Mientras Macondo enfrenta sus últimos días, Aureliano Babilonia descifra los pergaminos de Melquíades y descubre una historia familiar escrita desde el principio. Disponible desde el 26 de agosto en Netflix.
El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas«, escribió Gabriel García Márquez a modo de resumen que entremezcla pasado y presente en un mismo tiempo, coexistentes entre sí. Cien años de soledad termina entonces como empezó, una historia ya contada —por Melquíades, por el escritor, por la propia serie que la reinterpreta— que vuelve a narrarse, a evocarse visualmente. En su episodio final, fiel como toda la serie a la pluma y a los eventos narrados en la novela de Gabo, la saga de los Buendía concluye como siempre se supo que iba a concluir, con «un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico«.
El octavo y último episodio de la segunda temporada concluye, si se la entiende de manera lineal, la historia familiar. Es el momento sabido pero temido en el que la profecía se cumple porque ya se había cumplido y la estirpe se acaba porque tuvo un final escrito desde el principio: como novela y en la novela, que de algún modo se narra a sí misma. Es Aureliano Babilonia (o Buendía) el que la protagoniza, el joven encerrado durante años y años en un cuarto estudiando los pergaminos indescifrables dejados por Melquíades, hasta revelar que allí estaba «la historia de la familia, escrita hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación.»

Alerta de spoilers
El episodio final empieza evocando su tirante relación con Fernanda del Carpio (su abuela, aunque él no lo supiera), que lo trata como una suerte de esclavo y no lo deja salir de la casa; sigue con la llegada de su tío José Arcadio, que regresa de Roma y revela ser una persona muy distinta a la que su madre imaginaba; y continúa con la estocada final: la llegada de Ursula Amaranta, una mujer con la que terminará cumpliendo la en realidad ya cumplida maldición. Más allá de algunas alteraciones específicas mínimas, la serie tiene un grado altísimo de fidelidad con la novela, algo dado además por la muy presente voz en off que lee párrafos directamente extraídos de allí.
Fin de spoilers
Lo que se ha hecho, y de manera muy cuidada y coherente con el tono histórico, melodramático, trágico y si se quiere operístico de la novela, es ponerla en imágenes, dotarla de cierta vitalidad —más y mejor en la segunda temporada que en la primera—, y de un aspecto físico y hasta táctil que está presente en el texto y que la realizadora Laura Mora y sus colaboradores lograron capturar. Es una mirada más derivativa que personal, más consensuada que radical —salvo por un extraño momento en el que aparece una cita a… David Bowie—, pero que sorprende por su puntillosidad, su a esta altura de la saga decadente elegancia.

A lo largo de dos temporadas se vio a Macondo crecer, desarrollarse y morir, en un paralelo con el que seguramente fue el proceso de producción de la serie, que fue armando ese pueblo ficcional y desarrollándolo para luego destruirlo en un remolino de polvo y viento «cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos.» En ese sentido, esta Cien años de soledad es otro eco de la historia escrita por Melquíades y reinterpretada por los personajes, incluyendo al propio García Márquez que, como en la novela, se guarda un breve papel ahí como testigo de la destrucción del pueblo y del final de la estirpe.
Siguiendo con la metáfora, si se quiere, cuántica que propone la novela, la serie es irreprochable y reprochable a la vez, dependerá de la mirada y la carga del observador, y de lo que la novela le haya dibujado en su mente como representación, si es que la leyó. Es, de hecho, algo similar a lo que sucede en la propia saga de los Buendía. El pasado en ella no estaba terminado de decidir. Los pergaminos contenían una historia en estado suspendido que sólo se resuelve cuando Aureliano Babilonia descubre cómo descifrarlos. García Márquez no escribió una novela sobre el tiempo circular ni sobre profecías cumplidas sino una sobre cien años de una estirpe, una historia que no había terminado de pasar hasta que alguien, al final, se atrevió a leerla. Y otro, a filmarla. Y otro más, a verla.
