La otra mañana, localizo a Cil Buele con el fin de quedar con él para que me cuente su experiencia en el Burundi, país en el que vivió como misionero y al que ahora, como viajero incansable que es, ha regresado. Porque volver al Burundi es, en cierto modo, regresar al pasado, como hizo recientemente cuando viajó a Perú, donde también fue misionero y donde, una vez secularizado, puso en marcha, en uno de sus viajes, una serie de obras sociales que, afortunadamente, han llegado a buen puerto. Todo ello gracias a las donaciones de mallorquines y a lo obtenido por la venta de sus libros.

«No puedo verte hoy. Estoy en otras cosas», –me dice, consciente de que me deja compuesto y sin entrevista… Aunque, enseguida, se le ocurre algo y me lo cuenta, por si me interesa: «¿Sabes que hoy, Mercedes, celebra sus cien años y que si te das prisa y te acercas a la parroquia de Santa Catalina Tomàs, igual la pillas? La misa es a las once… Anda, ve para allá y de lo nuestro ja en parlarem més endavant».

Cuando hablo con Cil, estoy con Ángel, en su pastelería. Echo un vistazo a la hora: las once menos veinte de la mañana. «Si me doy prisa –me digo–, andando llego a media misa, espero a que acabe, hablo con ella y…».

No me lo pienso. Me despido de Ángel –a menudo voy a verle porque en su pastelería bar hay mucha gente y donde hay gente puede haber noticias o alguien que las cuente– y echo a andar, sin prisa, pero sin pausa, pues tiempo hay más que suficiente.

Es más, por el camino me encuentro con Salvador Maimó, quien me habla de las fiestas patronales de la barriada del Fortí, de cuya AAVV es presidente. Como ve que tengo cierta prisa, me pasa el programa. «Te llamo y te lo cuento». En esas quedamos.

Fue maestra y camarera de pisos

Entro en la iglesia de Santa Catalina Tomàs a las 11.10 horas, poco antes del sermón. La misa no se celebra en el altar mayor, sino en un lateral. Hay bastante gente, casi toda mayor. Delante de todo, frente al altar, está Mercedes, sentada en su silla de ruedas. Y a su lado, en el primer banco, sus familiares.

El cura, que ha dicho que dedica la misa a Mercedes, al final se acerca a ella y le entrega una lámina de Santa Catalina Tomàs –para ser más exactos, una copia de la que pintó Pau Fornés y que preside el altar mayor del templo–, felicitándola y deseándole que cumpla muchos más.

Entonces me acerco a una de sus acompañantes, me presento y le expongo mis pretensiones; o sea, hacerle una entrevista. Como el lugar no es el más apropiado, ni tampoco lo es irnos a charlar a un bar cercano a la iglesia –entre otras cosas, porque en la calle, incluso a la sombra, no hay quien pare por el calor que hace–, quedamos en vernos por la tarde, en su casa, que está a un tiro de piedra de s’Escorxador. Es un sexto piso.

Mercedes, sentada en un sillón de la sala, está debajo de los tres globos tradicionales en los cumpleaños: el primero con el número 1 y el segundo y el tercero con el 0; o sea, 100. La acompañan dos ahijadas, una sobrina y un perro, tan dócil y obediente como grande, que permanece tumbado durante todo el rato que estamos allí. En ese tiempo la llaman al móvil dos amigas para felicitarla y llega otra con una coca.

Mercedes, que está atenta a todo cuanto acontece a su alrededor, es la superviviente de diez hermanos. Uno de ellos fue muy conocido: Eduard Bonnín, fundador, en la década de los cuarenta del siglo pasado, del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC), en la Iglesia católica, movimiento que se extendió a medio mundo y que a día de hoy sigue existiendo. Durante el rato que estamos con ella, nos cuenta que se fue voluntaria a Perú y que, a su regreso a Mallorca, trabajó en hostelería, como camarera de habitaciones, durante veinte años. Como también era maestra –carrera que estudió durante tres años en la Escuela Normal, que estaba donde está el actual instituto Joan Alcover, en las Avenidas de Palma–, dio clases.

«Aparte de que, en su tiempo libre –comenta una de sus ahijadas–, enseñaba a leer y escribir a gente del vecindario que no sabía ni lo uno ni lo otro. Y es que Mercedes era, y es, una mujer muy solidaria, por lo cual, muy querida por todos».

Nuevas tecnologias y cocina

Le preguntamos si se ha aplicado alguna fórmula especial para llegar a los cien años: «No –sonríe–. Creo que si he llegado a donde estoy, es porque siempre he sido muy positiva. Sí, sin duda, ese ha sido el porqué. También porque he sabido quedarme con lo bueno de las personas y de las cosas y porque me ha gustado el trabajo».

Pese a sus cien años, trata también de adaptarse a las nuevas tecnologías. Según vemos, se maneja muy bien con el móvil, que, al fin y al cabo, es lo mismo que saber evolucionar con el paso del tiempo y adaptarse a lo que este trae: «Y entender a la gente joven también me ha valido de mucho para llegar a donde estoy».

Aunque va una mujer a casa para ayudarla, vive sola y sin problemas. Y, por lo demás, lee los periódicos, ya que me gusta estar enterada de lo que pasa. También veo la tele… Pues por lo mismo, para estar un poco al día y para ver películas. Aunque ahora veo menos de estas. ¡Ah!, y también me gusta salir con amigas a comer o, simplemente, a hablar.

–Lo que no termina de entender –cuenta otra de las ahijadas– es que las videollamadas que nos hacemos sean gratis.

Su sobrina comenta que, en cuanto a comer, «le gusta todo y encima le gusta probar nuevas cocinas. Quiero decir con ello que si vamos a comer a un restaurante chino o a un japonés o a un hindú, nunca dirá que no. Y es que también le gusta experimentar en lo referente a comidas de distintos países.

Y en cuanto a ideología, pues: «Cuando era niña, me gustaba Franco, pero cuando me hice mayor, y él ya no estaba… Pues más de una vez –sonríe– tuve que correr delante de los guardias, de los grises».
Es evidente que Mercedes, a sus cien años, es una mujer con sentido del humor, muy adaptada a los tiempos actuales, dueña de una memoria más que buena y, sobre todo, con ganas de vivir.
¡Pues por muchos años!