Marcial, que siempre fue el poeta de El Margen, una pedanía de Cúllar Baza (Granada), tenía previsto leer una obra dedicada a su madre el mismo día en que ‘Los Paraísos’, un documental contra la desmemoria rural, se iba a emitir por primera vez en su propio pueblo. No llegó a tiempo. Murió días antes de poder verse en un film que, con el destino de por medio, ha acabado contando, dentro y fuera de la pantalla, lo que queda cuando las miradas y la gente se marchan de unas calles y unas casas que albergaron mucha vida.
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Aunque esta obra audiovisual, creada por los hermanos Armando y Mercedes Camacho, no pretende ser un llanto que recuerde el pasado, sino una oda a quienes lo construyeron, lo cierto es que Los Paraísos sirve de ejemplo perfecto de cómo escuchar brinda las mejores historias. Los relatos de Genoveva Castillo, Antonio Simón, Benita Barea, que sigue cantando copla a sus ‘noventa y tantos’ y el propio Marcial Rodríguez construyen lo que un día fue El Margen, en un mundo que parece destinado a convertir en realidad su nombre y que documentales como este están dispuestos a cambiar.
Así, durante algo más de media hora, las cuatro personas, que ya han superado las nueve décadas de vida, hablan de un pasado rural que sigue muy presente en cada uno de sus poros. Alternado con imágenes captadas por dron que dan muestra de la belleza del paisaje que rodea el altiplano de Granada, el corazón del documental es un ejercicio de respeto y memoria. Sobre todo memoria. Por y para quienes nunca han deseado perderla.
Un ejercicio de memoria
Porque ese fue, precisamente, el punto de partida de sus autores. Hijos de un padre de Cúllar y una madre de Galera, Armando y Mercedes Camacho crecieron vinculados a esta comarca del norte de la provincia y decidieron convertir ese arraigo en un homenaje a sus padres, a sus antepasados y a una forma de entender la vida que se desvanece al mismo ritmo que la despoblación. “Ha surgido como un homenaje a nuestros padres, a nuestros ancestros, a nuestra tierra y a poner en valor unas costumbres que ya se están perdiendo”, explica Armando Camacho en conversación con este periódico.
El proyecto, completamente autofinanciado, se prolongó durante un año. Armando asumió la grabación, tanto con cámara como con dron, el montaje y hasta la composición musical. Sin embargo, pronto comprendieron que el documental dejaría de pertenecerles para convertirse en un espacio donde los protagonistas hablaran con total libertad. “Les planteamos unas preguntas básicas, pero han sido ellos quienes han querido contar lo que han querido contar. No queríamos una fórmula exacta, sino que se sintieran cómodos y transmitieran sus sensaciones”, explica.
Y lo que cuentan no es únicamente la historia de un pueblo. Es la historia de toda una generación. La de quienes nacieron entre finales de los años veinte y mediados de los treinta, crecieron marcados por la Guerra Civil y la posguerra, apenas pudieron acceder a la escuela y aprendieron a leer gracias a vecinos que enseñaban lo imprescindible entre faenas agrícolas. También la de quienes hicieron del campo una escuela de vida, fabricando sus propios aperos, conservando alimentos durante años o aprendiendo a cultivar una tierra donde el agua siempre fue escasa.
“Son personas de 90 años, pero muy jóvenes. No son los típicos abuelos ancianos”, insiste Camacho. De hecho, uno de los momentos más espontáneos del documental llega cuando Benita rompe a cantar con la naturalidad de quien sigue celebrando la vida. Esa vitalidad fue una constante durante todo el rodaje. Los directores compartieron comidas, migas junto a la lumbre, canciones, bailes y también lágrimas. “Esto ha superado el mero hecho técnico o artístico de hacer un documental. Hemos acabado teniendo una relación de amistad con cada uno de ellos”, reconoce.

Un pueblo que resiste
La realidad que rodea a El Margen hace aún más valiosos esos testimonios. La pedanía, que llegó a reunir a miles de habitantes durante el siglo pasado, apenas supera hoy los tres centenares de vecinos. La emigración hacia Cataluña y el Levante, primero, y el envejecimiento posterior han ido vaciando sus calles hasta el punto de que este ha sido el último curso de su colegio, que cerrará definitivamente tras quedarse con solo dos alumnos.
Sin embargo, Los Paraísos evita caer en la nostalgia fácil. No idealiza el pasado ni esconde la dureza de unas vidas atravesadas por el hambre, el trabajo desde la infancia o las privaciones. Algunas de esas historias, reconoce Camacho, ni siquiera aparecen en el montaje final. “Había testimonios de cosas muy duras y preferimos dejar algunas fuera”. La intención nunca fue recrearse en el sufrimiento, sino conservar la dignidad de quienes lo vivieron.
Quizá por eso el documental está despertando una respuesta que trasciende el propio pueblo. Personas que emigraron hace décadas a Barcelona, Madrid o el norte de España reconocen en estas conversaciones la voz de sus abuelos y la memoria de unos lugares que también forman parte de su identidad. “Todo el mundo que lo está viendo dice que le recuerda a su abuelo”, dice con orgullo su director.
El efecto, además, ya se deja notar en El Margen. Gracias al impulso generado por la película volverá este año una antigua cuadrilla musical que llevaba tres décadas desaparecida, mientras sus autores ya preparan nuevos documentales en otras localidades del Geoparque de Granada con el mismo propósito: registrar la memoria antes de que sea demasiado tarde.
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Porque eso es, en el fondo, Los Paraísos. No un documental sobre cuatro personas mayores ni sobre un pueblo que pierde habitantes. Es el intento de conservar una forma de mirar el mundo antes de que desaparezca con quienes todavía pueden contarla. Y en tiempos en los que todo parece medirse por la velocidad, detenerse durante treinta y siete minutos para escuchar a Genoveva, Antonio, Benita y Marcial quizá sea la mejor forma de recordar que la memoria también necesita quien la escuche.