Elegancia es elegantia, el arte de saber elegir. Una persona inteligente, que es una persona educada en la observación del mundo y en el control de su posición en el mundo, se comporta inteligentemente al vestirse cuando elige la ropa adecuada a cada ocasión. No es del todo un asunto femenino: los hombres tienen también que elegir con inteligencia sus trajes o sus abrigos o sus sombreros. Pero lo tienen más fácil porque sus arreglos son más convencionales. De las mujeres, en cambio, esperamos no solo la elegancia, sino también la fascinación. Y ahí, a la espera de la fascinación es cuando empieza a despertarse el gusto. Un sencillo traje sastre verde con una bonita bisutería entonada nos distrae y nos anima a participar en un evento, en un cóctel o en una conferencia.
El gusto se adquiere muy pronto. Las chicas lo adquieren en casa, imitando a su madre y haciendo luego variaciones y diferencias sobre los gustos sartoriales de sus madres. Hay incluso un gusto familiar que depende de que el juicio de gusto se ejerza en el campo, en el mar o en la playa, en invierno o en verano o en primavera o en otoño. Cuando hablo del gusto en el vestir femenino pienso a la vez en las estaciones.

Ana de Pombo, abuela del escritor. Referente de estilo, fue dama de honor de la reina Victoria Eugenia, mano derecha de Coco Chanel y diseñadora de Evita.
En este Madrid, tras cuatro estaciones bien marcadas, hay un gusto para los trajes brillantes de nuestro ferragosto que, a la vez, pueden ser tranquilizadores; y los más picantes trajes de primavera que a la vez nos alegran y reaniman. Y ahora cuando en septiembre llegue el otoño, a mí me gusta verlo expresado en los trajes de mis amigas y de los personajes femeninos de mi entorno. Otoño e invierno son extraordinariamente bellas estaciones y extraordinarias ocasiones para cambiar de modelos. Sobre la elegancia y el bien vestir hay un punto delicado que deseo subrayar aquí: el coste. Quiero decir, los trajes femeninos que nos gustan son caros. Los trajes brillantísimos de los desfiles de los grandes modistos son muy caros. Y la idea de la mayoría de las mujeres que se visten bien no es adquirir esos modelos, nadie tiene tanto dinero disponible, como adaptar con sus costureras el tono de la época y de la estación. La elegancia está en el corte. Esta es una sabiduría femenina antigua que yo traigo conmigo desde siempre. No solo es una cuestión de telas caras o de ade- rezos complicados o de joyas, ¡cuidado con las joyas!, sino una cuestión de corte y confección, por hablar de un modo anticuado. Se habla con frecuencia de modas jóvenes para los chicos y las chicas: son generalmente importaciones de los gustos norteamericanos que son cómodos y graciosos, y que pueden muy bien utilizar personas mayores o de mediana edad que se conservan delgadas y fuertes.
Me doy cuenta de que estoy ñoñeando un poco al escribir este artículo y deseo extraer verdades estéticas de dos espectáculos que me fascinan: los desfiles de moda y la puesta en práctica de las modas por mujeres agraciadas. Usaré una frase popular en Venezuela: no hay mujer fea, sino mujer mal arreglada. ¿Y qué es ir mal arreglada? Es una dejadez, quizá un desafío, incluso puede haber en la dejadez cierta arrogancia que pueden permitirse personas muy bellas o célebres en el mundo literario o artístico. Las mujeres pueden permitirse mucho más que los hombres la singularidad personal. La ropa femenina requiere, aparte del buen gusto, una cierta originalidad. Originalidad es más profundo que novedad.