A Enrique Aldecoa todavía no hay quien le haga colgar la raqueta. Tiene 85 años, juega al tenis dos veces por semana y lleva más de medio siglo viendo la Copa del Real Club de Tenis de Oviedo. El sábado añadió otro campeón a su particular archivo: el suizo Alexander Ritschard, que se llevó la final tras derrotar al madrileño Sergi Pérez Contri. Antes vio jugar aquí a Orantes, Moyá y «a muchos de los buenos», y presume de tener suficiente ojo como para detectar pronto quién puede llegar lejos. «En cuanto pegan cuatro pelotazos, se sabe quién es bueno».
Es socio del Real Club de Tenis de Oviedo desde 1968, cuando la entidad apenas tenía 18 años de vida, y continúa entrando en la pista con la raqueta bajo el brazo. Nació en Mieres, pero lleva viviendo muchos años en Oviedo. A los 18 se marchó a Madrid para estudiar Ingeniería Industrial y empezó a jugar al tenis hacia los 25 en el Club Santiago Apóstol de la capital española. Aquello, recuerda, tenía bastante de aprendizaje por libre. «Las raquetas eran de madera y entrenadores, ni por asomo». Eran «cuatro amigos» haciendo lo que podían y mirando hacia el mismo referente: «Todos queríamos ser Santana».
Fue ya en Oviedo cuando empezó a golpear la pelota con algo más de fundamento. En el Real Club de Tenis tuvo entrenador, aprendió «de verdad» y participó en algunos torneos internos. «Tengo copitas pequeñas del tenis», cuenta. Pero su mejor trofeo quizá sea otro: seis décadas después de comenzar, sigue jugando.
Lo hace dos veces por semana y con un entrenador que le conoce bien. Sobre todo, que sabe frenarlo. Aldecoa fue operado de una cadera hace dos años y procura evitar los partidos porque el marcador despierta todavía al competidor que lleva dentro. Se «calienta», quiere ir a por todas y termina haciendo más de lo que debería. La edad podrá haberle quitado alguna carrera a una dejada, pero no las ganas de perseguirla.
Más deporte
Tampoco se limita al tenis. Va al gimnasio, juega al golf los martes, jueves y sábados y acaba de descubrir el croquet. Sigue además compartiendo pista con un grupo de veteranos con el que lleva jugando buena parte de su vida y a algunos de cuyos integrantes les saca hasta quince años. La raqueta también ha ido pasando de generación en generación: primero enseñó a jugar a sus hijos y ahora hace lo propio con sus nietos.
Cuando mira a los jóvenes que compiten estos días en Oviedo, hay una mezcla de admiración y cierta envidia. «Lo que daría por ser ahora como ellos», reconoce. El tenis que contempla hoy tiene poco que ver con el que él empezó a practicar con una raqueta de madera y un puñado de amigos. Cambiaron los materiales, la preparación y los jugadores, pero Aldecoa ha permanecido junto a las pistas viendo aparecer nuevas generaciones. «Por aquí pasaron Orantes, Moyá y muchos de los buenos», recuerda. A los actuales no los conoce todavía tanto, aunque tampoco le preocupa: «Seguramente luego los veremos en la tele, porque por Oviedo siempre vienen los nuevos».
Mientras el tenis ocupaba sus ratos libres, su vida profesional transcurría entre planos, obras y viajes. Aldecoa trabajó buena parte de su carrera como ingeniero industrial en Dragados y también en la actual ACS, y llegó a pasar cuatro años en Colombia. Participó en numerosas obras, entre ellas la Facultad de Medicina de Oviedo, la autopista que une Oviedo y Mieres y grandes trabajos vinculados a Ensidesa en Avilés, como la cimentación de la acería. «Fue sin duda la obra más gorda», dice.
Y, entre obra y obra, siempre estaba la Copa. Aldecoa no habla únicamente de los jugadores. Para él, lo fundamental es todo lo que ocurre alrededor. «El campeonato da mucho ambiente en Oviedo y en el club», destaca. Lo ha visto durante más de cincuenta años y considera que la competición está ya tan ligada a Oviedo como a su propia biografía.
Ayer le tocó contemplar cómo Ritschard levantaba el título. Dentro de unos años quizá recuerde también su nombre entre todos los que ha ido guardando desde que se hizo socio en 1968. Para entonces, si la cadera y el calendario le conceden ventaja, Aldecoa espera seguir haciendo lo mismo: mirar buenos partidos y, cuando le toque, empuñar él mismo la raqueta. Porque después de más de medio siglo hay costumbres que ya no admiten un punto final. «Parece que si me quitan este torneo me quitan algo».
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