Hay un problema con «La constelación del perro», la nueva película de Ridley Scott, y es que la novela homónima de Peter Heller en la que se basa es muy buena. Buenísima. -Por cierto, publicada en España por Blackie Books.- Y pocas veces salen grandes filmes de la mejor literatura. De hecho, es más frecuente que las películas más destacadas vengan de relatos corrientes, o buenos sin más. Quizá porque en la comparación siempre tenga las de perder la obra audiovisual, más expuesta, y que requiere muchos más recursos, de todo tipo, para ser puesta en pie.
Sin embargo, en esta ocasión puede decirse que el largometraje del veterano director inglés no le va a la zaga a la novela de Heller. Aunque, como en mi caso, si se simultanea la lectura del libro con el visionado de la cinta, hay detalles de la novela que echas de menos, claro. La poética que respira este relato posapocalíptico; la precisión –el matiz preciso, que diría Borges– a la hora de nombrar elementos de la naturaleza: tipos de aves, de peces, de plantas, etcétera –con el Pantone de Delibes–; la sugerente erótica del sexo escrito; la introspección romántica de Hig, entre el aviador de Saint-Exupéry y el «cowboy del espacio azul eléctrico» de M-Clan.
Sin embargo, y a pesar de todo, Scott, que es perro viejo, consigue lo más difícil. De alguna manera, todos esos elementos están ahí, aunque de otra forma, claro. Porque adaptar una novela como la de Heller no consiste tanto en trasladar lo que ocurre como en encontrar una imagen para aquello que el escritor cuenta con palabras. ¿Cómo se traduce toda esta poesía al lenguaje audiovisual? «La poesía aquí es el lenguaje visual», despeja el cineasta. «La fotografía es el retrato de cualquier película, ya sea un largometraje o un anuncio. El problema es que, a menudo, la gente no sabe dónde colocar la cámara», agrega.
Y Scott sabe dónde colocarla. Lo sabe desde hace más de cuatro décadas. Basta pensar en «Alien», «Blade Runner», «Thelma & Louise» o «Gladiator»: películas muy distintas entre sí, pero atravesadas por una misma fascinación por el paisaje, por los espacios que empequeñecen al hombre y por personajes que parecen buscar algo que está siempre un poco más allá del horizonte. En «La constelación del perro», ese horizonte es literalmente el mundo que queda después del fin del mundo.
Cuenta el propio Ridley Scott que, tras rodar la secuela de «Gladiator», tenía otros proyectos entre manos cuando le llegó el guion de Mark L. Smith –artífice de «El Renacido»–, que ha adaptado la novela de Heller. Y que, cuando una historia de ciencia ficción «funciona sobre el papel», presta atención. Dice que reacciona intuitivamente y que, cuando iba por la mitad del guion, empezaba a ponerse nervioso por si el guionista «dejaba caer la pelota». No la dejó caer. Lo que sí dejó caer el director de «La constelación del perro» fueron los otros proyectos que tenía entre manos, para centrarse en este. El que probablemente sea su canto de cisne, a punto de cumplir 89 años, pese a que se niegue a hablar de jubilación.
Pero Scott no quería una película de zombis –«hay muchas películas de zombis, no los hay aquí»–, sino una cinta donde «el optimismo fuese esencial». Y quizá ahí esté la clave de la película. Porque después de una pandemia que ha arrasado casi con todo, lo verdaderamente extraordinario no es que Hig consiga sobrevivir. Lo extraordinario es que todavía encuentre un motivo para seguir haciéndolo.
De ahí el optimismo, o la fe, que mantiene Hig, Big Hig, el protagonista de la película, interpretado por Jacob Elordi –el guaperas de ascendencia vasca–, quien, a diferencia de su vecino Bangley (Josh Brolin), que, como escribe el novelista Heller, parece haberse preparado toda su vida para este tipo de supervivencia extrema, trata de buscar un sentido a esa «vida» después de que la pandemia lo haya arrasado (casi) todo.
No se trata de sobrevivir. Enumeraba Sabina más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas. A Hig le vale con uno –Al menda también le valdría solamente con Margaret Qualley, eh- De ahí que, como el astronauta zozobrado de la canción de M-Clan, haya visto una luz, pilote en busca de señal de vida humana y espere noticias desde la estación. Una voz entrecortada le llega por radiofrecuencia desde Grand Junction, y este será el detonante para que se aventure en su búsqueda.
Porque, en el fondo, «La constelación del perro» no es tanto una película sobre el fin del mundo como sobre lo que hacemos cuando el mundo ya se ha acabado. Hig tiene comida, armas, un avión y un perro. Tiene incluso a Bangley. Lo que no tiene es a nadie a quien contarle que sigue vivo. Y quizá por eso aquella voz que llega por la radio sea mucho más que una señal: es la posibilidad de que, al otro lado del silencio, todavía quede alguien.