La cuesta de septiembre suele ser empinada. En lo psicológico, porque se deja el verano atrás y, para muchos, las ansiadas vacaciones, con el … regreso a la rutina de prisas, trabajo y estudios. Pero más allá de ese impacto mental se hace dura en lo económico. Llegan gastos extraordinarios para aquellas familias con niños y jóvenes estudiantes; también toca, en muchos casos, llenar la nevera, cargar el depósito del coche y volver a pensar, tras quizás un tiempo de desconexión, en la realidad económica de hipotecas, seguros y facturas de todo tipo, muy marcadas en los últimos años por los costes energéticos, pero este 2026 aún más, con la guerra de Ucrania que se mantiene y el añadido del conflicto en Oriente Próximo, que retiene buena parte de los tráficos por el estrecho de Ormuz, que concentra aproximadamente el 20% del consumo global de petróleo y entre el 20% y el 30% del comercio global de gas natural licuado (GNL).

En un planeta tan interconectado como el actual, estos problemas repercuten en todo el mundo y se extienden a través de toda la cadena de suministro, empezando por el transporte, pero contagiando cualquier insumo, con el agravante de que Europa necesita reponer sus reservas de gas para el invierno, cuando se dispara su consumo por las calefacciones y la subida del gas se traslada directamente a la electricidad. De hecho, la factura de la luz apunta a una subida de más del 20% en agosto con respecto al mismo mes del año pasado.

A ello se suma el verano especialmente caluroso y seco que ha sufrido Europa, que ha hecho tirar más de aires acondicionados y combustibles fósiles –se han tenido que parar reactores nucleares por falta de agua para refrigerarlos–, y que ha dejado las reservas hídricas en mínimos, lo que augura también un otoño complicado y, si no cambian las tornas, un invierno aún más difícil, con la hidráulica prácticamente fuera de juego. La sequía, además, está afectando a la agricultura y la ganadería con lo que todo apunta a una nueva espiral inflacionista.

El IPC adelantado de agosto, que se conoció el pasado viernes y que no cuenta con datos por comunidades, se situó en el 4,3%, precisamente a causa de los combustibles. Hay que tener en cuenta que el tejido económico asturiano, muy influenciado por su industria pesada, hace que el peso de los precios energéticos sea superior.

Para saber qué efectos puede tener esta espiral no hay que irse muy lejos. En la memoria está 2022, año en el que el IPC finalizó en alrededor del 8,5% y la subida de los alimentos se situó por encima del 10%, una evolución que siguió en 2023, con productos encareciéndose por encima de los dos dígitos durante buena parte del año. Entonces se unieron la sequía, que afectó a buena parte del continente, y la guerra en Ucrania, que disparó los precios de la electricidad y los combustibles por la dependencia de Rusia, pero también los de los alimentos –hasta entonces Ucrania era conocida como ‘el granero’ de Europa–, así como de productos clave en la cadena alimentaria, como los fertilizantes y piensos.

Carburantes

El precio de la gasolina en Asturias se situó a finales de la semana pasada ya en 1,787 euros el litro, un 16% más que hace un año; mientras que el del gasóleo se colocó en 1,921 de media y vuelve a coquetear con los dos euros. Es un 30,3% más alto que en estas fechas en 2025, cuando rondaba los 1,474 euros. Precisamente, con esta evolución el Gobierno ha activado la cláusula de salvaguarda que había incluido dentro de su plan de respuesta anticrisis y, en vez de seguir retirando progresivamente las ayudas, como estableció en junio, las elevará hasta 20 céntimos por litro en el diésel a partir de septiembre, cuatro veces más de los 5 esperados. Esto se debe a que este combustible registró una subida superior al 15% en julio. Sin embargo, para la gasolina se mantiene el calendario normal, al registrar un alza del 7,3%, muy por debajo del límite del 15%, por lo que el descuento en septiembre será de solo 5 céntimos por litro.

Pero no solo la inflación amenaza directamente a las economías domésticas. Para combatir la escalada histórica de 2022, el Banco Central Europeo (BCE) ejecutó un giro drástico en su política monetaria. Tras años con los tipos en mínimos, subió el coste del dinero a una velocidad récord para intentar contener los precios. Así, el euríbor a 12 meses, que cotizaba en negativo en febrero de 2022 (-0,33%), se disparó por encima del 4% en 2023, encareciendo enormemente las hipotecas variables, algo que podría volver a suceder. De hecho, este indicador ha vuelto a romper la barrera del 3%, cifra que no se superaba desde hace dos años, una tendencia al alza que impactará en aquellos que tengan una hipoteca a tipo variable, pero también en los que están en pleno proceso de negociación con su banca o vayan a iniciarlo. La próxima reunión de política monetaria del BCE tendrá lugar el 10 de septiembre de 2026 en Berlín y el euríbor está adelantando ya una posible subida de 25 puntos básicos. No obstante, cualquier previsión puede saltar por los aires tanto si los dos grandes conflictos bélicos que afectan a la energía se recrudecen como si bajan de intensidad.