Ratko Mladic, declarado culpable de genocidio y crímenes contra la humanidad en Bosnia por el Tribunal para la Antigua Yugoslavia en 2017, ha muerto este jueves a los 83 años en prisión, según ha confirmado su familia. Cumplía cadena perpetua por ser declarado culpable de diez cargos, entre ellos el del genocidio en Srebrenica, donde al menos 8.000 musulmanes fueron asesinados en 1995 en una «zona segura» de Bosnia designada por la ONU. Se trata de la peor atrocidad cometida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
El apodado ‘Carnicero de los Balcanes’ había sufrido varios derrames cerebrales mientras se encontraba entre rejas. Su familia había solicitado al tribunal que pudiera recibir tratamiento en Serbia, una petición también elevada recientemente por el presidente serbio, Aleksandar Vucic, si bien finalmente Mladlic ha fallecido este jueves, según ha recogido la cadena de televisión pública serbia, RTS.

Srebrenica, 30 años
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El objetivo, según determinó el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) de las Naciones Unidas, era la «limpieza étnica»: la expulsión forzosa de musulmanes bosnios, croatas y otros no serbios para despejar territorios bosnios y crear una Gran Serbia. El tribunal determinó que Mladic, junto con el fallecido presidente serbio Slobodan Milosevic y el líder político serbobosnio Radovan Karadzic, formaban parte de una conspiración criminal para llevar a cabo el plan.
«No reconozco a este tribunal», declaró Mladic, durante una audiencia del TPIY sobre su caso en 2014. Al ser condenado a cadena perpetua en 2017, gritó: «¡Todo esto es mentira, todos ustedes son unos mentirosos!». Sin embargo, hasta que Milosevic fue derrocado por un levantamiento popular en el año 2000, Mladic vivió de forma segura —aunque discreta— en Belgrado.

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El ejército que Mladic creó para luchar en Bosnia fue un modelo de crueldad, audacia y brutalidad, al más puro estilo de la tradición guerrera serbia, antaño valorada en la lucha partisana a vida o muerte contra la ocupación nazi de Yugoslavia durante la Segunda Guerra Mundial.
En algunos de los ejemplos más horribles, los prisioneros se asfixiaron con el calor tras ser obligados a comer sal y privados de agua; fueron sometidos a inanición y violados en campos de prisioneros; obligados a saltar de un puente y fusilados; y acribillados por cientos durante la noche tras ser expulsados de sus centros de detención con gas químico.