Tras su paso durante el fin de semana por Viana y Estella-Lizarra —con conciertos de Mayte Martín con José Gálvez y Sandra Carrasco y David de Arahal— arrancó este miércoles en Pamplona la edición 12+1 del Festival Flamenco On Fire, con el ya acostumbrado acto de vinculación con el territorio, que este año se ha dedicado a la tradición de los encierros, a la “fiesta con presencia de vacas” —comunes en toda la geografía navarra y universalmente conocida por la de Pamplona—. También, en esta ocasión, el evento se ha querido vincular con aquellas personas que, del mismo modo que los viajeros románticos hicieron con las primeras formas flamencas, visitaron la tierra, conocieron esa tradición y la divulgaron. El más conocido de ellos fue, sin duda, el escritor estadounidense Ernest Hemingway, quien protagoniza el cartel del año en que su emblemática novela Fiesta cumple un siglo de su publicación.

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Con este simbólico acto, el festival pamplonés ha querido reconocer a las distintas instancias que hacen posible la fiesta y, a su vez, compensar y agradecer a la ciudad anfitriona la hospitalidad con que recibe las manifestaciones del arte flamenco llegadas de diferentes puntos de la geografía nacional. De esta manera, a las seis y media de la tarde, en el Patio de Caballos de la Plaza de Toros de Pamplona —donde terminan los encierros— tuvo lugar el homenaje a las grupos de personas que participan en su organización, agrupados en Memoria, Oficio y Cuidado.

En una sucesión tan rápida como ellos mismos, se encadenaron los agradecimientos de los representantes de la benéfica Casa de Misericordia, la primera y principal institución, porque sin ella nada sería posible del gremio de los carpinteros responsables de las vallas, de los pastores, de los dobladores, de la Cruz Roja, de la prensa y de la hostelería, con palabras que, en algún caso, agradecieron al propio festival el haber llevado el arte flamenco a las mismas calles de los encierros

Juan Diego Mateos en el Patio de Caballos de la Plaza de Toros de Pamplona durante el primer día de Flamenco on Fire, en una foto cedida por el festival.susana giron

Tras el acto, el festival trasladó al mismo patio el primer concierto de su ciclo Espacio Sabicas, dedicado al legado del legendario artista nacido en la calle Mañueta de esta capital. De este modo, la guitarra flamenca de concierto, eje fundamental de la cita, viajó al encuentro de los encierros de la mano del guitarrista jerezano Juan Diego Mateos. Quizás pocos como él para tender puentes, por su actitud coloquial que explicaba la naturaleza de sus composiciones, pero, sobre todo, por su música y su manera de entender el toque, que es pausada y deja aire entre unas frases musicales que se degustan mejor de ese modo. Se inició con la soléa que da nombre a su próximo disco, Oriundo, que sonó tan lírica como profunda. Viajó con fantasía, haciendo guiños a la colombiana y a la farruca, antes de homenajear a las bailaoras con un original tratamiento de las alegrías. En el tramo final, dejó explicita huella de su amor por lo minimalista, ese menos es más que lo ha acompañado siempre, y que se vio reflejado en la ralentizada minera y en el homenaje a Eríc Satìe en forma de personal rondeña.

Ambiente en el Patio de Caballos de la Plaza de Toros de Pamplona, durante la presentación de Juan Diego Mateos en Flamenco on Fire, en una foto cedida por el festival.Susana Giron

Otra de las señas de identidad de esta cita es su apuesta por las producciones propias, que se iniciaron en su octava edición (2021) con el espectáculo Libertad, que reunió a tres generaciones del cante: Pansequito, Antonio Reyes e Israel Fernández. La décima resultó muy ambiciosa al acoger el estreno de la obra Cantes de Rojo fuego del compositor Mauricio Sotelo, que contó con el concurso de la Orquesta Sinfónica de Navarra con las voces de Vicente Soto, Antonio Reyes, Rosario La Tremedita y el saxofón de Juan J. Jiménez, dentro del espectáculo Una historia del cantaor, que dirigió David Lagos para conmemorar el 50 aniversario de la muerte de Caracol. Ese mismo año nació el proyecto Alzapúa, un amplio muestrario de la renovación de la guitarra flamenca de concierto a través de tres generaciones, de la menor a la más madura, en tres conciertos que fueron dirigidos por Rycardo Moreno, Josemi Carmona y José Manuel Gamboa, respectivamente.

Ambiente en el Teatro Gayarre durante el concierto de Rafael Riqueni, Ana Moura y Tim Ries en el primer día de actuaciones del Flamenco On Fire de Pamplona, en una foto cedida por el festival.Susana Giron

La producción de este año llamó la atención desde su propio enunciado, Tres orillas: Lisboa, Sevilla, Detroit, un cartel que tenía de protagonistas al guitarrista flamenco sevillano Rafael Riqueni y al saxofonista estadounidense de jazz Tim Ries, con la cantante de fados portuguesa Ana Moura como artista invitada. Lo que en principio podría parecer una ecuación imposible escondía, sin embargo, variadas historias de recíprocas atracciones y colaboraciones, en las que el americano aparece como factor común y, por tanto, artífice de este singular encuentro entre las músicas y las culturas que cada uno de ellos representan.

Ries, músico habitual en las giras de The Rolling Stones desde principios del milenio, escuchó en una ocasión a Moura y la invitó a participar en una de sus grabaciones, Stones World (The Rolling Stones Project II), donde interpretó un par de temas del grupo. Años después, atraído por el flamenco, se enroló en la compañía de la bailaora Sara Baras, donde se empapó de los códigos de un género al que ha regresado para compartir experiencias con un Riqueni que, a su vez, siempre había mostrado interés por el fado. Solo con esos antecedentes se puede entender la singular y cómplice gala que protagonizaron los tres, junto con un invitado tan inesperado como sorprendente, el joven Gaspar Valera, genial intérprete de la guitarra portuguesa.

El músico portugués Gaspar Varela toca el laúd (guitarra portuguesa) en el escenario del Teatro Gayarre durante el primer día de actuaciones en el Flamenco On Fire de Pamplona, en una foto cedida por el festival.susana giron

Todo es posible cuando se aúnan talento, ganas y voluntad de entendimiento, y eso fue lo que ocurrió en un concierto que superó las expectativas creadas, alcanzando momentos de gran intensidad. Ries y Riqueni lo iniciaron estableciendo un rico diálogo que tuvo como base composiciones del segundo, tomadas principalmente de su obra Parque de María Luisa: música descriptiva de recuerdos de infancia, con trinos y rumor de aguas, que cobra nuevas voces y colores con el saxo y, especialmente, con la flauta travesera. En ese dulce intercambio estábamos cuando apareció el fado con toda su gravedad y sobrecogedora profundidad, la que le imprime Ana Moura, que puso la emoción con la interpretación de No Expectations, uno de los temas de los Rolling que había grabado con Ries.

Fue posiblemente el clímax del concierto y, sobre todo, el momento de mayor interactuación entre todos los integrantes de la escena. Luego, el concierto tuvo unos añadidos, como la impactantes improvisaciones de Ries sobre el tema Higher Ground, de Stevie Wonder, interpretadas desde el patio de butacas. También un final por tangos, los granaínos del Pepico, en la voz de Moura y un remate con toda la banda por pasodoble. Pero lo realmente importante ya había sucedido.