A María Alcaraz la conocí en el autobús, en la línea 17, desde Amara hasta Gros. Entre tanto viajero agazapado, pendientes solo del brillo de … sus pantallas, ella prefirió preguntar por su parada en voz alta. Así nació un encuentro que derivó en una conversación de la que salió una historia, la suya, que merece ser contada. Hay vidas que funcionan exactamente igual que un faro, que emiten un singular destello que resulta imposible pasar de largo. Periodista de oficio, pintora por «estricta necesidad», Alcaraz, malagueña de 46 años, lleva desde hace seis años recorriendo la costa española para pintar ‘in situ’ en acuarela todos los faros del país. Estos días ha desembarcado aquí para sumar nuevas señales marítimas a su cuaderno.

– Este es ya su segundo álbum.

– Eso es (lo muestra).

– ¿Por qué algunos desprenden toques amarillos?

– Eso quiere decir que los faros están encendidos.

– El mar figura en su genealogía familiar, pero este proyecto surge en un momento de penumbra.

– Mi hermano estudió oceanografía, mi abuelo paterno era pescador de alta mar y el materno fue portero en el edificio frente a la Farola de Málaga. Uno de mis mejores recuerdos de cuando era pequeña era estar en esa última planta, abrir la ventana y divisar el destello de ese faro. Aprendí a nadar antes que a andar… Con eso te lo digo todo (risas).

– ¿El primer esbozo fue entonces?

– La chispa definitiva saltó en 2019, cuando sufrí una rotura de ligamento cruzado y me enfrenté al dolor físico más agudo de mi vida. Mis padres habían fallecido y me encontraba completamente sola. No hallaba la forma de gestionarlo. Para intentar canalizarlo retomé los pinceles y lo primero que hice fue un faro.

– ¿Por qué un faro?

– Digamos que asocié la idea poética de que un faro ilumina el camino de regreso a casa en mitad de la tempestad y luego estaba mi propia urgencia, la de encontrar una salida a la oscuridad. Llegó la pandemia poco después y, en mitad de ese encierro y la sobreinformación, me hice a mí misma la promesa de que, en cuanto abriesen las puertas, me iba a ir a pintar todos los faros de España.

– Curioso, teniendo en cuenta que los faros por dentro no le gustan…

– Es que no me siento cómoda cuando entro en un faro. Lo sé, es una sensación rara… Prefiero pintarlos desde fuera.

– ¿Existe un plan trazado o se deja llevar?

– Voy fluyendo según lo que me pida el cuerpo o la intuición. Los de aquí me atraen especialmente, igual que los de las islas Canarias o las Baleares, mientras que los valencianos o los andaluces, siendo yo andaluza, no los tengo tan representados. La costa es inmensa y este viaje me ha servido para constatar la dimensión espectacular de nuestro litoral. Antes era muy dada a cruzar el planeta e irme a Bali, pero he descubierto que aquí al lado tenemos una franja costera imponente que a menudo ignoramos.

– ¿Su travesía le ha permitido analizar el estado en el que se encuentran las señales marítimas?

– Hemos permitido un deterioro alarmante que me produce una enorme tristeza. Basta cruzar al País Vasco francés, a diez minutos en coche, para comprobar cómo sus tres faros están impecables, ajardinados y abiertos a la ciudadanía.

Modo de pintar

«Llego, me siento a una distancia con perspectiva y en media hora el faro pintado a acuarela ya está terminado»

Visita a Gipuzkoa

«El Norte me transmite muchísima paz, cada vez que he atravesado una separación sentimental, me he refugiado aquí»

– Explíqueme el ritual entonces: usted encuentra el faro y…

– Llego al lugar, me siento en el suelo con las acuarelas a una distancia que me permita guardar perspectiva y en media hora como máximo la ilustración está terminada.

– ¿Y no le valdría trabajar a partir de una foto?

– No, porque pierde el sentido de la aventura. Todo se pinta in situ y el tono del cielo tiene que ser el del momento exacto. Puedo hacer encargos por foto, pero la travesía de los faros sí o sí tiene que darse en vivo.

– Su cuaderno es entonces un alegato al momento, al ahora.

– Detenerse a pintar en la calle te devuelve una forma de viajar que hemos arrinconado. Estar una hora en un punto te permite observar cómo respira el entorno y propicia que la gente se acerque a entablar conversación. En Bermeo, un vecino se sentó a mi lado y me contó la historia del pueblo mientras yo pintaba. Últimamente nos hemos deslizado a un individualismo estéril. El cuaderno obliga a desacelerar, a mirar de frente y a recuperar el contacto directo.

– ¿Y qué le espera a todas estas láminas cuando cierre la libreta?

– Me gustaría hacer una exposición y, más adelante, publicarlo todo en un libro. Quien quiera seguir la ruta o ver las láminas puede hacerlo también a través de vagalumeartandtravel.com.

– ¿Qué espacio ocupa la costa del Norte en su cartografía personal?

– Me transmite mucha paz. Lo pensaba el otro día: cada vez que he atravesado un punto de inflexión o una separación sentimental, he terminado buscando refugio aquí. Es mi territorio seguro. Pasear por aquí estos días y pintar me ha devuelto el equilibrio. Vuelvo a casa con el cuaderno repleto de trazos y la sensación de haber reparado algo por dentro.