Blanca Suelves (Lima, 58 años) era tan joven cuando debutó como modelo que llegó a su primer desfile vestida con el uniforme del colegio Sainte Bernadette. A sus entonces 16 años, nunca se había puesto un traje largo ni se había subido a unos tacones. Tampoco se había maquillado ni había ojeado una revista de moda. No sabía nada sobre esa industria, pero aceptó sin pensarlo la invitación del diseñador Jorge Gonsalves para desfilar en la semana de la moda de Madrid. “Estaban todas las tops del momento, que en esa época eran muy altas: Celia Forner, Paola Dominguín, Olatz, Helena Barquilla, Mónica Boada… Y luego estaba yo”, recuerda. “Como no sabía con quién hablar, me senté en el suelo. De repente, una de ellas me preguntó si había desfilado alguna vez. Le respondí que no. Me llevó a un pasillo y me hizo practicar. Desfilé por primera vez con un vestido largo azul y con mucha gente conocida de Madrid invitada a aquel desfile”.

Entre esa gente conocida estaba su madre, Victoria Eugenia Figueroa y Borbón, marquesa de Tamarit. Suelves no recuerda si le había contado que iba a desfilar ese día. “La mayoría de las cosas que luego hice no las contaba en casa. Siempre he sido muy independiente. No solía pedir permiso. Mis padres me daban libertad y sabían que cuando tomaba una decisión, la tomaba. Y, además, nunca eran decisiones muy arriesgadas”, explica.

Más información

Su debut salió en toda la prensa: “La hija de los marqueses de Tamarit, modelo”. La fascinación que despertó su aspecto naíf —rasgos finos, ojos azules, cabello castaño— vaticinaba la llegada de un nuevo canon de belleza en la España de mediados de los años ochenta. “Yo no se lo que causó esa sensación. Imagino que la juventud…”, reflexiona.

Pepe Barroso, fundador de Don Algodón, se fijó en ella y le ofreció un contrato de exclusividad para hacer las campañas y catálogos de su marca de ropa. Era la candidata más improbable para encarnar a la chica Don Algodón. Iba siempre vestida con vaqueros heredados de sus hermanos mayores, camisetas viejas y zapatillas de deporte. No iba de tiendas y no pensaba en la ropa. “Era la menor de seis y el anterior a mí, mi hermano Luis, cinco años mayor que yo. Nunca fui muy presumida”.

Era la menos probable para ser la imagen de Don Algodón y quizá por eso aceptó encarnarla. Fue un bombazo. Las chicas bien de los ochenta —y las que querían serlo— aspiraban a parecerse a ella y a llevar los jerseys de grecas y los lazos de lana de colores de la marca de Barroso. Todo lo que Blanca se ponía, se vendía y se agotaba: perfumes, maquillaje, gafas de sol… Su imagen empezó a estar en todas partes: revistas de moda, marquesinas, autobuses, cabinas telefónicas. “Todo el mérito fue de Pepe Barroso, que creó algo transcendente e innovador en aquel momento. Entonces no había marcas españolas para los jóvenes y Pepe nos dio la oportunidad de vestirnos con moda accesible y con mucho color”.

Blanca Suelves en una imagen promocional de Don Algodón, en 1988.

Don Algodón fue un fenómeno y la aristocrática chica de sus publicidades y catálogos se convirtió en un modelo para muchas españolas. Fue imagen en exclusiva de la marca durante tres años. “Salía en todos lados y la gente empezó a reconocerme. Yo lo pasaba fatal. No me gustaba verme en las fotografías porque sentía un grado de intromisión y exhibición que no encajaba conmigo. Nunca me ha gustado exponerme”.

Protagonizó reportajes y portadas en Vogue, Elle y Telva y otras marcas empezaron a ofrecerle trabajos. Más desfiles. También recibió propuestas para hacer cine. Le gustaba leer los guiones e ir a las entrevistas con los directores solo por curiosidad, pero luego siempre decía que no. “Ya me sentía intrusa trabajando como modelo, así que imagínate si hubiera aceptado hacerlo como actriz. No tenía un proyecto de carrera. Solo quería ganar un poco de dinero y ser independiente. Y lo fui”.

En los noventa le ofrecieron presentar el primer programa sobre moda en Canal Estilo. Aunque nunca había hecho televisión, aceptó. En esa época comenzó su noviazgo con Ioannes Osorio y Bertrán de Lis, duque de Alburquerque. La pareja se casó en el verano de 1996 en el castillo de los padres de la modelo, en Altafulla. Suelves se alejaba de las pasarelas en cuanto podía. “Los siguientes años cambié de formato. Fui estilista en la revista Blanco y Negro de Abc, seguí haciendo algún reportaje de moda y seguí mi periplo en la tele, siempre relacionado con la moda: canal Estilo; Buenos días! España, el telediario matinal con Roberto Arce en Antena 3, Con T de tarde”.

“Muchos me decían: ‘Tienes que hacer que el Soto sea solo para la gente que conozcas’. Había muchos prejuicios y yo no los tengo», recuerda Blanca Suelves de su proyecto para sacar partido a la finca de los Alburquerque.ÁLVARO GARCÍA

Tuvo dos hijos con su marido, Blanca y Luis, y con él encaró un nuevo reto: dar vida a Soto Mozanaque, la casa familiar, la histórica finca de los Alburquerque en la localidad madrileña de Algete. “Mi exmarido [se separaron en 2021] había heredado la finca y teníamos que hacer algo con ella. Era una responsabilidad. Había que mantenerla, darle una función. Era complicado porque nosotros vivíamos ahí y tenía que ser compatible con la profesión de Ioannes como criador y entrenador de caballos de carreras”.

Entonces se le ocurrió empezar a alquilarla para bodas y eventos. No tenía idea sobre el negocio de la restauración, pero tenía ojo para las cosas bonitas y supieron escoger un buen equipo. “Y tenía la suerte y la confianza de Ioannes, que había nacido y crecido ahí y que creía en mi proyecto. Me dio vía libre para la restauración de la casa grande y para su nuevo propósito”.

Estaba por hacer algo inédito. Ningún aristócrata español había abierto sus dominios para algo parecido. Su audacia le valió algunas críticas de familiares y conocidos. “No fue fácil. No lo entendían y no lo veían bien. Me decían: ‘¿Cómo puedes hacer un negocio con la finca del duque de Alburquerque?”, recuerda. “Pero yo lo tenía clarísimo. Luego, menos mal, acabamos haciendo las comuniones y bodas de muchos de ellos”.

No quiso publicitar la finca. No la sacó en revistas ni la enseñó en televisión hasta 15 años más tarde. El éxito fue inmediato, gracias al boca a boca. “Fue impresionante”, reconoce. “Muchos me decían: ‘Tienes que hacer que el Soto sea solo para la gente que conozcas’. Había muchos prejuicios y yo no los tengo. Cada persona que escogía la finca para mí era especial porque estaba eligiendo mi proyecto. Daba igual si les conocía o no. Además, a la gente que dice tonterías no hay que hacerles caso”.

La modelo Blanca Suelves y Ioannes Osorio y Bertrán de Lis, duque de Alburquerque, en un desfile de Victorio y Lucchino de la Pasarela Cibeles en el madrileño Palacio de Congresos, en septiembre de 1993.ANGEL DÍAZ (EFE)

Al poco tiempo muchas familias empezaron a imitarla, abriendo sus palacios, castillos y fincas para bodas y fiestas. “Y está muy bien. Muchos vinieron al Soto para ver cómo lo hacíamos y pedirnos consejo, y siempre recibí y ayudé en lo que pude a todo el que me llamó”.

Treinta años después, la finca del duque de Alburquerque es lo que Suelves soñó: un sitio consolidado, de referencia, y un motivo de orgullo para su familia. “Yo pensaba en mi suegro, al que quería muchísimo. Creo que estaría orgulloso. El proyecto fue una forma de conservar el patrimonio y de dar alegría y momentos felices a otras personas, pero también a la casa. La gente que escoge el Soto le da muy buena energía”.

Durante estas tres décadas, se ha mantenido alejada de los focos, viviendo en el campo y dedicándose a su familia y a la finca. Recibió ofertas para volver a la moda y las rechazó todas. “Si algo no me gusta, y puedo escoger, prefiero no hacerlo. Tengo esa honestidad conmigo misma: quiero ser creíble en lo que hago. Además, para volver tendría que ser un proyecto muy especial porque exponerme siempre me ha dado cierto vértigo. Pasé de salir en todos lados a no salir y recuperar la libertad del anonimato. A mí no me gusta ser conocida, aunque reconozco que ha tenido ciertas ventajas”.

Blanca Suelves y Ioannes Osorio, a su llegada al funeral por la Condesa de Romanones, el 13 de diciembre de 2017, en Guadalajara.Europa Press Entertainment (Europa Press via Getty Images)

Cuarenta años después de su debut en la moda, mucha gente la sigue recordando como “la chica Don Algodón”. Instagram y Pinterest están plagados de fotos de cuando tenía 17 o 18 años y trabajaba como modelo para la marca de Pepe Barroso. “Ahora, con 58 años, me siguen hablando sobre esas campañas. Es ahora cuando me doy cuenta de la repercusión y el efecto que tuvieron y me hace gracia. Cuando encuentro esas fotos o me las envían por Instagram me hace ilusión”.

En 2021, después de tres décadas de relación, se separó de su marido. Ya no está involucrada en la gestión del Soto Mozanaque. El año pasado, protagonizó la campaña del 40º aniversario de la semana de la moda de Madrid. Muchos pensaron que volvería a las pasarelas, pero no tiene ninguna intención de regresar a la primera línea. “La gente dice que hay que reinventarse, pero yo soy siempre la misma, solo sigo caminando”, aclara.

El verano pasado, mientras navegaba con unos amigos, se puso a pensar en qué podía trabajar. “Soy una persona organizada, discreta, honesta y de confianza. Si creé un negocio que sigue siendo un éxito después de 30 años, con mi experiencia tengo que poder hacer algo”. Así es como tuvo la idea de crear Roberta Flat, una empresa que empezó para ayudar a la gente con sus mudanzas y que ahora se dedica a buscar pisos de alquiler o de compra en Madrid para sus clientes.

Le propuso a su prima, María Chávarri, que fuera su socia. Chávarri aceptó. “Quince días después empezamos. Tenemos trabajo porque tenemos ojo, criterio, contactos y el tiempo del que los demás carecen”, dice. La discreción es importante en este negocio, así que no dará muchos detalles sobre su trabajo como “personal shopper inmobiliaria”. Sobre qué es lo más solicitado en Madrid, responde: “Todo lo bueno. La gente quiere lo mejor”. Sobre sus clientes, dice: “Gente que no suele vivir en Madrid y que no tiene tiempo para ver muchas casas”.

Muchos de los que llaman a su puerta tienen mucho dinero, pero nadie da un cheque en blanco. “Todo el mundo tiene límites”, apunta. Conoce muy bien los suyos y parece estar orgullosa de no traspasarlos: “Como te dije, yo soy siempre la misma”.