Talento de ida y vuelta. Amaia Navarro Corcuera (Logroño, 1990) tiene un doble sueño: contribuir a la cura del cáncer, en su caso el de … hígado, y, además, lograrlo en su tierra riojana, en el Cibir, donde, muy joven, ya realizó sus primeras prácticas. Licenciada en Biología en la Universidad de Navarra, tras obtener el Doctorado Internacional en Investigación Biomédica, hizo las maletas y puso rumbo a algunos de los centros más prestigiosos del planeta –Nottingham Trent University, en Reino Unido; y Mayo Clinic (Minnesota) y la Icahn School of Medicine at Mount Sinai (Monte Sinaí), en Nueva York, Estados Unidos. Con independencia científica gracias a la financiación de AECC Talent y a otra subvención del Ministerio de Ciencia, retornó a España, donde lidera una línea de investigación a las puertas de casa, en el CCC bioGUNE de Bilbao. «El siguiente paso en mis planes es la vuelta a Logroño, al Cibir», admite con tanta firmeza como ilusión.
– Como tantos jóvenes brillantes tuvo que emigrar para investigar, pero en su caso acaba de volver a España con un futuro científico inmediato garantizado. ¿Ha empezado a cambiar algo por fin en este país?
– Sí, afortunadamente en los últimos años hay más proyectos, más propuestas y más convocatorias para que la gente que emigramos al extranjero podamos volver a casa y ejercer nuestra labor en España.
– Más proyectos, pero la gran traba siempre ha sido la económica. ¿Empezamos a estar al nivel de fuera?
– No, todavía no estamos al nivel europeo ni, desde luego, al estadounidense, pero sí que es cierto que ahora hay vías para poder volver tanto con un salario como con financiación para proyectos de investigación.
– ¿Es positivo salir, ver lo que hay y formarse en centros estratégicos y de éxito como ha sido su caso?
– Sí, desde luego. Es un poco una mezcla entre un requisito para un investigador que quiera promocionar en España, pero también un privilegio. El que nuestra carrera en cierto modo exija salir al extranjero, te da una experiencia que no la puedes adquirir donde vives. Conoces nuevos grupos, nuevas formas de trabajar y metodologías que luego puedes traerte.
– Y, claro, hay ciertos centros mundiales que dan prestigio, ¿no?
– Sí, eso está claro, dan prestigio porque tienen muchos años de historia científica, de logros y de mucho dinero, que es clave en la investigación. Tienes premios Nobel y gente puntera en esos centros con los que luego puedes establecer colaboraciones y, una vez que vuelves a España o a otro país europeo, mantenerlas y desarrollar nuevos proyectos con ellos.
– Tras varios años en Reino Unido y Estados Unidos, usted ya está al lado de casa, en el CIC bioGUNE de Bilbao. ¿La veremos en Logroño, en el Cibir, donde ya hizo sus prácticas?
– Sí, en tercero de carrera hice prácticas en el grupo de José Antonio Oteo y aprendí muchísimo. Y sí, mi idea ahora es acercarme poco a poco a casa. El primer gran salto fue a Minnesota, luego Nueva York, ahora Bilbao y el siguiente paso en mis planes está la vuelta a La Rioja, a Logroño, al Cibir.
– ¿Está el Centro Biomédico de la Rioja a la altura de otras instituciones? Las nuevas tecnologías han derribado viejas fronteras y hoy parece posible, distancias económicas al margen, investigar igual en Logroño que en Nueva York. ¿Es así?
– Yo creo que estamos en el camino correcto. El Cibir es un centro de investigación asociado a un hospital universitario y tenemos la Universidad de la Rioja y el estreno de la Facultad de Medicina. Creo que se puede hacer un puente entre esos tres pilares y, si se trabaja en conjunto y se trae talento, se puede construir una red biosanitaria muy muy interesante.
Financiación e independencia
– En su caso, el retorno a casa ha llegado, además, con el sueño de todo investigador, la independencia económica científica, al menos para los próximos dos o tres años.
– Sí, así es. Cualquier investigador que se precie, o al menos en mi caso, el objetivo es poder aportar y contribuir al desarrollo científico, a esa cura, en mi caso, del cáncer de hígado. Y luego, a nivel individual y personal, pues poder montar tu propio grupo de investigación y obtener financiación externa tanto pública como privada. Ese es el sueño y es lo que se persigue, efectivamente. Yo he vuelto con financiación, 237.600 euros de la Asociación Española Contra el Cáncer de Vizcaya, cofinanciada por las acciones Marie Skłodowska-Curie de la Comisión Europea, que me permite pagar mi propio salario y tener dinero para investigar en el cáncer de hígado asociado a la obesidad. Esas convocatorias que saca la Asociación Española Contra el Cáncer son las que permiten que los que estamos fuera podamos volver. Además, he obtenido 125.000 euros del Proyecto de Generación de Conocimiento concedido por el Ministerio de Ciencia.
– Investigar es de todo menos barato.
– No, desde luego. La investigación necesita mucho, mucho, mucho dinero. En países como Estados Unidos, donde la filantropía se permite, las grandes cantidades de dinero que se invierten permiten tener una investigación puntera. En Europa hay un funcionamiento distinto, pero bueno yo creo que priorizando la investigación hará que podamos invertir más.
– Dinero que al final repercute en el sueño de todos, salud y la cura de enfermedades que tanto dolor provocan, además de gastos millonarios.
– Hay que verlo a medio y largo plazo. La investigación es lenta, pero es cierto que cualquier medicamento que tomamos y cualquier cirugía tiene detrás muchísimo trabajo y muchos años de investigación, de pruebas en células, luego en animales y luego en ensayos clínicos, hasta que finalmente llega a la clínica.

La investigadora riojana, hace unos días en Vara de Rey, junto a Diario LA RIOJA.
(LR)
Futuro regional
«Si se trabaja en conjunto y se trae talento, se puede construir una red biosanitaria muy muy interesante en La Rioja»
Amaia Navarro Corcuera
Investigadora
Optimismo
«Estamos más avanzados en tumores líquidos que en los sólidos, pero vemos ya formas de cronificar la enfermedad»
Investigadores
«España está en el top mundial con diferencia, pero se benefician otros países de nuestra formación»
Apoyo a la ciencia
«La Asociación Española Contra el Cáncer hace un trabajo exagerado y ahora mismo es el motor de la investigación en Oncología de nuestro país»
– ¿Cambió todo con la pandemia?
– Yo creo que sí, que en la pandemia como sociedad nos dimos cuenta de la importancia que tiene el trabajo en el laboratorio, investigar, conocer la secuencia genética de ese virus y diseñar una vacuna en un tiempo récord gracias a la que pudimos curarnos. Yo creo que ahí la sociedad sí que tuvo un click, pero no sé hasta qué punto lo mantenemos porque a veces tenemos memoria a corto plazo. Me temo que ese susto se nos ha olvidado un poco, pero sí que creo que la sociedad tiene que priorizar la investigación; y, a la vez, los investigadores tenemos que aprender a divulgar la importancia de la investigación.
– Pues a ver si lo logramos… ¿Su labor se centra en estudiar la relación entre obesidad y cáncer de hígado y entender los cambios celulares y metabólicos que producen que pueda aparecer ese tumor hepático?
– Sí así es. Hemos visto que en presencia de grasa en el hígado, las células cambian su morfología, su comportamiento y, en concreto, el sistema inmune pasa de defendernos a ser nuestro enemigo. Entonces, lo que a mí me interesa es ver por qué esa acumulación de grasa hace que en la secuencia genética se pongan unas marcas que aunque no cambian la secuencia genética, son, por entendernos, como unos accesorios que van a hacer que haya genes que se expresen de manera anómala y otros que no. Esto lo estudio en unas células inmunes claves que se llaman macrófagos y lo que intento es ver cómo podemos hacer para resetear y reprogramar la célula y, digamos, volverla buena.
Obesidad, pandemia global
– ¿Por qué optó por esa línea investigadora? ¿Por qué el cáncer de hígado?
– Bueno, toda mi trayectoria ha sido en hepatología, en enfermedad hepática, desde fibrosis, inflamación hepática, colestasis y ahora cáncer de hígado y enfermedades metabólicas hepáticas. Además de toda esa formación en biología del hígado, hay que tener en cuenta que hoy en día más del 30% de la población mundial tiene obesidad, tiene hígado graso, esteatosis, y que más de un 20% de esos pacientes van a terminar desarrollando hepatocarcinoma, cáncer de hígado, el más típico en adultos y que hoy en día tiene una supervivencia media de año y medio o dos años cuando se detecta en estadios avanzados. Es una enfermedad muy silenciosa y para cuando la detectamos ya es demasiado tarde. La obesidad ahora mismo es una pandemia en el mundo. Todo eso me ha empujado a estudiar el cáncer de hígado asociado a obesidad.
– Casi toda la actividad científica en Oncología busca hoy no solo la cura, sino prevenir la aparición de la enfermedad, lograr el diagnóstico precoz y luego, evidentemente, desarrollar dianas terapéuticas personalizadas. ¿Es ese el camino hacia el éxito?
– Exacto, muchas veces nos centramos en curar la enfermedad, pero es muy importante hacer hincapié en prevención y diagnóstico. En este caso, si hablamos de prevención, hay que hacer saber a la gente que el cáncer de hígado no solo viene por una ingesta abusiva de alcohol, sino que también nos puede venir por la obesidad, por la acumulación de grasa en el hígado aunque no se esté obeso e incluso por un consumo excesivo de paracetamol. Hay maneras de ayudar a que el hígado no enferme. En cuanto al diagnóstico y a la detección temprana, hay ciertas etapas de la enfermedad hepática que nos permiten revertir la patología y volver al inicio, a un hígado sano, pero una vez que pasamos ciertas fases avanzadas ya es imposible revertir la enfermedad. Así que, evidentemente, un diagnóstico en etapas tempranas nos ayudaría muchísimo. Se trata de estudiar moléculas que nos permitan lo que llamamos biomarcadores y lo podamos ver en sangre. En mi proyecto estudiamos una diana terapéutica, DNMT3A, que puede ser un futuro biomarcador.
– ¿Podríamos llegar a que alguien con un alto porcentaje de riesgo de la enfermedad no la desarrolle?
– Eso es, conocer lo que llamamos perfiles genéticos y epigenéticos de pacientes sanos y enfermos, hacer comparaciones y ver qué perfil te predispone más a la enfermedad que otro. Entender esas poblaciones y esa heterogeneidad ayudaría mucho también a poder prevenir la enfermedad en pacientes más predispuestos a ella.
– ¿Su labor investigadora podría aplicarse a otros cánceres?
– Hay mecanismos moleculares comunes y también mecanismos epigenéticos comunes. Lo que intentamos es llegar a la medicina personalizada, porque cada paciente es un mundo y cada enfermedad se comporta de manera distinta y, por ello, hay tantos tipos de cánceres como personas existen en el mundo.
– La investigación oncológica avanza a gran velocidad, pero la incidencia de casi todos los tumores no deja de crecer. ¿Es optimista? ¿Veremos en unos pocos años la curación de algunas de estas patologías o, al menos su cronificación?
– Sí, yo creo que lo estamos viendo. Estamos más avanzados en tumores líquidos, por ejemplo, en las leucemias, que en tumores sólidos, pero sí vemos que hay ya formas de cronificar la enfermedad, que es uno de los objetivos que tenemos. Se trata de en vez de erradicarlo, en vez de eliminar el cáncer, que se pueda cronificar la enfermedad y creo que hay grandes avances y los vemos en el cáncer de próstata o en el de mama. Es cierto que tenemos otros desafíos, como el cáncer de páncreas o los tumores cerebrales o hepáticos, que, por sus características, son más desafiantes, pero sí que se va, al menos, hacia esa cronificación de la enfermedad y que el paciente pueda vivir con el cáncer.
En el top mundial
– La labor investigadora, que requiere mucho sacrificio y esfuerzo, no ha frustrado su vocación docente. ¿Qué diferencias ha apreciado entre los universitarios norteamericanos y los españoles? ¿Debemos quitarnos los complejos que nos acompañan?
– Yo creo que los investigadores que salimos de España somos maravillosos. Me ha tocado estar con investigadores, estudiantes y postdoctores de muchísimos países de todo el mundo así que he podido comparar y creo que España está en el top mundial con diferencia. En la universidad nos formamos muy bien y a nivel de práctica tenemos muy buena formación. Así que creo que lo que nos falta es vendernos mejor, tener más confianza en nosotros mismos y creérnoslo. Los investigadores españoles somos muy queridos y apreciados en el extranjero y nos falta un plan de retorno, porque nuestra formación es espectacular, pero se benefician otros países de ella.
– ¿Cuál es su deseo personal a corto plazo?
– Pues me encantaría poder formar un grupo de investigación, potencialmente en el Cibir, y además poder transmitir lo que he aprendido, tanto a nivel técnico y metodológico como a nivel de pasión y de sentimiento, a un grupo de estudiantes que quiera unirse al grupo y formar parte de él. Eso me encantaría, combinar la docencia y la investigación.
– ¿Y su sueño de futuro?
– Poder seguir contribuyendo a la cura del cáncer. El que cada artículo que sacamos, cada gráfica, cada resultado, cada modelo animal sea un pasito o fármaco o ensayo clínico que pueda hacer que el paciente encuentre una cura. Ese es un trabajo multidisciplinar, no se puede hacer solo, y es fundamental esa red de colaboración con médicos, investigadores, farmacéuticas, instituciones públicas y privadas.
– Frente al cáncer hemos avanzado en los últimos 20 o 30 años una barbaridad, pero nos falta mucho por saber todavía, ¿no?
– Sí, nos falta mucho por saber, pero también es cierto que hemos avanzado mucho. Y aquí quiero aprovechar para destacar a la Asociación Española Contra el Cáncer, que hace un trabajo exagerado y que ahora mismo es el motor de la investigación en Oncología de nuestro país, en todas las comunidades. Ojalá desde las instituciones públicas podamos recibir ese seguimiento y apoyo. Yo estoy encantada de que la asociación haga lo que hace y lo siga haciendo, pero el motor debería ser el Estado y deberíamos tener financiación pública. Es cierto que hemos mejorado mucho, pero creo que necesitamos un proyecto de futuro para los próximos 20 años y organizar el dinero y distribuirlo de manera exitosa y eficiente.