En Abades no se encuentran los gran establecimientos hoteleros de Tenerife, sino una tranquilidad a rabiar. En este pequeño caserío de casas bajas, en el municipio de Arico, Vicente Vallés y Ángeles Blanco tienen la vivienda en la que esperan pasar largas temporadas cuando dejen los informativos. Así lo contó el presentador de Antena 3 en una entrevista para NT, la revista de Binter.
La historia de su amor platónico por este lugar comenzó una navidad que la familia pasó en Canarias, hace más de diez años, y poco antes de que naciera el hijo menor de la pareja. Regresaron con la idea de encontrar un lugar propio en las islas, para no tener que organizar el viaje desde cero cada vez. «Y lo encontramos allí, en Abades», resumió Vallés.
Desde entonces, visitan Abades cuando su agenda se lo permite, aunque no con tanta frecuencia como quisieran: «Menos de lo que nos gustaría», dicen ellos mismos. Suelen ir en Navidad y en verano. Con el tiempo, esta costumbre se ha convertido en una rutina que no se cansan de hacer para seguir visitando uno de los rincones que les cambió la vida. Además, la familia cuenta que ya ha estado en las ocho islas, incluida La Graciosa.
Un pueblo que surgió a partir de un sanatorio
Lo curioso de Abades es todo lo que no tiene. Hay casas blancas de una sola planta, ventanas azules y verdes, y calles rectas, una regularidad poco común en la costa canaria. No hay paseo marítimo tradicional ni edificios altos. Una uniformidad que data de su origen.
El poblado se levantó en 1943 al servicio de un sanatorio para enfermos de lepra, cuando el aislamiento se consideraba el único remedio disponible. En la loma que domina el pueblo se construyeron un hospital, bungalós, un edificio administrativo, un crematorio y una iglesia de hormigón cuya cruz todavía se ve desde la autopista del Sur. La obra nunca se terminó: los avances médicos dejaron el proyecto sin objeto y el recinto pasó a usos militares antes de acabar en manos privadas. Hoy, las ruinas del Sanatorio de Abona reciben a senderistas, curiosos y fotógrafos, con muros cubiertos de grafitis.
Más abajo está la playa de Los Abriguitos, un litoral costero de arena oscura protegida del viento por la bahía. El agua suele estar tranquila y los fondos volcánicos se ven claramente, por eso, el lugar es conocido entre buceadores y aficionados al esnórquel. Vallés ya ha contado en alguna ocasión que baja de su casa con las gafas.
Del retiro habla en términos poco novelescos. Sigue leyendo prensa cada mañana, iPad en mano, y no piensa dejar de hacerlo. Lo que busca en Abades, ahora o cuando se retire, es no tener que decidir, a las ocho de la tarde, cómo va a contar todo lo que ocurre en España, que últimamente no es poco.