Solemos relacionar el verano con el descanso, con la transición, con esa pausa necesaria para volver a la rutina diaria. Sin embargo, para algunas personas, es un momento de transformación total. Ese es el caso del pintor Joan Miró. Hay un antes y un después … del verano de 1911, el primero que pasó en Mas Miró, la masía que compraron sus padres en Mont Roig. Esta pequeña localidad tarraconense determinó su destino para siempre desde el primer momento. Tenía 18 años, la vida le había pasado por encima, pero delante de este paisaje comprendió definitivamente que el arte era el camino para salvar su existencia.

Algo tienen las tierras de Tarragona que inspiran y marcan a los grandes artistas españoles. Picasso no fue Picasso hasta que vivió en Horta de Sant Joan y Miró, sobre todo, no fue Miró hasta que pisó Mont Roig. «Toda mi obra está concebida en Mont Roig. Soy más feliz yendo en suéter y bebiendo en porrón con los campesinos del pueblo que no en París entre duquesas de grandes palacios y esmóquin», afirmaría el pintor en 1928 a periodista y escritor Francesc Trabal.

Pongámonos en antecedentes. Miró es un joven brillante de 17 años que siente que la vida le ha sido impuesta. Le interesa el arte, pero siempre que saca el tema con sus padres, éstos le miran raro y se niegan a escucharle. Su padre, Miquel Miró, es un orfebre y relojero, y su madre, Dolors Ferrà, sólo quiere una vida segura y estable para su único hijo varón, después de la muerte de los recién nacidos Miguel y Josefa.

Atenazado y nervioso, Miró sufre en extremo por un futuro que le genera vértigo y desesperanza. Trabaja como contable en la droguería Dalmau de Barcelona y estudia comercio, pero algo dentro suyo le hace odiar cada segundo de su existencia. Débil, agotado, infeliz, sus defensas bajan y poco después de cumplir 18 años sufre de fiebres tifoideas que le impiden casi hasta moverse.

Su familia, preocupada, decide trasladarlo a la masía que acaban de adquirir, El Mas d’en Ferratges, en un pequeño pueblo del interior de la comarca del Baix Camp. La esperanza es que el aire puro le devuelva las fuerzas, supere su crisis nerviosa, venza la enfermedad, y pueda volver a recuperar su vida. Sin embargo, la paz que siente en Mont Roig y la belleza que experimenta delante de este paisaje le revolucionan el espíritu y por primera vez en su vida se enfrentará a sus padres y al destino que tenían planeado para él.

El primer verano de Miró en Mont Roig, clave para su vocación artística

Ante su sorpresa, después de una lógica decepción, sus padres comprenderán que si Miró sigue la vida que ha vivido hasta la fecha, lo perderán. Cuando insiste en que quiere ser pintor y dedicarse al arte, ya no se cerrarán en banda y empezarán a animarle a que si eso es lo que quiere hacer, que no lo haga a medias y ponga todas sus energías. Incluso le matricularán en la academia de arte Francesc Galí.

A partir de ese día, la nube negra que Miró siente que tiene en la cabeza se despejará y volverá a ver todas las formas y los colores del paisaje terroso de Mont Roig, que se convertirán en su principal fuente de inspiración. «El Mont Roig de Miró son las raíces y sus lazos con la tierra y con la sencillez de las cosas cotidianas. El pueblo es símbolo y es realidad, es íntimo y universal, y es el punto de partida de todas las cosas», aseguraba Elena Juncosa, ex directora de la Fundación Más Miró y actual responsable del Museo Nacional Arqueológico de Tarragona.

Un lienzo de vida en Mont Roig

Desde la ventana de su habitación, el artista empieza a pintar lo que ve. Observa la naturaleza con atención, dando largas caminatas del campo hasta la playa. En sus paseos recoge objetos que le llaman la atención, piedras, raíces, troncos, etc. Y allí realizará su primera gran obra maestra, ‘La Masía’, de 1922 que recoge la potencia de un lugar que le dio la vida cuando se le escapaba de las manos.