Después de que el mundo aprendiera del ébola en la pavorosa epidemia que se extendió entre 2014 y 2016 por África occidental, se desarrollaron tratamientos, vacunas, protocolos de prevención y sensibilización para combatir una enfermedad que había dejado tras de sí más de 11.300 muertos. Fue toda una maquinaria internacional de respuesta que debía detectar antes los brotes, contenerlos más rápido y evitar que algo así volviera a ocurrir. Han pasado diez años y el brote que está asolando el este de la República Democrática del Congo va camino de convertirse en el más mortífero desde el registrado hace una década. La Organización Mundial de la Salud (OMS) cree que podría contenerse en tres meses si se destinan los recursos necesarios, pero sobre el terreno se acumulan los obstáculos: una cadena de transmisión imposible de rastrear, dificultades de diagnóstico, desinformación, falta de financiación, una nueva cepa de la que se sabe aún poco y un conflicto armado que propicia el desplazamiento de la población y, por tanto, de la enfermedad.
Este brote de ébola es el peor de los 17 que ha sufrido la RDC en su historia y el segundo mayor después del de África occidental. Aquel se extendió a tres países, Liberia, Guinea Conakry y Sierra Leona, durante dos años largos, contagiando a 28.000 personas. Este brote de 2026 ya ha superado las 2.500 muertes y los 5.300 contagios, según la última actualización del Ministerio de Sanidad congoleño de este domingo, y casi dos niños y niñas al día se han quedado huérfanos, según Save the Children. Aunque la cifra de mortalidad en términos absolutos es considerablemente inferior, este brote, con una tasa de letalidad del 47,6%, se considera más grave porque está matando a más personas en menor tiempo que el de hace dos décadas.
La preocupación por esta epidemia ha llegado también al Vaticano, desde donde el papa León XIV ha pedido este domingo una respuesta de la comunidad internacional. “En mi oración recuerdo a menudo a la RDC, en particular la propagación de la epidemia de ébola, que lamentablemente está provocando muchas víctimas. Animo a una respuesta por parte de la comunidad internacional que involucre también a las comunidades locales en la labor de prevención para salvar muchas vidas humanas”, expresó tras el rezo del Ángelus.
Nada indica que el virus sea imposible de contener. De hecho, el pasado mes de julio llegó a Uganda, país vecino, donde las autoridades lograron cortar rápidamente la transmisión. El desafío en la RDC es la combinación de conflicto, desplazamiento y un diagnóstico tardío que ha desbordado a las autoridades sanitarias.
Ahora se habla mucho de vacunas, y está bien, pero lo fundamental es que empiece a hacerse lo que sabemos que funciona
Fran Bartolomé, experto en ébola y ETD de Médicos Sin Fronteras
La elevada transmisibilidad es lo que más preocupa a la OMS en estos momentos. Responsables de la agencia sanitaria explicaron a Reuters que entre el 70% y el 80% de los pacientes diagnosticados no tenían un vínculo conocido con otros casos ya identificados, es decir, que las autoridades no consiguen reconstruir las cadenas de contagio. Francisco Bartolomé, experto en ébola y enfermedades tropicales desatendidas de MSF, asegura que en algunos momentos del brote “nueve de cada diez” pacientes llegaban sin que los médicos supieran dónde se habían infectado. “Vas corriendo detrás del brote en lugar de ponerte delante para contenerlo”, explica.
La previsión de la OMS de que la pandemia podría contenerse en tres meses vino de labios de Thierno Balde, responsable de gestión de la enfermedad de la agencia de la ONU en Bunia, una de las ciudades más afectadas. “Respecto al próximo plan para los tres meses, sí, si se cuenta con los recursos necesarios, creo que será posible lograrlo”, declaró el pasado martes, durante una videollamada con periodistas reunidos en la sede de la OMS en Ginebra. Sin embargo, en vez de aminorar, el brote se propaga y ha alcanzado una nueva provincia congoleña, la sexta ya, y no existen garantías de que no vaya a llegar a otros países.
Según el comité de emergencia de la OMS, reunido el pasado martes, tres meses después de que se declarase la emergencia internacional por esta crisis sanitaria, el riesgo de propagación del ébola en RDC es “muy alto”, en los países vecinos es “alto” y en el resto de África y en otros continentes es “bajo”.
El problema que está impidiendo contener el brote es, precisamente, disponer de esos recursos. Hasta ahora faltan 46 millones de dólares (39,5 millones de euros) de los 115 que la OMS ha solicitado para responder a la enfermedad.
Supervivientes del ébola abandonan el centro de tratamiento de Rwampara, en RDC, el pasado 16 de junio. Michel Lunanga (Getty Images)
Las actividades de vigilancia epidemiológica, sensibilización y formación comunitaria, además, se han visto muy debilitadas por los recortes de la ayuda internacional. Fue el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien, tras estrenar su segundo mandato en enero de 2025, desmanteló el 90% de los programas de la Agencia para el Desarrollo Internacional de EE UU (USAID), que era el principal donante bilateral de ayuda humanitaria en la RDC.
La decisión fue defendida por el dueño de Tesla, Elon Musk, entonces al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), que aseguró que “nadie ha muerto” debido a esos recortes. La suspensión de cientos de programas dejó sin fondos a numerosas organizaciones locales que trabajaban sobre el terreno difundiendo información, combatiendo bulos y mejorando la detección precoz de enfermedades, que son precisamente los pilares de la respuesta frente al ébola.
Frente al optimismo del responsable de la OMS en RDC sobre el horizonte de tres meses, el doctor Wessan Mankoula, responsable de preparación y respuesta ante emergencias de los CDC de África, rebaja las expectativas: “Estamos lejos de descubrir la verdadera magnitud”, declaró desde el epicentro de la epidemia en la videollamada con los medios de comunicación. Con esta valoración coincidió el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien aseguró que “dista mucho de estar bajo control” y añadió que la epidemia ha tenido “una gran ventaja” inicial. “Todavía estamos intentando alcanzarla”, lamentó en la misma rueda de prensa.
Estamos lejos de descubrir la verdadera magnitud del brote
Wessan Mankoula, responsable de respuesta ante emergencias de los CDC de África
La ventaja a la que se refiere Tedros tiene que ver con esa dificultad a la hora de rastrear el virus, que a su vez impide que se puedan activar las medidas de aislamiento y el seguimiento de los contactos. Aún se desconoce el origen del brote, pero la OMS cree que pudo estar circulando al menos un mes antes de que se confirmara la primera víctima, en mayo, cuando declararon la situación como una emergencia de salud pública de importancia internacional. Bartolomé estima que, a la luz de la reconstrucción epidemiológica del brote, ya había positivos desde enero de 2026.
La dificultad de diagnosticar a tiempo la enfermedad tiene una razón fundamental: existen al menos seis especies conocidas de ébolavirus, aunque los grandes brotes humanos han sido causados por tres de ellos: Zaire, Sudán y Bundibugyo, que es el que se propaga por RDC. Zaire fue la cepa responsable de la tragedia de África occidental hace una década y todas las innovaciones para diagnosticarla se centraron en ella, pero la cepa Bundibugyo solo ha sido detectada dos veces, en 2007 y 2012, y fueron brotes relativamente pequeños, así que quedó más relegada y por eso las pruebas rápidas que se utilizan habitualmente no la identificaban.
A estas dificultades se suma la ausencia de vacunas o tratamientos específicos para esta cepa, cuya mortalidad ronda entre el 30% y el 50%. Los elaborados para la cepa Zaire no funcionan para este virus, así que la OMS y varios laboratorios y farmacéuticas están investigando fármacos e inmunizaciones que puedan funcionar. ”Ahora se habla mucho de vacunas, y está bien, pero lo fundamental es que empiece a hacerse lo que sabemos que funciona”, reclama no obstante Bartolomé.
Por ahora, la Alianza Mundial para las Vacunas (Gavi) ha sido la última en anunciar un envío de ayuda de casi 11 millones de euros. De ellos, seis millones son para adquirir 70.000 dosis de la vacuna Ervebo provenientes de la reserva mundial de vacunas contra el ébola, y otros cinco millones adicionales (de los 43 millones anunciados en mayo) para reforzar los servicios de inmunización en otros países. La inmunización Ervebo se ha empleado con éxito contra la cepa Zaire y, según Gavi, ha mostrado evidencias de que podría ayudar a reducir los casos graves y las muertes provocadas por la cepa Bundibugyo. Las primeras 16.000 unidades llegaron este viernes.
Dificultades añadidas
La respuesta al ébola enfrenta una dificultad adicional: el brote se está expandiendo por una de las regiones de RDC más inestables de África, en la que operan decenas de grupos armados con intereses encontrados. Entre ellos destaca el Movimiento 23 de Marzo (23M), respaldado por Ruanda según la ONU (aunque Kigali lo niega), en las provincias de Kivu del Norte, Kivu del Sur e Ituri, tres de las más afectadas por la enfermedad. Esta violencia ha desplazado a al menos 6,9 millones de personas, según Acnur, y esa elevada y constante movilidad favorece la propagación descontrolada del virus y complica el rastreo de contactos.
La inseguridad y el miedo también están provocando que los ciudadanos no acudan a los centros de salud para pedir diagnóstico o procurarse tratamiento. Al quedarse en sus barrios, propician el contacto. “Lo que más me preocupa es dónde están muriendo los pacientes: en sus hogares, en sus comunidades, fuera de los centros de tratamiento. Estas muertes apuntan a una cadena de transmisión que aún no hemos identificado”, ha reconocido Tedros.
Un miembro del grupo rebelde M23 monta guardia mientras las autoridades provinciales visitan el Laboratorio Rodolphe Merieux, del Instituto Nacional de Investigación Biomédica (INRB), donde se analizan muestras de casos sospechosos de ébola, como parte de la respuesta a la epidemia en Goma, provincia de Kivu del Norte, en la República Democrática del Congo, el 19 de mayo de 2026.Arlette Bashizi (REUTERS)
Y no es solo por la violencia. El temor a contagiarse también está alejando a las comunidades de los centros de salud, y por tanto están quedando sin tratar otras enfermedades más frecuentes, como el VIH, las complicaciones de la diabetes, la tuberculosis o la malaria. “Sabemos por experiencia que cuando la gente deja de ir al hospital por miedo, aumenta la mortalidad, igual que ocurrió con la covid”, alerta Bartolomé.
En el este de la RDC circulan desde hace años rumores que presentan el ébola como una invención de Occidente o un negocio impulsado por organizaciones internacionales para captar financiación, y esa desinformación lleva a muchas familias a ocultar a sus enfermos y evitar los centros sanitarios. “Tenemos que hablar mucho con las comunidades; escucharlas e involucrarlas”, insiste Bartolomé. “Para que sepan cómo se transmite el virus y entiendan por qué es tan importante el manejo de los fallecidos”.
Bartolomé se refiere a que el ébola se propaga a través del contacto con fluidos corporales, y la manipulación de los cadáveres constituye un momento de alto riesgo. En culturas cuyos ritos funerarios dan importancia esencial a que los seres queridos amortajen a los muertos, esas ceremonias pueden convertirse en un importante foco de contagio, y de ahí que sean esenciales las actividades de sensibilización y formación.
Bartolomé recuerda que la respuesta a cualquier brote también depende de quienes la llevan a cabo, es decir, los trabajadores sanitarios. En las últimas semanas, decenas de empleados públicos del este de la RDC han protagonizado protestas y huelgas para reclamar unos salarios que llevan meses sin cobrar. “Lo fundamental es que los trabajadores reciban sus salarios, estén seguros y no tengan que atender a un paciente con ébola sin guantes, sin protección o sin poder lavarse las manos”, advierte el experto de MSF.