Leocadio Rodríguez Mañas es jefe del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario de Getafe y director del curso “Comer bien para envejecer mejor”. Especialista en envejecimiento, fragilidad y geriatría, figura entre el 1% de los científicos más citados del mundo en su especialidad. Además, lleva más de una década colaborando con los Cursos de La Granda, donde vuelve a poner el foco en cómo la alimentación puede ayudar a conservar la salud y la autonomía con el paso de los años.
-¿Hasta qué punto una buena alimentación puede ayudar a una persona mayor a conservar su autonomía?
-Una buena alimentación es uno de los pilares fundamentales de un envejecimiento saludable. Y hablamos de un proceso que debe comenzar ya desde la edad adulta. La nutrición forma parte de los estilos de vida, pero, una vez que una persona es mayor, adquiere todavía más importancia para conseguir que se mantenga activa, autónoma e independiente. Esos son hoy los grandes objetivos cuando hablamos de envejecimiento en las sociedades modernas. La nutrición y los hábitos alimentarios son un pilar básico para envejecer de forma saludable.
-¿Qué señales pueden indicar que una persona mayor no se está alimentando correctamente?
-La señal más evidente es la pérdida de peso, pero antes de que esta aparezca existen otros signos de alarma que pueden hacernos pensar que esa persona está entrando en una situación de malnutrición. Por eso es muy importante detectarlo cuanto antes, adelantarnos al problema. Lo recomendable sería realizar de manera sistemática y periódica, por ejemplo una vez al año coincidiendo con una visita al centro de salud, alguno de los test que existen para detectar no solo la malnutrición, sino también el riesgo nutricional. Hay herramientas muy sencillas, como la versión abreviada del MNA, que permiten saber en tres o cuatro minutos si una persona está bien nutrida, tiene riesgo de malnutrición o ya presenta malnutrición. Lo fundamental es anticiparse.
-¿Existe demasiada confianza actualmente en los suplementos alimenticios?
-Los suplementos tienen su papel, pero cuando existe una situación que aumenta las necesidades nutricionales. Puede ocurrir, por ejemplo, durante una infección, después de una intervención quirúrgica o en la recuperación de un accidente cerebrovascular o de una cirugía mayor. También puede haber déficits concretos, como los de vitamina B12 o vitamina D. Pero, en cualquier caso, los suplementos deberían tomarse siempre bajo la indicación de un médico o de un experto en nutrición. Ir a una farmacia y comprar por nuestra cuenta varios suplementos no es lo adecuado.
-¿Qué riesgos tiene tomar vitaminas o suplementos sin supervisión profesional?
-Uno de los problemas es pensar que, como se está tomando un suplemento, ya no es necesario comer adecuadamente. En esos casos, en lugar de mejorar la situación nutricional, el suplemento puede terminar empeorándola. Además, algunos se toleran mal y pueden provocar digestiones pesadas, diarrea, flatulencias u otros síntomas digestivos. También pueden interferir con determinados medicamentos, reduciendo sus efectos beneficiosos o aumentando los efectos adversos. Y hay suplementos que pueden agravar algunas enfermedades. Por ejemplo, algunos contienen mucha glucosa y pueden elevar notablemente la glucemia de una persona con diabetes. Existen productos específicos para estos pacientes, pero quien debe determinar cuál es adecuado es el médico o el nutricionista. Un suplemento mal elegido puede ser perjudicial.
-¿Qué debemos mirar en las etiquetas de los productos para saber si estamos haciendo una buena compra?
-Lo primero es planificar la compra. Lo ideal es hacerla al menos una vez a la semana y acudir con una idea aproximada de lo que vamos a comer durante esos días. A partir de ahí, debemos intentar que predominen los productos naturales, con una presencia importante de verduras, legumbres y frutas. En las personas mayores es especialmente importante garantizar un buen aporte de proteínas, porque son fundamentales para conservar la masa muscular y, con ella, la autonomía. También hay que procurar que los alimentos tengan poca cantidad de grasas saturadas, limitar los productos procesados y evitar los azúcares simples y los asociados a productos de bollería. A partir de esas reglas generales, también hay que tener en cuenta los gustos de cada persona. Comer no es solamente nutrirse; también es un acto social y una fuente de disfrute.
-¿Cómo se puede hacer más saludable la cocina tradicional asturiana sin renunciar a ella?
-La cocina tradicional asturiana tiene platos muy contundentes, pero también muchos productos perfectamente compatibles con una alimentación saludable. Incluso preparaciones como la fabada pueden adaptarse. Si se aligeran algunos componentes del compango, puede seguir siendo un plato perfectamente asumible dentro de una dieta equilibrada. Evidentemente, no se trata de comer grandes platos de fabada todos los días. Asturias, además, dispone de mucho producto de la huerta, hortalizas, legumbres, pescado y aves que forman parte de su propia cultura gastronómica.
-¿Qué importancia tiene la forma de cocinar los alimentos en una dieta saludable?
-Tiene más importancia de la que muchas veces pensamos. Un alimento que en crudo o con una elaboración sencilla es saludable puede dejar de serlo dependiendo del proceso al que lo sometamos. La fritura es un buen ejemplo. El problema no es únicamente que un alimento esté frito, sino cómo se ha realizado esa fritura. Una fritura mal hecha puede generar productos oxidantes que resulten perjudiciales. También importa cómo combinamos los alimentos. No es lo mismo consumir determinados productos solos que hacerlo dentro de un plato que incorpora una gran cantidad de verduras, como puede ocurrir con un pote. Cuando comemos no ingerimos los alimentos de manera aislada, sino combinados y cocinados de distintas formas, y eso influye en cómo se absorben sus componentes.
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