Una junto a otra, como si se tratara de una trenza viviente, una cadena de sillas se ha formado en la plaza de España en dirección a Consolat de Mar, una acción que, aunque lo parezca, no ha sido espontánea. Y es que se trata de la última reivindicación contra el turismo de masas organizada por Madò Farta, quien ya se ha convertido en todo un icono mallorquín de resiliencia y activismo ciudadano. Desde el GOB cuentan que se han adherido a esta iniciativa más de 1.300 personas, repartidas en un total de 30 puntos del recorrido.
El objetivo de esta protesta simbólica, apoyada por el GOB y la asociación Terraferida, no es otro que alzar la voz contra la masificación turística y exigir límites a la presión urbana que se está comiendo la isla, recuperando plazas y espacios con una de las tradiciones más arraigadas: prendre la fresca. «Se han recorrido alrededor de 1.600 metros», detalla la vicepresidenta del GOB, Tonina Siquier.
En ese sentido, desde la entidad ecologista, que ha aportado 30 voluntarios para la organización, explican que tanto ellos como la ciudadanía entienden la masificación turística como un problema «muy grave» que requiere «voluntad política» para ponerle remedio. «Lo que pedimos son soluciones, no más estudios ni propuestas. Los gobernantes tienen herramientas muy potentes para parar esto». Por último, Siquier ha reivindicado un pacto que trascienda a los Governs para atajar el problema: «La saturación no se soporta, gobierne quien gobierne», clama.
Así, los manifestantes, vestidos en su mayoría de verde, rojo y blanco (los colores de los tradicionales siurells), se sentaron con sus sillas a la fresca como gesto simbólico de toma de las calles. Tanto ellos como los organizadores comenzaron a recorrer el casco antiguo de Ciutat para montar la cadena humana que, a tramos, logró llegar hasta el Consolat de Mar. Durante el trayecto se podían escuchar charlas y conversaciones de claro corte reivindicativo, acompañados de una banda de tambores que recorrió toda la hilera aportando ritmo al ambiente.
Varios asistentes, con carteles reivindicativos. Foto: M. À. Cañellas
«Es mi ciudad y tengo el derecho de ocupar el espacio que me corresponde como ciudadana», clama una de las participantes que decidió sacar su silla a las calles de Palma. También se comentó el último Brunzzit, celebrado el pasado miércoles, especialmente las críticas de los restauradores sobre la caja que dejaron de hacer debido al sopar a la llesca. «Sus terrazas nos impiden hacer vida en la ciudad», se escuchaba.
De todas formas, todo el mundo llevó algo para entretenerse: libros, kits de ganchillo o un tentempié ligero para pasar la tarde. Lo que tampoco faltaron fueron pancartas y proclamas en varios puntos de la cadena para proteger el territorio, denunciar los elevados costes de la vivienda y el alquiler y, sobre todo, reclamar el derecho de los mallorquines a ocupar el espacio de su isla. «Turistas, vosotros ganáis diversión, pero nosotros perdemos libertad», se podía leer en uno de los carteles.
Durante la jornada, el GOB fue repartiendo papeles entre los asistentes para que escribieran la Mallorca que quieren ver en unos años. Cuando dieron las nueve de la noche, los voluntarios recogieron todas las propuestas y las entregaron simbólicamente frente al Consolat, ya que la presidenta Marga Prohens no se encontraba allí en ese momento. Sin embargo, aseguran que se guardará todo para presentárselo en cuanto se reúnan con ella.
El recorrido de la cadena de sillas comenzó en la plaza de España y continuó por algunos de los principales espacios del centro de Palma: transcurrió hacia la plaza de Porta Pintada y Sant Miquel para llegar a la plaza Mayor, bajó por Jaume II hasta la plaza de Cort y avanzó hacia el Palau Reial y la calle Conquistador. Posteriormente, prosiguió por Antoni Maura y el paseo Sagrera hasta llegar a la calle del Consolat, donde finalizó la hilera.