Se encuentra en los desiertos, donde durante meses no cae una gota de lluvia, y los botánicos la llaman planta de la resurrección por su aparentemente milagrosa vuelta a la vida. Cuando no recibe agua, se ve quebradiza, encogida y parduzca; aparentemente muerta. Pero en cuanto empiezan a caer las primeras gotas, sus hojas vuelven a desplegarse y reverdecer en cuestión de unas horas. La más conocida es la rosa de Jericó (Selaginella lepidophylla), pero hay otras, y todas ellas son capaces de sobrevivir casi completamente desecadas gracias a, entre otros mecanismos, un azúcar llamado trehalosa que protege las células de la planta hasta que el agua regresa. Esta sustancia, ahora, se perfila como una prometedora herramienta para alcanzar un desafío histórico: que las vacunas no se estropeen cuando dejan de estar refrigeradas.
La propuesta, de salir adelante, se erigiría como una solución ante uno de los obstáculos más insalvables hasta ahora de la salud global: la cadena de frío. La mayoría de vacunas infantiles debe mantenerse entre dos y ocho grados de temperatura desde que salen del laboratorio hasta que llegan al beneficiario, y cualquier interrupción en el transporte o en el almacenamiento que altere su temperatura puede volverlas ineficaces. Cada año, según estimaciones de la OMS, hasta la mitad de las vacunas se pueden echar a perder, y la agencia sanitaria ha advertido repetidamente sobre las deficiencias en los sistemas de refrigeración, especialmente en centros de salud de países de renta baja y media, donde es común que falten equipos, o que fallen, o que el suministro eléctrico sea intermitente.
La inspiración fue cosa de Bruce Roser, un investigador británico que buscaba una solución para un problema que sigue lastrando la vacunación mundial porque cuesta vidas: cómo hacer llegar las dosis a los lugares más remotos del mundo sin que pierdan su eficacia en caso de que se rompa la cadena de frío, circunstancia que ocurre a menudo por las complicadas condiciones de logística y transporte.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la inmunización salva anualmente entre 3,5 y 5 millones de vidas, pero todavía 1,5 millones de niños menores de cinco años mueren debido a enfermedades que podrían haberse evitado con un pinchazo en el muslo o ingiriendo unas gotitas. Y así, un día como cualquier otro, Roser estaba leyendo un artículo científico sobre esta familia de plantas mientras preparaba una conferencia y pensó que la trehalosa podría ser la solución. Su idea ha acabado convirtiéndose en una tecnología bautizada como StablevaX que acaba de superar su primer ensayo clínico en humanos.
La prueba se realizó en la Unidad de Investigación Clínica del Hospital Universitario de Southampton (Reino Unido) con 60 adultos sanos a los que se suministró la denominada SPVX02, una versión termoestable gracias a la trehalosa de una vacuna que ya existe y que salva millones de vidas: la del tétanos y la difteria. El perfil de seguridad fue positivo, y la respuesta inmunitaria resultó similar a la de dos vacunas ya autorizadas. Los prometedores resultados del ensayo, revisados por pares, han sido publicados este mes de agosto en la revista científica eClinicalMedicine, que pertenece al grupo de la prestigiosa The Lancet.
Saul Faust, investigador principal del ensayo, celebra los resultados. “Hemos demostrado la prueba de concepto en humanos”, asegura. La versión de la vacuna que no necesita frigorífico generó respuestas inmunitarias comparables a las de las vacunas existentes y mantuvo un perfil de seguridad similar, afirma. Pero Faust introduce un matiz: “Este fue un estudio en una fase temprana realizado en un número relativamente pequeño de voluntarios, por lo que es necesario un ensayo de mayor tamaño para confirmar estos resultados”.
Ejemplar de ‘Selaginella lepidophylla’ o rosa de Jericó.weisschr (Getty Images/iStockphoto)
Özgur Tuncer, consejero delegado de Stablepharma, el laboratorio británico detrás de esta tecnología, asegura en una entrevista telefónica que su tecnología permite que la refrigeración “desaparezca por completo”, y compara la vacuna SPVX02 con cualquier otro medicamento cuyo prospecto simplemente indique que se conserve por debajo de los 30 grados y protegido del sol. “Demuestra que sigue haciendo exactamente lo que debe hacer incluso después de permanecer un año fuera del frigorífico”, celebra. Y subraya que su producto puede resistir temperaturas de hasta 40 grados durante seis meses.
Un portavoz de la OMS matiza, sin embargo, que es “demasiado pronto para afirmar” que estamos ante una vacuna que no necesita refrigeración, y recuerda que una mayor estabilidad térmica no significa necesariamente que se pueda abandonar la cadena de frío. “Harán falta más datos de estabilidad, revisión regulatoria y ensayos a mayor tamaño antes de conocer sus condiciones reales de almacenamiento y su valor para los programas públicos de inmunización”, sostiene el representante de la agencia en un correo electrónico.
Faust, sin embargo, considera que la descripción sí es correcta. “Es definitivamente precisa”, asiente, aunque señala que las afirmaciones públicas son incluso más prudentes de lo que permitirían los datos técnicos incluidos en el estudio.
Una vacuna segura, eficaz y estable a temperatura ambiente podría aliviar la presión sobre sistemas de refrigeración muy limitados
Portavoz de la OMS
“Una vacuna segura, eficaz y estable a temperatura ambiente podría aliviar la presión sobre sistemas de refrigeración muy limitados”, reconoce el portavoz de la OMS, y añade que liberar espacio en las neveras permitiría introducir otras vacunas, facilitar las campañas móviles de inmunización y reduciría el riesgo de congelación accidental de las formulaciones.
Para los agentes de vacunación en poblados del Sahel, o en las aldeas más escondidas entre los bosques y montañas de Tanzania, transportar una nevera con inyectables no es tan sencillo como suena. Son kilómetros de carreteras en mal estado, cuando no solamente pistas de tierra. Son temperaturas extremas, a menudo por encima de los 40 grados; son cortes de electricidad y obstáculos imprevistos que pueden malograr el producto y su capacidad de salvar vidas. Durante la conversación, Tuncer insiste en que otro obstáculo con el que se encuentran es que sigue habiendo quienes realmente creen que la ruptura de la cadena de frío no es un problema. “Mucha gente cree que hoy en día todo el mundo tiene ya frigoríficos, pero no es tan simple”, insiste.
Una vez demostradas ambas, el siguiente paso será comprobar la eficacia clínica a gran escala, cuenta Tuncer. Acaban de iniciar un ensayo de fase IIb con 160 participantes cuya meta es demostrar que su vacuna de tétanos y difteria con trehalosa no es inferior a la convencional. Si superan esta prueba, la empresa prevé completar su desarrollo clínico en los próximos años.
Una mujer y sus hijos reciben la vacuna oral contra el cólera durante la campaña de vacunación en la zona de Gomboru, en Nigeria, el 12 de agosto.ISMAIL ABBA UMAR/UNICEF (Europa Press)
Tuncer define StablePharma como una pequeña biotecnológica y asegura que su mayor obstáculo ya no es el científico. “Los retos tecnológicos están resueltos; lo que necesitamos ahora es inversión”, señala. La empresa, que cuenta con un centro de investigación en Tres Cantos (Madrid), ha recibido una subvención de 2,5 millones de euros del Consejo Europeo de Innovación para impulsar este desarrollo, pero el CEO reconoce que fabricar y escalar nuevas vacunas requiere socios públicos e internacionales, y alude como posibles aliados a la propia OMS, Unicef y Gavi, la Alianza Mundial para la Vacunación y la Inmunización.
La compañía considera que todavía quedan piezas por encajar. “Lo que hace que SPVX02 sea tan emocionante es que estamos reuniendo todos los elementos que una vacuna termoestable necesita para tener éxito en el mundo real: datos clínicos sólidos, estabilidad a largo plazo, una fabricación escalable y una ventaja real para los sistemas sanitarios”, señala Juana de la Torre Arrieta, directora asociada de CMC y Desarrollo Clínico de Stablepharma.
Si todo funciona, habrá que superar aprobaciones regulatorias, un proceso de fabricación aún sin financiar y, por último, la prueba definitiva: comprobar si realmente una vacuna es capaz de soportar el calor y permanecer intacta tras recorrer los miles de kilómetros que separan los laboratorios de los centros de salud más remotos del mundo.