En el tercio de varas del cuarto toro de la tarde se vivió uno de esos instantes que devuelven al ruedo toda su dimensión de peligro. Mientras el de Domingo Hernández empujaba con violencia al caballo contra las tablas y los monosabios trataban de auxiliar al picador, coleando al equino para sacarlo de la embestida, el toro encontró de repente un objetivo distinto.
Se volvió con una rapidez seca, casi imperceptible hasta que ya era demasiado tarde, y alcanzó de lleno a uno de los monosabios. Lo levantó con brutalidad y, cuando ya estaba en el suelo, volvió sobre él para voltearlo antes de que sus compañeros consiguieran apartarlo de los pitones.
La escena fue de una enorme crudeza. El monosabio fue llevado inmediatamente a la enfermería, donde tuvo que ser atendido de una cornada en el glúteo. Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse en la plaza.
Porque también esto forma parte de la verdad del toreo. El peligro no distingue entre quien se viste de luces y quien trabaja en la sombra del ruedo. No entiende de jerarquías ni de oficios. Basta un giro inesperado del toro para que todos los que están dentro de la arena queden expuestos.