Los campos de lavanda alrededor de Manosque fueron testigos de uno de esos récords imposibles de la historia del ciclismo. El alcarreño José Luis Viejo … aprovechó una etapa larga del Tour de 1976, de 224 kilómetros, para fugarse en solitario y cruzar la meta con 22 minutos y 50 segundos de renta. Nadie ha vuelto a repetir algo así. Ni acercarse. Tampoco la Grande Boucle ha vuelto a instalar una línea de meta allí hasta la fecha. Aunque se dice que no tardará en exceso después de acoger el final de la segunda jornada de La Vuelta.

La ronda española proponía otra jornada larga. Con 202 kilómetros y 3.000 metros de desnivel positivo para ahogar a los sprinters. Propicia para aventureros como Viejo. Aunque a Mads Pedersen no se lo parecía. «Está Wout van Aert», señalaba el danés. «Y muchos otros equipos que quieren llegar a la meta y esprintar por los segundos de bonificación. Sencillamente, no creemos que sea un día para escapadas», declaró.

Su esperado duelo con el belga tampoco llegó. Atrapada la fuga, cada uno tenía una estrategia distinta. La líder del Lidl-Trek, que ya había ganado en Manosque tanto en el Tour de la Provenza como en la París-Niza, era medir los esfuerzos para explotar su potencia en la recta de meta, en ligera cuesta. La de Van Aert, atacar a dos kilómetros del final, tras una curva cerrada, cuando más se inclinaba el asfalto.

Pogacar salió a por él. No quería perder el maillot de líder pese a que en Mónaco no lo descartaba. Tras unos cuantos metros de persecución, el esloveno logró atraparle. «Esperé un poco en la parte de arriba», describió Van Aert, el señuelo del Visma. El cebo de la victoria.

Llegó el pelotón lanzado por detrás. Desordenado. Al Visma aún le quedaban balas. Llevaba a Laporte de vigilante. Y a Matthew Brennan de ejecutor. Más que un as bajo la manga. En cuanto Pedersen quiso lanzar el sprint, salió como un disparo. Un cohete. Es al único al que parece que no se le hace dura la cuesta. Funde a Pedersen. Pogacar, sofocado por el ataque de Van Aert, tampoco puede seguirle. Pero se esforzó por acabar en la mejor posición posible para salvar el maillot rojo.

Ethan Hayter se levantó todavía con el disgusto de la crono. Normal. Perdió una victoria y liderato en La Vuelta por nueve centésimas. Y sin contrato para el año que viene. Su carrera es efervescente. Empezó como Brennan. Velocísimo y con piernas para aguantar en subidas cortas. Estaba en Ineos y cosechó 15 victorias en dos temporadas. Luego perdió la pasión. Se lo achacó al equipo. Fue a Soudal y empezó a destacar más en las contrarrelojes que en los sprints. Tampoco le ofrecían muchas oportunidades de correr las grandes. La Vuelta es la última.

«Si Tadej realmente quiere el maillot rojo, no hay nada que yo pueda hacer al respecto», asumía en la salida. Pero no por ello iba a dejar de intentarlo. No le valía quedar por delante de él. Necesitaba algún segundo de ventaja para desbancarle. «Hace tiempo que no esprinto en pruebas así. No apostaría demasiado por ello». ¿Otro señuelo? No. Se lanzó a la aventura.

Con la ayuda de Valentin Paret-Peintre, formó la fuga del día. Le siguieron Koen Bouwman (Jayco), primer maillot de la montaña, el navarro Diego Uriarte (Kern Pharma) y más tarde el asturiano Sinuhé Fernández (Burgos-Burpellet). Una vez resuelto el paso por los dos puertos puntuables del día, a ninguno le interesó seguir quemando cartuchos. El ciclismo ya no rueda en los tiempos de Viejo. El Visma apenas les concedió un minuto y medio de ventaja a los cuatro.

Pero quedaba el botín del sprint intermedio. Allí había seis segundos de bonificación. Un tesoro. Visma también los buscaba con Van Aert. Pogacar les dejó hacer. Hayter insistió. Malhumorado. Se le había roto su coulotte distintivo. Verde como el color de las aguas del río Verdón. Parecía apretarle. Llevaba un desgarrón sin haberse caído. Así hacía camino, con rabia. Logró llegar el primero a Gréoux-les-Bains y se fue a cola de grupo. Ya era líder. Virtual. Si no llegaba en el mismo grupo que Pogacar, de nada le habría servido.

Fue entonces cuando se notó los 3.000 metros de desnivel de la etapa. Los últimos diez kilómetros, repletos de isletas, rotondas, tensión, y siempre cuesta arriba, hicieron mella. Tanto que solo 41 ciclistas entraron en el mismo tiempo que Brennan. Se les dio 18 segundos perdidos al grupo en el que llegaron Almeida y Felix Gall, poco dados a estos esfuerzos explosivos. Y 31 a Hayter. Otro disgusto. Entró en la meta dando un golpe en el manillar.

El que más cerca se quedó de agarrar a Brennan fue Pau Miquel. El corredor de Bahrain Victorious encontró el hueco y las fuerzas en los metros finales. Hasta superó a Pogacar. «La victoria ha estado cerca…», sintió. «Bueno, no tan cerca», se corrigió. Terminó segundo, pero sin opción de meterle rueda a Brennan.

Tiene 21 años y ya acumula 20 victorias. Su vertiginosa evolución sorprendió hasta al Visma. Le fichó en el verano de 2023 desde el Fensham Howes-MAS Design británico y tras apenas cuatro meses de competición, le extendió un contrato hasta 2027, ya en el primer equipo. Sant Feliu de Guíxols, en la Volta Catalunya, destapó su talento en una cuesta similar a la de Manosque. En solitario, batió a dos Alpecin, Groves y Del Grosso. Tenía 19 años. Philippe Gilbert no tardó en compararle con Sean Kelly. «¡Ciclista inteligente, explosivo, rápido y resistente! Si fuera mánager, ¡en él pondría mis millones!». Visma lo hizo. Su renovación hasta 2029 mitigó la marcha de Olav Kooij. A Van Aert le entró la risa cuando le preguntaron si la victoria de su compañero era una sorpresa. «Por lo que ya ha demostrado, diría que es casi una continuación normal».