El cofundador y antiguo CEO de Netflix, Reed Hastings, dijo en 2017 que el principal competidor de la compañía no era ni HBO ni ninguna otra plataforma de contenidos, del formato que fuese, sino el sueño. Para ganar terreno y crecer, Netflix necesita que ese que cabecea en el sofá decida hacer un esfuerzo extra y quedarse despierto para ver un capítulo más, y luego otro más, y otro más, el mayor tiempo posible.
Estas vacaciones he llegado a la conclusión de que con los restaurantes pasa algo parecido. Su éxito no depende tanto de no perder terreno ante los demás restaurantes, sino de superar lo bien que comen en casa sus clientes. Y en verano lo tienen francamente difícil, hasta sin contar con que para salir hay que ponerse zapatos.
¿Qué puede ofrecerme, un restaurante, contra el lujo, que no es ni caro ni es trabajo, de una fuente de boquerones fritos, una jarra de gazpacho, un platito con olivas rellenas y una bolsa de patatas chips degustados en camiseta de tirantes, con la gomade las bermudas dada de sí y los pies negros, en la terraza?
No hay estudios concluyentes que nos permitan afirmar que no se puede vivir en verano sólo a base de gazpacho y pescaíto frito. Por si acaso, y a la espera de la ciencia, en casa alternamos los boquerones y la morralla con el atún en lata en diferentes posologías: en la pizza de los viernes por la tarde con el ventilador a máxima potencia, jugando con Hija al Monkey Island con el portátil, tiradas en el suelo. En la ensalada de pasta, los martes, con gambitas congeladas, gajos de naranja pelados a lo vivo y salsa rosa. O en los huevos rellenos, los jueves, presentados en la fuente grande y ovalada con lechuga cortada a tiritas finas en la base, para que no vuelquen, y para que no se diga que en casa no comemos verde.
Busco, en las cartas de los restaurantes que tengo a mano, huevos rellenos con mayonesa casera, y fracaso.
También pasa que hay días que a una le apetece ponerse un poco más estupenda, claro. La semana pasada, dieciséis euros me bastaron para llegar a casa con un kilo de mejillones y medio de gamba blanca pequeña de la lonja de Blanes. Los hice unos al vapor, las otras a la plancha, con sal y apenas un suspiro de aceite de ajo y perejil al final, y nos los comimos en el sofá, en compañía de Las chicas Gilmore. El restaurante que quiera batirse con esta experiencia gastronómica, teniendo buen género, buena técnica y buen servicio, tiene que poder ofrecer, además, valor que compense llamar, reservar, ducharse, vestirse, coger el coche, llegar, aparcar, sentarse, esperar, pedir, cruzar los dedos, comer, renunciar a la tercera copa de vino, pagar y volver, sin Las chicas Gilmore.
Pero cuando el tema se pone serio es cuando se invoca la cazuela. A mí, no sólo no me importa, sino que me place, en verano, poder disponer de ese tiempo de más para pasarme un par de horas en la cocina y salir al comedor acalorada, como un polluelo de debajo de la clueca, y exultante, con una cazuela en brazos. Comer en casa, en estas condiciones, es tres placeres: el de la anticipación, —ese goloseo del “¡cómo estará de rico!” mientras, canturreando y relamiendo la cuchara, termino de ligar la salsa de las manitas de cerdo con cigalas—, el de ver las caras del resto de comensales cuando la cazuela se posa en el centro de la mesa, y el de la degustación literal.
Sé lo que me podrían cobrar por esta cazuela bien hecha en un restaurante, si fuese posible encontrarla. Y aunque valiese cuatro veces lo que me cuesta hacerla en casa, no me importaría pagarlo, porque sé el ojo y la mano que requiere, y porque no seré yo quien planche los manteles.
Por una cazuela así en un restaurante, en verano, me calzo.