Ionel Bazoiu, el joven rumano de 20 años que falleció esta mañana, un día después de haber sido rescatado el domingo por la tarde tras un ahogamiento en la balsa de la Morea de Beriáin –donde, según cuentan los que le rescataron, había tragado «mucha agua y lodo»– junto a otra joven de 25 años de origen rumano que se encuentra en estado crítico, había llegado a Pamplona hace unos años en busca de una vida mejor.

Fallece el joven rescatado de la balsa de La Morea y la chica continúa en estado crítico
La balsa, muy frecuentada como zona de baño natural durante los meses de verano, carece de socorrista, y su profundidad y su fondo fangoso son factores que las autoridades señalaron como especialmente peligrosos en episodios como este, en los que quien se ahoga puede quedar atrapado en el lodo del fondo sin poder salir a la superficie.
Ionel había nacido en Buzau, en el sureste de Rumanía, una región conocida por sus yacimientos petrolíferos y su tradición agrícola. Allí creció ligado al fútbol del Club Petrolul Berca, el equipo de la comuna de Berca, en esa misma provincia, donde dio sus primeros pasos como futbolista y disputó sus primeros partidos. A juzgar por las imágenes que él mismo compartía en sus redes sociales –fotografías con el equipo, en las gradas del campo local, con el chándal del club– siguió sintiéndose vinculado a ese primer equipo incluso años después de haberse marchado de Rumanía.
Porque Ionel se fue pronto. Dejó su tierra siendo apenas cumplió la mayoría de edad –hacia 2025–, con la idea de construirse en otro lugar el futuro que en Berca no veía posible. Fue una decisión que le costó caro en lo personal: abandonar casa, familia y amigos a una edad temprana es algo que él mismo reconocía como el precio más alto que había pagado por perseguir lo que quería. En una de sus publicaciones en redes sociales, junto a una fotografía con su equipo, escribía que el fútbol era «lo único» que le hacía feliz, precisamente porque sentía que había perdido su infancia entera en el camino hacia esa meta. No eran palabras de rencor, sino de determinación: quería demostrar, decía, que «todo es posible» para quien se atreve a intentarlo, y estaba dispuesto a darlo todo para hacer callar a quienes le auguraban que el camino sería demasiado difícil.
Ese mismo impulso lo llevó, hace un par de años, hasta Pamplona, ciudad a la que llegó junto a su familia y en la que rehízo su vida lejos de Rumanía. Quienes lo conocían en la ciudad lo describían como un chico con espíritu emprendedor que trabajaba en el sector de la construcción, siempre con algún proyecto o idea entre manos, con ganas de salir adelante. Y aunque su vida había cambiado de país, el fútbol seguía siendo una constante: no había dejado de lado esa pasión, presente en buena parte de lo que compartía con su entorno y en lo que, según su propio testimonio, encontraba su verdadera felicidad.