«Nada permanece… todo se desvanece». Con esta letra de la canción de Loquillo Cruzando el paraíso se abría la intro de la miniserie Crematorio. Estrenada en 2011 como la primera ficción de producción propia de Canal + España, pasó algo desapercibida en su momento, quizás porque todavía no estábamos preparados para ella. En una época en la que la gente comenzaba a mirar a Poniente, la visionaria Mod Producciones apostó por una obra que nada tenía que envidiarle a los estrenos más sofisticados de HBO.

Y no era para menos, si tenemos en cuenta las credenciales de aquella joven compañía, que venía de producir películas como Ágora o Biutiful, además de la siempre entrañable Primos. Buscando el más difícil todavía, la empresa capitaneada por Fernando Bovaira tomó algunos de los elementos del thriller criminal anglosajón y, junto al entonces director de contenidos de Canal+, Álex Martínez Roig, los trasladó a un universo profundamente reconocible para el espectador español. La novela homónima de Rafael Chirbes proporcionaba el perfecto punto de partida.

Adaptada libremente por los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, la ficción se situaba en Misent, un lugar imaginario del Levante español. Allí, Rubén Bertomeu (Pepe Sancho)había dejado atrás sus prósperos negocios agrícolas para pasar al siguiente nivel y crear un entramado empresarial que lo convertiría en el hombre más poderoso de la zona. A su alrededor orbitaba toda una fauna de personajes sometidos, de una manera u otra, a su poder.

La gran virtud de la serie estaba precisamente en su capacidad para tomar la esencia de la novela y redimensionarla con una estructura de vocación puramente cinematográfica. Su historia apelaba sin rodeos a un imaginario que los espectadores españoles conocían demasiado bien, y quizá ahí residía buena parte de la fuerza de la obra y de su adaptación.

El retrato de una época

El relato podía completarse fácilmente con toda la información que tenemos sobre casos como Malaya o la trama Gürtel, episodios que han marcado la historia reciente de la corrupción en nuestro país. En ese territorio se movía el personaje interpretado por Pepe Sancho, una suerte de Vito Corleone valenciano que haría palidecer al mismísimo Tony Soprano.

«La corrupción funciona siempre de la misma manera, por eso no deja de estar presente, y la prueba es que en la serie mostrábamos las libretas de Bertomeu basadas en las libretas de Roca, el concejal de urbanismo de Jesús Gil, y que vistas hoy recuerdan bastante a los papeles de Bárcenas», señalaba Alberto Sánchez-Cabezudo.

«La cadena nos pidió hacer lo que estábamos deseando hacer, así que nos dejaron contarla como queríamos. Pero sobre todo fue una serie oportuna que conectó muy bien con su momento, quizá por eso se recuerde. Habla de quiénes somos y nos retrata como sociedad desde la Transición hasta la crisis de 2008″, continuaba el guionista. 

Y quizá ahí esté la razón por la que Crematorio ha ganado con el paso de los años. Lo que en 2011 podía parecer una ficción demasiado incómoda, demasiado cercana o incluso demasiado local, hoy funciona casi como el retrato de una época.