The Waterboys puede ser la banda que más músicos ha tenido en sus filas en la historia del rock. Desde su fundación en 1983 hasta ahora, el total de artistas que han actuado o grabado con el conjunto asciende a 96. Es casi el triple de miembros que decía haber tenido Spinal Tap, el grupo surgido de un hilarante falso documental que exageraba los clichés del universo melenudo. Por eso, es inevitable arquear una ceja cuando su líder y única figura permanente, Mike Scott (Edimburgo, Escocia, Reino Unido, 67 años), dice que la formación ya “no necesita cambiar, puede quedarse así”. “A lo largo de los años, he encontrado a intérpretes tan versátiles que pueden tocar muchos tipos diferentes de música”, asegura por videollamada. “Llevamos ya seis o siete años con una formación estable y siempre se nota fresco. Cuando tienes a las personas adecuadas, no hace falta cambiar”. Habrá que creerle.

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El álbum sobre el que The Waterboys terminó de cimentar su leyenda fue Fisherman’s Blues (1988). Solo en él se acreditan más de una veintena de nombres, aunque hubo más músicos de sesión cuyas aportaciones, en su momento, no vieron la luz: 13 canciones pasaron el corte y se publicaron originalmente, pero el archivo de dos años de grabación es tan desmesurado que Scott apenas ha terminado de cartografiarlo. En 2013, publicó una caja de siete CDs con 121 piezas, incluyendo las que aparecieron en el disco. Y este verano ha lanzado Atlantic Rain: The Lost Fisherman’s Blues Recordings, con otras 24 canciones, 17 de ellas nunca antes escuchadas. “Descubrimos música que ni siquiera recordaba haber tocado, grabaciones perdidas que eran realmente hermosas”, afirma.

Para celebrar el nuevo hallazgo, la banda se encuentra inmersa en la gira Fisherman’s Blues Revue, donde repasa el álbum y estrena algunas de las canciones recuperadas, como sus particulares relecturas de Knockin’ On Heaven’s Door, de Bob Dylan, o Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles. Este jueves 3 de septiembre recalan en el Roig Arena de Valencia, única fecha en España, acompañados en el escenario nada menos que por Steve Earle, nombre esencial del country rock. “Aportará su maestría, sus composiciones y su voz, además de un auténtico estilo basado en las raíces estadounidenses”, anuncia Scott, más parco cuando habla del otro gran aliciente del cartel, el regreso de su histórico violinista Steve Wickham, que había dejado la banda en 2021. ¿Costó traerle de vuelta? “No hubo que convencerle. Simplemente dijo sí”, zanja.

Aunque hace mucho que The Waterboys y Mike Scott son entes indistinguibles —en los noventa publicó dos discos en solitario, pero, por sus pobres ventas, decidió regresar al paraguas del grupo con independencia de los integrantes—, la banda y la evolución del músico no se entienden sin Wickham. Nacido en Irlanda, colaboró por primera vez con The Waterboys en su otro gran álbum, This Is The Sea (1985), y después atrajo a Scott a sus tierras, lo que supuso toda una revolución en los horizontes musicales del grupo. El líder, fascinado por la tradición del lugar, dio un volantazo al sonido rock del grupo, la etapa conocida como “big music” (sus guitarras de 12 cuerdas evocaban el célebre muro de sonido de Phil Spector), para zambullirse en un ambicioso ejercicio etnográfico que abarcaba no solo la música celta o el folk local, sino también el góspel, el blues o el country.

“Solo en los últimos 30 años, Irlanda está empezando a recuperarse de la opresión de la Iglesia, que solía tener una influencia muy poderosa y, afortunadamente, ya no», dice el músico, que posa en una imagen cedida por la promotora.Paul Mac Manus

“Vine a Irlanda porque Steve Wickham se había unido a la banda y él vivía en Dublín. Pensaba estar unas semanas, pero me gustó tanto que me quedé seis años. Volví en 2008 y vivo aquí desde entonces”, explica Scott. “Para mí, es un buen sitio en lo que a imaginación y creatividad se refiere, la gente es amable y me gusta el estilo de vida. Además, es un poco menos puritano y más salvaje que el Reino Unido”. Siempre prolífico, en mayo publicó con The Waterboys una feroz canción protesta contra Donald Trump, Don’t Even Have To Say His Name, y se felicita de que Irlanda sea de los pocos países del continente europeo, a nivel de representación, libre del veneno de la ultraderecha. “Solo en los últimos 30 años, Irlanda está empezando a recuperarse de la opresión de la Iglesia, que solía tener una influencia muy poderosa y, afortunadamente, ya no. Como parte de esa recuperación del trauma, está avanzando en otra dirección y ha celebrado referéndums sobre el aborto o el matrimonio homosexual. Así que los idiotas de la extrema derecha, los racistas y los mentirosos no tienen mucho que hacer aquí. Eso es algo muy bueno”.

Brujería, pop adolescente y Dennis Hopper

La conversación se tensa cuando se usa la palabra “religión” para hablar de los temas que pueblan el universo lírico de The Waterboys. “¿Religión? No, no. Religión no. No estoy de acuerdo”, objeta con gravedad. Sin embargo, el panteísmo, la idea de trascendencia o las alusiones a Dios son recurrentes en sus canciones. “Dejémoslo en asuntos espirituales”. Según revela en su entretenidísima autobiografía, Adventures Of A Waterboy (2012), Mike Scott se hizo en los ochenta con el “libro de las sombras”, como se conoce a los manuscritos que supuestamente rellenaban las brujas con sus anotaciones, conocimientos, rituales o pócimas. Esperando convocar algún tipo de energía oculta, empezó a componer sobre las páginas en blanco de ese cuaderno las letras de sus canciones.

Su interés en la poesía señalaba al mismo camino. Fascinado por la obra de Arthur Rimbaud y W.B. Yeats, descubrió que tenían como influencia común al mago francés Eliphas Lévi, estudioso de la Cábala, y dedujo que escribir canciones poderosas, capaces de transformar a quien las escuche, pasaba por navegar las aguas de lo desconocido. En Escocia, se instaló durante un tiempo en la ecoaldea de la comunidad espiritual de Findhorn, que consideraba su “escuela del misterio”. Scott cuenta en el libro que aquello abrió un cisma fatal con su primera mujer, que creía que una secta le estaba lavando el cerebro. “Soy un niño de los sesenta”, se justifica, preguntado por sus tendencias esotéricas. “Crecí cuando las bandas se interesaban por la espiritualidad. Desde aproximadamente 1967, cuando The Beatles publicaron All You Need Is Love, hasta quizá cuatro o cinco años después, los temas espirituales ocupaban un lugar destacado en el rock. Para mí, es como debe ser. Siempre me ha interesado la aventura humana. ¿Qué son los seres humanos? ¿Por qué estamos en este planeta? ¿Qué es la conciencia? Es el tema más interesante y crucial del mundo”.

Mike Scott en un concierto de The Waterboys en Oporto en agosto de 2024. Diogo Baptista (SOPA Images/LightRocket/Getty)

En un plano más terrenal, otro modelo que le dejó huella fue Hank Williams, el más importante artista country. A él le dedicó Has Anybody Here Seen Hank?, una de las canciones de Fisherman’s Blues. “Era capaz de decir en una estrofa lo que la mayoría no consigue decir en toda una carrera. Settin’ The Woods On Fire, You’re Cheatin’ Heart, Hey, Good Lookin’… Son todas obras maestras. Hank era un genio de la escritura breve y concisa”. Una admiración por la economía de lenguaje que Scott parece llevar como filosofía de vida, a juzgar por su gusto por las respuestas sintéticas. Estos días, la insaciable curiosidad del músico la está guiando su hija de 13 años. “¡Me gusta mucho Olivia Rodrigo!”, dice con ímpetu. “Mi hija me la enseñó. Ella escucha a todas estas jóvenes cantantes como Gracie Abrams, Sabrina Carpenter o Taylor Swift, así que yo también”.

Otro signo de que no vive mirando el pasado: aunque antes consideraba This Is The Sea y Fisherman’s Blues sus mayores logros, ahora cree que el mejor disco de The Waterboys es el último, Life, Death And Dennis Hopper (2025). Se trata de un álbum conceptual en torno al actor y director Dennis Hopper, fallecido en 2010. Scott se sentía identificado con cómo gestionó su momento de gloria artística, cuando dirigió el clásico Easy Rider (Buscando mi destino) (1969) y después se despeñó al desastre comercial de La última película (1971). Como le pasó al músico en Fisherman’s Blues, Hopper rodó horas y horas, no siguió ningún guion, la producción tuvo múltiples retrasos y fue acusado de autosabotaje. Desbordado, en la sala de montaje dio forma a lo que muchos entendieron como un galimatías, lo que derivó en su éxodo temporal de Hollywood. “Ambos perdimos la perspectiva”, sostiene Scott, que cerca de la setentena cree que ya ha encontrado, “a base de práctica”, el equilibrio entre control e intuición que se le resistía en su juventud. “Puedes perderte y crear mal arte, pero también puedes perderte y crear arte milagroso. Solo depende de los tiempos y de la gente”. Para sondear lo oculto, mejor llevar brújula.