Cuesta hacerse a la idea, pues la imagen que para la posteridad ha quedado fijada de ella a partir de los años 80 es la de una bestia escénica felina y salvaje —así la calificaron una y otra vez los cronistas, entregados a su causa— que arrasaba con todo a su paso, pero la Tina Turner de 1979 era una mujer en pleno proceso de liberación, emancipación y reconstrucción tras haber sido destruida en trillones de añicos por su exmarido, Ike Turner, de quien se acababa de divorciar después de dos décadas de éxito musical y una dictatorial relación de pareja basada en la dominación, la violencia y el abuso.
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