Así lo explica Nuria Valdés Gallego, miembro del Grupo de Trabajo de Neuroendocrinología y del Comité de Programa del 67º Congreso de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). Desde el punto de vista clínico, incluye fundamentalmente tres grandes grupos. En primer lugar, «las enfermedades hipotálamo-hipofisarias, como los adenomas hipofisarios funcionantes y no funcionantes, la …
Así lo explica Nuria Valdés Gallego, miembro del Grupo de
Trabajo de Neuroendocrinología y del Comité de Programa del 67º Congreso de la
Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).
Desde el punto de vista clínico, incluye fundamentalmente
tres grandes grupos. En primer lugar, «las enfermedades
hipotálamo-hipofisarias, como los adenomas hipofisarios funcionantes y no
funcionantes, la acromegalia, la enfermedad de Cushing, los prolactinomas, el
hipopituitarismo o la deficiencia de arginina vasopresina, antes conocida como
diabetes insípida central».
En segundo lugar, «los tumores neuroendocrinos,
especialmente los gastroenteropancreáticos y pulmonares», añade la experta. Y,
en tercer lugar, los feocromocitomas y paragangliomas, «que comparten muchas
necesidades diagnósticas, terapéuticas, genéticas y de seguimiento con el resto
de tumores neuroendocrinos».
Por lo tanto, es un área especialmente compleja porque
combina enfermedades muy distintas entre sí: «Algunas son relativamente
frecuentes en la consulta endocrinológica, como los incidentalomas o los
prolactinomas; otras son enfermedades raras, pero con un gran impacto clínico».
Además, «pueden manifestarse por exceso hormonal, déficit hormonal, efecto
masa, síntomas derivados de la secreción de sustancias bioactivas, o incluso
diagnosticarse de forma incidental en estudios de imagen», expone Valdés
Gallego.
Por ello, la neuroendocrinología exige integrar clínica,
bioquímica hormonal, imagen morfológica y funcional, anatomía patológica,
genética, cirugía, medicina nuclear, oncología médica, radioterapia y
seguimiento a largo plazo.
Además, desempeña un papel crucial en la regulación de
múltiples funciones corporales. «En el ámbito hipotálamo-hipofisario, la
regulación neuroendocrina participa en funciones esenciales como el
crecimiento, la reproducción, la lactancia, la respuesta al estrés, el
metabolismo energético, la función tiroidea, la función suprarrenal, el
equilibrio hidroelectrolítico, el apetito, el peso corporal y los ritmos
circadianos», apunta la especialista.
Esto tiene una traducción clínica directa, como
«alteraciones en estos ejes pueden producir hipopituitarismo,
hipercortisolismo, hipersecreción de hormona de crecimiento,
hiperprolactinemia, hipogonadismo, trastornos del balance hídrico o
alteraciones metabólicas relevantes».
En el caso de los tumores neuroendocrinos, la importancia
viene determinada tanto por el comportamiento tumoral como por la posible
secreción hormonal. «Algunos tumores son no funcionantes, pero otros pueden
producir síndromes clínicos específicos, como síndrome carcinoide, hipoglucemia
por insulinoma, gastrinoma con síndrome de Zollinger-Ellison, glucagonoma,
VIPoma o secreción de catecolaminas en feocromocitomas y paragangliomas», desarrolla
en este sentido.
Por tanto, la neuroendocrinología no solo estudia funciones
reguladoras, sino también síndromes clínicos complejos derivados de la
producción inapropiada de hormonas o sustancias bioactivas.
En cuanto a los retos, uno de los más destacables de acuerdo
a la doctora es el diagnóstico precoz. Esto se debe a que «muchas enfermedades
neuroendocrinas tienen una presentación insidiosa, con síntomas inespecíficos
que se solapan con patologías muy prevalentes». La acromegalia, la enfermedad
de Cushing, algunos tumores neuroendocrinos funcionantes o los feocromocitomas
pueden tardar años en diagnosticarse si no existe una sospecha clínica
adecuada.
Otro desafío es individualizar el tratamiento y seguimiento
de cada paciente, «lo que llamamos medicina personalizada». También, destaca la
necesidad de combinar la alta complejidad científica de estas enfermedades con
una atención «cercana, comprensible y continuada para el paciente», apunta Valdés
Gallego, y añade: «En consulta debemos integrar muchos datos: síntomas,
resultados hormonales, imagen, genética, tratamientos previos y expectativas
del paciente. Y, al mismo tiempo, explicar bien qué ocurre, qué opciones
existen y qué objetivos son realistas. El reto no es solo tratar una cifra
hormonal, sino mejorar la vida de la persona y acompañarla durante todo el
proceso».
Finalmente, pone de relieve la importancia de organizar
circuitos asistenciales eficientes. «Estas enfermedades requieren tiempo,
experiencia y coordinación. El paciente puede necesitar endocrinología,
cirugía, oncología, medicina nuclear, radiología, genética, anatomía patológica,
radioterapia, Atención Primaria y enfermería especializada. El reto es que todo
ese proceso sea ágil, coherente y centrado en el paciente», remacha.
En lo que a avances se refiere, la endocrinóloga considera
que hay varios muy relevantes. Desde el punto de vista tecnológico, «la mejora
de la imagen funcional y molecular está cambiando el diagnóstico y la
planificación terapéutica, especialmente en tumores neuroendocrinos». «También
la incorporación de la genética y la biología molecular permite identificar
síndromes hereditarios, estratificar riesgos y ofrecer seguimiento familiar
cuando está indicado», añade.
En el terreno terapéutico, los tratamientos dirigidos, la
medicina nuclear terapéutica y la radioterapia más precisa han ampliado mucho
las opciones. Sin embargo, «quizá el verdadero cambio de paradigma es la
medicina personalizada: tratar al paciente en función del tipo de tumor, su
perfil hormonal, su evolución, sus características moleculares y sus
preferencias». Para ello, la integración de datos clínicos, hormonales,
radiológicos, histológicos, moleculares y genéticos «será clave y posible con
la incorporación paulatina de la inteligencia artificial».
Por último, destaca que la neuroendocrinología es un área
apasionante precisamente porque une ciencia básica, tecnología avanzada y
atención clínica muy personalizada. «En muchas ocasiones tratamos enfermedades
poco frecuentes, y eso hace imprescindible concentrar experiencia, trabajar en
red y fomentar la investigación», indica. Asimismo, «es importante transmitir
un mensaje a los pacientes: aunque algunas de estas enfermedades son complejas,
hoy disponemos de mejores herramientas diagnósticas y terapéuticas que hace
unos años». «El trabajo coordinado de los equipos multidisciplinares y la
implicación activa del paciente son claves para mejorar los resultados y la
calidad de vida», concluye.
La nutrición constituye uno de los pilares fundamentales de
la endocrinología. «Aunque somos más conocidos como `endocrinos’, nuestra
especialidad es endocrinología y nutrición», dos disciplinas estrechamente
ligadas por su relación con el metabolismo y el abordaje de enfermedades
hormonales y nutricionales, apunta Fiorella Palmas, miembro del Comité Gestor
del Área de Nutrición y del Comité de Programa del 67º Congreso de la Sociedad
Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). De hecho, «una de las fortalezas
de la endocrinología española ha sido precisamente integrar la nutrición dentro
de la especialidad, favoreciendo el desarrollo de grupos de referencia en
nutrición clínica y composición corporal».
En este contexto, en los últimos años se ha pasado de un
enfoque centrado en el peso y las calorías a otro más amplio, basado en la
composición corporal, la salud metabólica y la personalización del paciente.
Asimismo, el desarrollo de nuevas herramientas diagnósticas y terapéuticas ha
permitido integrar la nutrición de forma más precisa en la práctica diaria.
«Los nuevos tratamientos farmacológicos han supuesto un
avance muy importante, porque permiten obtener pérdidas de peso clínicamente
relevantes y sostenidas, acompañadas de mejoras metabólicas y cardiovasculares
significativas». También «han ampliado las opciones terapéuticas disponibles y,
en algunos pacientes, pueden retrasar o evitar la necesidad de tratamientos más
invasivos como la cirugía bariátrica». Sin embargo, apunta que «los mejores resultados
se obtienen cuando los fármacos se integran dentro de un abordaje
multidisciplinar que incluye educación nutricional, actividad física, apoyo
conductual y seguimiento médico especializado».
Explica que en consulta observan con frecuencia dificultades
para mantener cambios de hábitos a largo plazo. De ahí la necesidad «de enseñar
a la población desde la infancia la importancia de la actividad física y de una
correcta alimentación, para que estos hábitos formen parte de la vida cotidiana
y no se perciban únicamente como un esfuerzo cuando aparece un problema de
salud». Con todo, Palmas recuerda que la obesidad es «una enfermedad compleja y
multifactorial en la que entran en juego factores genéticos, biológicos, psicológicos,
sociales y ambientales». «Esto dificulta que exista una solución única y obliga
aabordar múltiples aspectos de forma simultánea para prevenirla y tratarla».
Por otro lado, cree que existe todavía una brecha importante
entre las recomendaciones nutricionales y los hábitos reales de la población.
«Aunque la población dispone de más información que nunca, no siempre se
traduce en cambios en el comportamiento». «El creciente interés por la
alimentación saludable y el impacto de las RR.SS. favorecen la difusión de mensajes
y tendencias que no siempre están respaldados por la evidencia científica»,
advierte.
De hecho, «la nutrición es uno de los ámbitos sanitarios con
más desinformación, especialmente a través de RR.SS.» Con todo, considera que
«uno de los mayores riesgos es simplificar en exceso la nutrición y transmitir
mensajes universales para problemas que suelen requerir un enfoque
personalizado».
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