En 2011, Alyssa Milano se convirtió en la madre de Milo, el niño fruto de su relación con su marido David Bugliari, con quien en 2014 tuvo también a su segunda hija, Elizabella.

En su artículo para la revista Time reveló que padecía un trastorno de ansiedad generalizada. Uno que desencadenó la depresión posparto que sufrió tras un primer parto que no salió según sus expectativas.

En 2011, dos años después de sufrir un aborto espontáneo, descubrí que estaba embarazada de mi primer hijo, Milo, y fue a las mil maravillas. El aborto espontáneo fue desgarrador, pero aquel embarazo fue maravilloso: no sufrí náuseas matutinas, asistí a clases de yoga prenatal cinco veces a la semana, caminaba tres kilómetros al día y echaba siestas por la tarde”.

Unos meses maravillosos que la protagonista de Embrujadas pasó planificando un parto sin inducción, sin analgésicos ni cesárea: «Equiparaba el parto natural con mi valor como mujer y como madre, y estaba decidida a no desviarme de ese camino».

Sin embargo, las cosas casi nunca salen según lo planeado y, al final, Milo nació por cesárea tras horas de parto y varios intentos de inducción. Un giro inesperado al que se sumaron algunas dificultades con la lactancia. Sumados, estos dos acontecimientos tuvieron un gran impacto en la salud mental de Milano. “Aquella primera noche, tras volver del hospital, padecí mi primer ataque de ansiedad. Me sentía como si ya le hubiese fallado a mi hijo. Me sentía una madre fracasada, por no haber podido tener un parto vaginal y no haber podido alimentarle con la leche materna de la que aún no disponía. El corazón me iba a mil por hora. Tenía el estómago revuelto. Me sentía como si me estuviese muriendo”, recuerda.

Se recuperó de aquel episodio, pero la ansiedad la acompañó desde entonces. Bastaba con que su hijo tuviera un poco de fiebre o con que un compromiso en plató la mantuviese alejada de él para que entrara en crisis: “Cada día, mientras iba al trabajo en coche, pensaba en todas las maneras en que Milo podría morir a manos de quienes lo cuidaban. Cada noche, tras jornadas laborales de 16 horas, después de haber conseguido tener al fin a mi hijo en brazos y arrullarlo hasta que se durmiera, la ansiedad acumulada a lo largo del día culminaba en un ataque de pánico debilitante”.

Al final acudió a urgencias una noche, tras tocar fondo. Una vez allí, pidió ayuda y se encontró con personas que supieron tratara: “Pasé tres días ingresada en una unidad pública de psiquiatría […]. Al fin empecé a sentir que mi dolor se reconocía, pero no fue fácil. Uno de mis médicos restó importancia a mis síntomas, y a muchos de mis compañeros de trabajo, incluso a las mujeres, les costaba entender siquiera que lo estaba pasando mal. Pero a lo largo de este proceso también me topé con algunos ángeles, como mi psiquiatra y terapeuta».