«Pintaba naturalezas muertas, naranjas y limones, vajilla, cortinas de damasco, ropa de hilo de oro, y esa mezcla de objetos familiares que llaman la atención del vulgo…»

Horace Walpole

El escritor, crítico de arte y arquitecto, Horace Walpole, IV Conde de Orford, precursor de la literatura gótica y autor, en 1762, del importante ensayo Anecdotes of painting in England –Anécdotas sobre la pintura en Inglaterra–, satiriza sobre la postura del pintor cuando incluye en el cuadro la representación de naturalezas muertas, como elementos pictóricos cuya función es llamar la atención de la gente vulgar de poca profundidad intelectual. Una sátira especialmente dirigida al pintor Samuel Van Hoogstraten, fiel pintor de representaciones de objetos domésticos cotidianos. Pero lo que Horace Walpole no llega a intuir, ni valorar, es que el bodegón, la naturaleza muerta, es una de las manifestaciones del arte, un género pictórico que a lo largo del tiempo ha logrado mantener su esencia más reconocible; quizá porque alude a tres cuestiones básicas para el individuo y para el artista: En primer lugar, su relación directa con el entorno, reflejado en los elementos que intervienen en la composición y hacen referencia a la tierra, al lugar al que el artista pertenece; en segundo término, al carácter íntimo y personal de los objetos representados en el bodegón, que obliga al pintor a escoger cada uno de ellos y disponerlos de una determinada manera; y, por último, al momento, generalmente gozoso, de reflexión y reencuentro con lo más íntimo, al que alude. Un género que, como señalaba Claude Lévi-Strauss, hace referencia, aunque no nos percatemos, al vínculo ancestral y simbólico que conecta naturaleza y cultura, sin perder de vista que, de alguna forma, representa un ritual, aquel que suponía alzar un altar para honrar a los ancestros y los dioses.

Hay en esta obra, en este Bodegón con Frutero de Antonio Hernández Carpe, unos trazos firmes y decididos que, más que ajustarse a aspectos y connotaciones de tono decorativo, o a esas composiciones de marcado orden geométrico, tan características del pintor finalizando los años cincuenta, aquí se nos muestran dotados de una fuerte y vigorosa energía expresiva. Trazos texturizados y contrastados de color que, en cierta manera, nos sugieren esa época madrileña de Carpe, con Daniel Vázquez Díaz y Gutiérrez Solana en el horizonte. Bodegón con frutero, una pieza intimista no muy lejana, conceptualmente –con ese interior de la vivienda familiar en Espinardo–, a las obras Niños con pájaros –realizada en 1954– y Composición, con la que obtuvo, en 1952, el Premio Villacis –concurrieron catorce pintores y fueron accésits Barberán y Saura Pacheco–. Una composición en la que uno de aquellos elementos, ese gallo-botijo de cerámica, repitió en esta escena.

Un Bodegón con frutero que, puestos a imaginar –pues es imposible para mí certificarlo con certeza-, pudo haber sido una de las obras que Carpe presentó en el verano de 1953, a la V Exposición Regional de Artistas Murcianos que se celebraba en Cieza. Cuatro de aquellas pinturas eran bodegones de tema murciano… objetos, frutas… Cuadros en los que se hizo –así lo señala Antonio de Hoyos– determinante el uso del amarillo en los lienzos. Bodegón con frutero: Enramadas de limones componiendo un jarrón florido; naranjas y frutas, de contrastado colorido, colocadas sobre el frutero. Jarrón y frutero; piezas, posiblemente realizadas por Larios en Lorca –la cerámica de Larios se remonta ya cuatro siglos atrás–, o por los Hernández Aledo de Totana. O el citado botijo artesanal con forma de gallo. El gallo es un motivo habitual en la pintura de Carpe. Como curiosidad, hay que indicar aquí que otro importante pintor murciano, Ángel Hernánsaez, tenía siempre presente en su estudio uno de estos botijos-gallo de la localidad alfarera de Agost –bonito sería pensar que en homenaje a Carpe, o en recuerdo de estos dos óleos que estamos refiriendo del de Espinardo–. Y, como contrapunto en este Bodegón con frutero, un atrevido mantel a cuadritos azules, rojos y amarillos. Y, al fondo, esa falsa ventana al mar que es un cuadro del pintor –dentro del cuadro– sobre el Mar Menor, con esas casetas-balnearios, tan recurrentes en su pintura, que nos indican la pasión de Carpe por ese rincón marmenorense que es Santiago de la Ribera.

El bodegón es un género que permite jugar con la idea de interior y exterior. A veces es parte de una escena familiar que tiene lugar en un espacio cerrado; otras, puede formar parte de un paisaje. Imposible no rememorar ante este óleo esos bodegones ante el paisaje, tan frecuentes en la pintura de Carpe, y que tanto influirían en otros pintores murcianos. Me gustaría imaginar que este cuadro contiene elementos, objetos familiares, que fueron importantes en algún periodo significativo y relevante de la vida del pintor. Y que es, también, la representación de un momento gozoso y optimista si nos atenemos a la luz, a esa luz y alegría que parece irradiar la escena.