En el ámbito científico, las certezas del presente pueden ser las hipótesis rebatidas del futuro. Desde la concepción astronómica geocéntrica que situaba la Tierra en el centro del universo hasta la idea de que los Homo sapiens salieron de África y barrieron por completo a los neandertales sin dejar rastro de mezcla, la mera concepción de una hipótesis ya implica, por definición, que puede ser refutada. En esa línea, un estudio liderado por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) ha conseguido desmentir la teoría del ojo colaborativo: una (hasta ahora) certeza científica que afirma que la esclerótica —la parte blanca del globo ocular— evolucionó solo en el humano para poder comunicarse haciendo uso de la mirada, un factor que se creía clave a la hora de desarrollar comunidades primitivas previas al lenguaje.
El doctor en Biología y líder de la investigación, Juan Olvido Perea, explica que, hasta ahora, se creía que el blanco del ojo evolucionó para poder seguir la mirada, ya que, con el contraste con el color del iris, se hace más fácil la tarea de seguir la rotación del ojo. Partiendo de la investigación en el ámbito de la psicología del desarrollo de la época en la que surge esta tesis, en la que autores como Michael Tomasello afirmaban que lo que diferencia al humano del resto de primates es que «somos inusualmente cooperativos», surge la idea del ojo colaborativo.
Confirmación anatómica
Este planteamiento sostiene que tal es la naturaleza cooperativa del ser humano, o lo que es lo mismo, su tendencia a asociarse en agrupaciones complejas como tribus o naciones, que existe una confirmación anatómica única entre todas las especies, al ser los únicos que han evolucionado con el objetivo de la transmisión de información a sus iguales a través del seguimiento de la mirada. «Esta idea defendía que conseguimos sobrevivir como especie porque podíamos coordinarnos a nivel automático. Es decir, tanto a un nivel competitivo como de cooperación convenía a la humanidad que todos supiésemos lo máximo posible acerca de los otros», argumenta Perea.
Esta teoría se basa en el fenómeno del excepcionalismo humano: la idea de que somos excepcionales en la naturaleza cuando, biológicamente, somos animales y punto. Este sesgo suele hacer que a veces concluyamos, con poca evidencia, que somos especiales
Durante la década que lleva investigando sobre la cuestión el doctor en Biología, Perea se encontró con que hay otros animales que también tienen la esclerótica blanca. «Lo que hicieron en ese estudio, de hace 20 años, fue mirar fotos de primates en un libro y categorizar sus ojos en función de si eran altamente visibles o no. Como también existía la teoría de la cooperatividad, se mezclaron ambas y se tomó por hecho», explica.
El biólogo descubrió «por casualidad» que el orangután de Sumatra comparte este rasgo con los humanos, así como el langur dorado, un pequeño primate cuyo globo ocular es muy semejante al de las personas. «Esta teoría se basa en el fenómeno del excepcionalismo humano, la idea de que somos excepcionales en la naturaleza cuando, a nivel biológico, somos animales y punto. Este sesgo suele hacer que a veces concluyamos, con poca evidencia, que somos especiales», asegura Perea. A partir de este descubrimiento, surge la pregunta que motiva toda su investigación posterior: ¿para qué evolucionó el ojo humano de esta manera, si no es para facilitar la comunicación?

Comparativa del brillo periiridal entre un humano, un macaco cola de cerdo sureño y un langur dorado. / LP/DLP
La incógnita que busca despejar este estudio realizado por Perea es si el ojo humano es más eficaz que el del resto de primates a la hora de transmitir información mediante el seguimiento ocular. Para ello, diseñó un experimento que hace uso de una modelo humana en vivo, que miraba hacia distintos puntos marcados con una nomenclatura, ubicados tras los participantes.
Se manipularon tres factores: en primer lugar, la distancia a la que se ubicaba la modelo con respecto al participante; en segundo, la iluminación de la sala, al incluir condiciones de luz intensa así como de penumbra, y por último, la apariencia del ojo de la modelo, mediante la ejecución del experimento tanto con el color natural de la mujer como con unas lentillas esclerales de color negro para asemejarse más a la de algunos primates.
Los resultados de los 4.800 ensayos realizados mostraron que la apariencia más oscura produjo menos errores en condiciones de poca luz y a corta distancia, mientras que la humana produjo mejores resultados en condiciones de luz intensa y de mayor distancia. Esto rompe con la idea de que el ojo humano es una solución superior para comunicar la mirada.

Imagen de la diferencia entre los ojos de la modelo. A la izquierda, con la lentilla oscura y, a la derecha, sin ella. / LP/DLP
Las hipótesis que barajan en estos momentos, cuenta Perea, apuntan a que esta evolución en los humanos está relacionada con la salida de la jungla a la planicie, donde aumenta la intensidad lumínica de forma exponencial. De esta manera, estudian si la variación en el pigmento de la esclerótica puede tener una función fotorreguladora, es decir, que actúe como protección para evitar, por ejemplo, que por la incidencia solar pueda generarse una patología como un cáncer ocular.
Esto se apoya, continua el investigador, en la diferencia existente en la pigmentación de la esclerótica entre los propios humanos: «Los ojos se ponen, por decirlo coloquialmente, morenos hasta cierto punto. La gente de campo o los surfistas tienen un color más oscuro alrededor del iris». El investigador trabaja ahora para discernir esta cuestión, y habrá que esperar para conocer los resultados del siguiente paso de este proceso investigador con una década de existencia.
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