se hace a sí misma.
La carrera cuenta con el mejor deportista del mundo en la línea de salida luciendo de inicio los colores de la prueba en un escenario vistoso con una expectación que excede lo deportivo.
En lugar de aprovechar semejante contexto para divulgar las historias humanas del pelotón, la logística fascinante de una gran ronda, la gastronomía local o la cultura del ciclismo, la organización prefirió apostar por el ruido zafio y forzado.
Es una muestra flagrante de cómo la propia dirección resta seriedad a su producto estrella.
Alguien en la cúpula tendrá que dar explicaciones, tanto a ls patrocinadores históricos de la carrera como a los propios mecenas monegascos, porque los aficionados ya han dado su verecito.
Permitir que alguien entorpezca el trabajo de los profesionales en zonas de acceso restringido solo degrada la imagen del evento.
Si la promesa es aguantar este show durante las tres semanas de competición, el camino se va a hacer largo para todo aquel que exige el respeto que la carrera parece haber olvidado.
Imagen: Toni Baixauli




