Velefique tiene algo que muy pocas montañas pueden permitirse. Antes incluso de que un corredor llegue a sus rampas, la carretera ya ha construido su … propia leyenda. Vista desde lejos, la subida se retuerce sobre la Sierra de los Filabres en una sucesión de herraduras dibujada con paciencia sobre la montaña. Son 21 curvas en unos 14 kilómetros, una coincidencia que hace inevitable mirar hacia los Alpes y pensar en Alpe d’Huez. La publicación especializada Cyclist incluyó Velefique entre sus grandes ascensiones europeas y destacó esas 21 curvas, describiendo la carretera como una especie de encaje que serpentea por la ladera.
Ahí empieza una comparación que merece la pena hacer con cuidado. Velefique no es Alpe d’Huez. No tiene su historia, su dimensión internacional ni el peso de las imágenes acumuladas durante décadas de Tour. Pero tiene una geometría casi idéntica en uno de los elementos que más han contribuido a convertir a la montaña francesa en un icono. Las 21 curvas. En Alpe d’Huez están numeradas en sentido descendente y forman parte de la identidad misma de la ascensión. La carretera comienza en Bourg d’Oisans y asciende durante 14,454 kilómetros, con 1.121 metros de desnivel y una pendiente media del 7,9 por ciento. La propia estación define las 21 curvas como uno de los grandes símbolos del ciclismo mundial.
Diferencias
En Velefique la cifra vuelve a ser 21. La subida más reconocible parte del entorno de Velefique y alcanza aproximadamente 14 kilómetros, con unos 891 metros de desnivel y una pendiente media del 6,4 por ciento según Cyclist. La diferencia de porcentaje es importante. Alpe d’Huez es una ascensión más exigente en términos medios y concentra una mayor cantidad de desnivel. Pero cuando se observa la carretera desde el otro lado del valle, cuando las curvas aparecen unas encima de otras y el asfalto parece buscar el camino más improbable hacia la cima, la comparación deja de parecer exagerada.
Hay una razón por la que las curvas tienen tanta importancia en el ciclismo. Una montaña puede ser durísima y, sin embargo, resultar visualmente anónima. Alpe d’Huez consiguió lo contrario. Su carretera tiene una identidad inmediata. Basta contemplar las 21 herraduras para saber dónde está la carrera. La subida se convirtió en un escenario reconocible incluso para quien no distingue un puerto de primera categoría de uno de categoría especial. Velefique tiene esa misma virtud visual. La montaña no es un fondo indiferente. La carretera forma parte del espectáculo.
La diferencia está en la historia que hay detrás. Alpe d’Huez apareció por primera vez en el Tour en 1952, con victoria de Fausto Coppi, y regresó de manera estable a partir de 1976. Desde entonces ha acumulado victorias, derrotas, ataques imposibles, desfallecimientos y fotografías que pertenecen ya a la memoria colectiva del ciclismo. Ha sido final de etapa del Tour en 32 ocasiones y en 2026 volvió a ocupar un lugar central en la carrera francesa. Pogačar ganó allí este verano y volvió a convertir la montaña en uno de los grandes escenarios de su carrera.
Eso es lo que Velefique todavía no tiene. Tiene la montaña, tiene las curvas y tiene la imagen. Le falta la acumulación de grandes tardes que transforma una carretera en un lugar mítico. La mística no se construye únicamente con porcentajes. Necesita nombres. Necesita ataques que se recuerden años después. Necesita una clasificación general comprimida y un corredor capaz de convertir una subida en una escena que permanezca en la memoria. Alpe d’Huez tuvo a Coppi, Hinault, Pantani, Sastre y tantos otros. Velefique todavía está esperando sus grandes capítulos.
El interés
Pero quizá ahí reside precisamente el interés de la comparación. Alpe d’Huez es una montaña cuya leyenda ya está escrita. Velefique es una montaña que todavía puede escribirla.
La Vuelta a España le ofrece una oportunidad especialmente interesante porque no ha colocado Velefique como una simple llegada en alto. En la etapa de Vera a Calar Alto, la ascensión aparece antes de la subida definitiva. El recorrido entra en la Sierra de los Filabres y, después de las dificultades previas, afronta Velefique para dirigirse posteriormente hacia Calar Alto. Cyclingnews destaca precisamente esa doble ascensión como uno de los elementos centrales de la jornada.
Eso modifica por completo la lectura de las 21 curvas. En Alpe d’Huez, las herraduras conducen hacia el desenlace. En Velefique, las 21 curvas pueden conducir hacia el principio del desenlace.
Es una diferencia pequeña en apariencia y enorme desde el punto de vista táctico. Una subida que termina la etapa invita a concentrar la batalla en sus últimos kilómetros. Una subida colocada antes de otra gran ascensión permite utilizarla para fabricar la carrera. Un equipo puede empezar a imponer ritmo en Velefique, seleccionar el grupo y dejar a los rivales sin compañeros antes de que aparezca Calar Alto. Puede intentar que los favoritos lleguen a la última montaña después de haber gastado fuerzas en las rampas anteriores. Puede incluso provocar que un corredor pierda contacto no por un ataque directo, sino porque la sucesión de kilómetros duros termine haciendo inevitable la selección.
Curvas y visibilidad
Velefique tiene además una característica que favorece esa función. Sus curvas hacen visible la batalla. En una subida lineal, la televisión puede mostrar durante minutos prácticamente la misma imagen. Aquí el grupo aparece y desaparece entre las herraduras, las diferencias se pueden contemplar sobre la propia ladera y un ataque adquiere una dimensión casi teatral. El corredor que acelera no desaparece inmediatamente del encuadre. Queda arriba, al otro lado de una curva, mientras los rivales intentan responder unos metros más abajo.
Es una de las razones por las que la montaña tiene tanto potencial como escenario. El ciclismo necesita lugares que permitan leer la carrera con los ojos. Alpe d’Huez lo hace de manera extraordinaria. Velefique también.
Hay además una diferencia estética que juega a favor de la montaña almeriense. Alpe d’Huez está rodeado por el paisaje alpino, por una geografía de grandes cumbres y vegetación. Velefique emerge de un territorio mucho más seco, áspero y desnudo. La Sierra de los Filabres y el entorno de Tabernas ofrecen una imagen casi cinematográfica. La carretera aparece suspendida sobre una montaña de tonos ocres y grises, con muy pocos elementos que distraigan de su trazado. Es una ascensión que parece hecha para ser vista desde el aire.
Belleza, dureza y espectacularidad
La propia comunidad ciclista reconoce esa singularidad. Las descripciones actuales de Velefique destacan sus 21 curvas y señalan que el trazado y el paisaje evocan directamente a Alpe d’Huez. No es una comparación puramente literaria. También aparece en publicaciones especializadas que han incluido Velefique entre las grandes ascensiones europeas por su combinación de belleza, dureza y espectacularidad.
Y hay algo más. Las curvas de Alpe d’Huez tienen nombres porque la montaña se convirtió en un museo vivo del Tour. En Velefique, las 21 curvas todavía no tienen esa misma densidad histórica. Pero la estructura está ahí. Una carretera que ofrece 21 puntos de referencia perfectamente reconocibles es también una carretera preparada para que la carrera deje recuerdos.
Eso puede ser especialmente importante cuando aparezca Pogačar. El esloveno ya ha ganado en Alpe d’Huez y acaba de añadir otra victoria a su relación con esa montaña en el Tour de 2026. Ha experimentado personalmente lo que significa ascender esas 21 curvas con el Tour detrás. Ahora la Vuelta le ofrece una montaña que, a otra escala y en otro paisaje, presenta una imagen sorprendentemente familiar.
Sin proclamas
No hace falta convertir la comparación en una exageración. Velefique no necesita que alguien lo proclame el nuevo Alpe d’Huez. De hecho, intentar sustituir una montaña por otra sería quitarle personalidad. Lo interesante es precisamente que ambas puedan compartir una imagen y una estructura sin compartir la misma historia. Alpe d’Huez representa la leyenda consolidada. Velefique representa la posibilidad de construirla.
Para una etapa de la Vuelta, eso tiene un valor enorme. La carrera necesita puertos que puedan hacer algo más que sumar desnivel. Necesita lugares capaces de generar tensión antes de que llegue el momento decisivo. Velefique cumple esa función. Sus 21 curvas ofrecen una referencia visual inmediata, su longitud permite un esfuerzo prolongado y su posición antes de Calar Alto convierte el puerto en una herramienta táctica.
La etapa puede comenzar a romperse allí. Puede hacerlo mediante el ritmo de un equipo, mediante una aceleración de un favorito o simplemente porque las piernas empiezan a quedarse sin respuesta. El verdadero valor de Velefique está en que no obliga a esperar a la última montaña para descubrir quién está fuerte. Puede empezar a revelar las diferencias antes de que la carrera alcance su último escenario.
Y entonces aparece Calar Alto, pero la montaña almeriense ya habrá hecho su trabajo. Los corredores llegarán a la siguiente subida con el desgaste de Velefique en las piernas. Si las 21 curvas han servido para reducir el grupo, la última ascensión tendrá otro significado. Ya no será una lucha entre todos los favoritos. Será una lucha entre quienes hayan conseguido sobrevivir a Velefique.
Por eso la comparación con Alpe d’Huez adquiere una dimensión especialmente sugerente. Las 21 curvas francesas han visto decidir etapas. Las 21 de Velefique pueden ayudar a decidir quién está en condiciones de luchar por la Vuelta. Alpe d’Huez tiene la gloria al final de la carretera. Velefique puede tener la selección en mitad del camino.
La mística
La mística de una montaña nace cuando la carretera deja de ser simplemente carretera. Alpe d’Huez alcanzó ese punto hace décadas. Velefique todavía está llegando. Pero tiene todos los elementos necesarios para hacerlo. Tiene una silueta reconocible, una sucesión de 21 curvas, una dureza suficiente para seleccionar a los mejores y un paisaje que convierte la ascensión en una imagen inolvidable. Ahora necesita historia. La Vuelta puede proporcionársela. Si un gran favorito decide atacar entre sus herraduras, si un equipo consigue romper allí la carrera o si las diferencias que empiezan a aparecer en sus rampas terminan siendo decisivas en Calar Alto, Velefique dejará de ser únicamente una de las carreteras más bellas de la Sierra de los Filabres. Pasará a ser el lugar donde una etapa empezó a cambiar de dueño.
Y quizá esa sea la comparación más justa con Alpe d’Huez. No decir que Velefique es su equivalente español. Decir que tiene algo mucho más valioso para una montaña que todavía está construyendo su leyenda. Tiene una identidad propia y, al mismo tiempo, una imagen capaz de despertar en el aficionado el recuerdo inmediato de las 21 curvas más famosas del ciclismo.
Alpe d’Huez ya tiene su historia. Velefique tiene las curvas. Ahora falta saber qué historia escribirá la Vuelta sobre ellas.