Hace unos meses se presentaba la noticia de que Ridley Scott planeaba dirigir su primer western, la adaptación de la novela Wraiths of the Broken Land (2013), puesto que es el género con el que nunca se había atrevido. Quizá por eso La constelación del perro parezca más una película del viejo oeste que una distopía, pero eso es casi inherente en el subgénero apocalíptico. En el fondo, el británico sigue dentro de una ciencia ficción que nunca ha decidido abandonar, y a sus 88 años parece que tiene más cosas que decir que muchos contemporáneos.
El subgénero zombie ha vuelto con cierta fuerza, a pesar de llevar agotado una década, y aunque esta no tenga ese tipo de infectados, comparte el clásico emplazamiento de un mundo desolado en el que solo sobreviven algunos humanos inmunes y otros cuantos animales. Pero sobre todo, la historia comparte un factor común, que es el hecho de tener un entorno hobbesiano, donde la mayor amenaza para nosotros no es un virus, sino nosotros mismos. Tras la pandemia, parece que Scott se pregunte si hemos aprendido algo.
Scott simpatiza con los teoremas survivalistas norteamericanos, con un divertido Josh Brolin haciendo de prototipo de libertario yanqui, cuyo amor por las armas y el proceso de defensa del fuerte se convierte en una especie de parodia seria del estereotipo, al estilo Burt Gummer de la saga Temblores (1990), por el que el director siente evidente simpatía, pero su papel no deja de ser un contrapunto para el héroe de clase obrera que representa Jacob Elordi, melancólico mecánico que añora el contacto humano, socializar.
Elordi es silencioso, pragmático, aparentemente individualista, y, como su compañero Bangley —con quien tiene una relación de amistad masculina bastante bonita—, parece disfrutar del colapso social, pero bajo su voz grave y su mirada hierática hay una búsqueda de conexión que propone a Scott como un humanista romántico, aunque el contacto favorito de Hig sea un chucho, uno del que no es difícil enamorarse en los primeros minutos, y que en cierta forma hace que la trama despegue de forma inversa a John Wick.
Y es que el hombre y su perro en el apocalipsis es un pilar fundamental desde 2024: Apocalipsis nuclear (1975), convertido en tropo en Mad Max 2. El guerrero de la carretera (1981), y modelo de esta en Soy leyenda (2007), como otras muchas sincronías con tantas y tantas ficciones del subgénero que La constelación del perro transita sin demasiada vergüenza, desde los saqueadores tribales de Doomsday (2005), que Scott trata más o menos como zombies de Guerra Mundial Z (2011), exactamente igual que los somalíes de Black Hawk derribado (2001)—al canibalismo de La carretera (2009).
Sin embargo, a pesar de que haya algún vericueto de la trama de primero de The Walking Dead (2010-2022), su acercamiento al horror es más singular que el de 28 años después: El templo de los huesos (2026), porque en el entorno de un blockbuster más o menos contenido, sus exabruptos de violencia resultan bastante sorprendentes. Y sí el factor dramático tiene lo suyo de The Last of Us (2024-), hay un elemento de aventura, una intención de peripecia y viaje que se aparta de la mayoría de muestras recientes del subgénero.
Porque al final, las idas y venidas del personaje de Elordi tienen algo de las de Clint Eastwood en sus westerns americanos, solo que cambiando el caballo por una avioneta, con “misiones”, eso sí, que parecen transitar también zonas de la filmografía de Scott, como esa llamada captada por la avioneta, ese mensaje que, como la Nostromo, llama a Hig a visitar un lugar desconocido, cuya resolución deriva en uno de los momentos más extraños del cine de estudio de este año.
El hombre y su perro también es una imagen clásica del cine del oeste, desde Las aventuras de Rin tin tin (1954-1959) a El valle de la venganza (2016), encajando con el resto de sucesos como un juego con los lugares comunes del cine de indios y vaqueros, incluyendo las avalanchas de bisontes, el asalto a la diligencia metálica por los comanches o la resistencia del Álamo. Scott, como George A. Romero en La resistencia de los muertos (2009), sabe que el postapocalipsis es el lugar perfecto para plantear su pequeña peli del revólveres y sombreros.
Y va con todo hasta en la banda sonora, en donde además de baladas country y sonidos de guitarra secos, hay convenciones, un tanto viejunas, con Harry Gregson-Williams llevando el estado de ánimo hacia el estreno de viernes de los años 90. Eco anacrónico que tampoco derriba el conjunto, pero sí supone un recordatorio constante de la falta de ambición del proyecto, que se contenta con ser un buen blockbuster de vieja escuela, algo que se agradece especialmente por su selectivo uso de los efectos digitales.
En su anticlímax también reside una idea, la de que bajo las escenas de acción y el estupendo triunvirato aventurero de Elordi, Guy Pearce y Margaret Qualley, Scott busca un bálsamo amable para personajes heridos. Plantea que en un mundo donde se dispara primero y se pregunta después, donde la defensa y no tender la mano es la primera respuesta, hace falta apostar por cambiar algo, superar el trauma, ofrecer la confianza como solución. Una mirada idealista tan naíf como relevante en un mundo real cada vez más rabioso desde nuestro apocalipsis covid particular.
Título La constelación del perro
- Director
Ridley Scott
- Género
Ciencia ficción
- País
EE UU
- Sinopsis
- Guión
Mark L. Smith, Christopher Wilkinson
- Duración
118 min.
- Distribuidora
Paramount
- Reparto
Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong, Allison Janney
- Estreno
26/08/2026
