La sequía, uno de los fenómenos que se están haciendo más frecuentes e intensos en distintas regiones del planeta, puede convertirse en un nuevo factor de riesgo para el embarazo y el desarrollo fetal. Así lo apunta un amplio estudio internacional coordinado por el … Instituto de Investigación del Hospital de Sant Pau (IR Sant Pau) de Barcelona juntamente con el Centro de Integración de Datos y Conocimientos para la Salud (CIDACS, Brasil) basado en cerca de 30 millones de nacimientos registrados en el país sudamericano durante dos décadas.

La investigación, publicada en ‘The Lancet Regional Health – Americas’, muestra que las mujeres expuestas a episodios de sequía durante el embarazo presentan un mayor riesgo de parto prematuro. Cuando la falta de agua se prolonga durante buena parte de la gestación, además, aumenta la probabilidad de que el bebé nazca con un tamaño inferior al esperado para su edad gestacional, un indicador relacionado con un crecimiento fetal menor de lo previsto. El riesgo de prematuridad se dispara todavía más cuando la sequía coincide con episodios de calor extremo.

Aline Rocha, investigadora del IR Sant Pau y primera autora de la investigación, y Otavio Ranzani, coordinador científico del proyecto, están ampliando ahora la investigación para comprobar si los efectos de la exposición a la sequía durante el embarazo pueden prolongarse durante los primeros años de vida.

El trabajo ha permitido cruzar los datos de los nacimientos registrados en Brasil entre 2001 y 2020 con información sobre las condiciones climáticas a las que estuvieron expuestas las madres durante la gestación. Los investigadores estudiaron tres posibles consecuencias adversas: el nacimiento antes de las 37 semanas, el bajo peso al nacer entre los bebés nacidos a término y el nacimiento de niños pequeños para su edad gestacional.

La población analizada presenta, además, una característica especialmente relevante. Los datos proceden de la denominada Cohorte de los 100 Millones de Brasileños, integrada por personas registradas para acceder a programas sociales y que representa aproximadamente a la mitad socioeconómicamente más desfavorecida del país. El estudio permite así observar cómo los fenómenos climáticos pueden interactuar con problemas como la inseguridad alimentaria, las dificultades para acceder al agua potable o las limitaciones para recibir atención sanitaria.

Para medir la exposición a la sequía, los investigadores utilizaron el Índice Estandarizado de Precipitación-Evapotranspiración (SPEI), que combina la cantidad de precipitaciones con la pérdida de agua relacionada con la temperatura. El análisis tuvo en cuenta el déficit hídrico acumulado durante los tres, seis y nueve meses anteriores al nacimiento, lo que permitió estudiar tanto episodios relativamente breves como situaciones de sequía que podían prolongarse durante prácticamente todo el embarazo.

La exposición a la sequía se relacionó con un incremento relativo aproximado del 2% en la probabilidad de parto prematuro en las tres ventanas temporales estudiadas

La exposición a la sequía se relacionó con un incremento relativo aproximado del 2% en la probabilidad de parto prematuro en las tres ventanas temporales estudiadas. En términos absolutos, esto supone entre 1,4 y 1,7 casos adicionales por cada 1.000 nacimientos. Aunque pueda parecer un aumento reducido, los investigadores advierten de que su importancia crece cuando se contempla a escala poblacional, porque una sequía puede afectar simultáneamente a territorios extensos y a millones de personas.

La intensidad del fenómeno también importa. En las exposiciones acumuladas durante seis meses, el riesgo de prematuridad aumentó progresivamente desde alrededor de un 1% durante las sequías moderadas hasta un 3% en los episodios severos y un 5% en los extremos. Los resultados apuntan, además, a que la parte media y final del embarazo podrían constituir periodos especialmente sensibles.

Solo cuando la exposición es prolongada

La sequía prolongada durante seis o nueve meses se asoció también con un incremento de entre un 1% y un 2% en la probabilidad de que el bebé fuera pequeño para su edad gestacional. Esta relación fue especialmente visible cuando la exposición se produjo durante las fases inicial y media del embarazo.

El estudio, sin embargo, introduce un matiz importante: no encontró una relación consistente entre la sequía y el bajo peso al nacer en bebés que completaron al menos 37 semanas de gestación. Los efectos observados parecen concentrarse, por tanto, en el aumento del riesgo de prematuridad y, cuando la exposición es prolongada, en un crecimiento fetal inferior al esperado.

El peligro de parto prematuro fue mayor cuando la sequía coincidió con episodios de calor extremo

Uno de los hallazgos más relevantes es que los riesgos climáticos no actúan necesariamente de forma aislada. El peligro de parto prematuro fue mayor cuando la sequía coincidió con episodios de calor extremo, una interacción que se observó en las tres ventanas temporales analizadas.

La explicación podría encontrarse en una suma de factores. Los investigadores plantean posibles mecanismos como la deshidratación, el estrés térmico, la inflamación o las alteraciones hormonales. A ellos se añaden las consecuencias indirectas de la sequía: dificultades para acceder a agua y alimentos, pérdida de cosechas, encarecimiento de productos básicos, contaminación atmosférica asociada a incendios forestales o problemas para desplazarse hasta los servicios sanitarios. Una exposición prolongada podría afectar también a la nutrición materna y a la función de la placenta, reduciendo el suministro de oxígeno y nutrientes necesario para el desarrollo del feto.

«Nuestros resultados muestran que la sequía no es únicamente un fenómeno ambientalo agrícola, sino también un posible determinante de la salud materna e infantil. Es un claro ejemplo de salud planetaria: de cómo los cambios en el clima y en los sistemas naturales pueden acabar repercutiendo en la salud humana», explica Rocha.

Entornos vulnerables: hasta un 10% más de riesgo

El impacto tampoco se reparte de manera uniforme. En los municipios brasileños con un índice de desarrollo humano muy bajo, la exposición acumulada a la sequía durante seis y nueve meses se relacionó con aumentos aproximados del 8% y del 10%, respectivamente, en la probabilidad de parto prematuro. Son cifras muy superiores a las observadas en el conjunto de la población estudiada.

El dato revela otra dimensión del cambio climático: su capacidad para profundizar desigualdades que ya existen. Las familias con menos recursos disponen de menos margen para hacer frente a la escasez o al encarecimiento de los alimentos, garantizar una alimentación adecuada, acceder de forma continuada a agua potable o mantener un seguimiento prenatal regular. La amenaza climática se convierte así en una amenaza sanitaria especialmente intensa para quienes parten de una situación más vulnerable.

Cuenca mediterránea, un punto caliente

Aunque el estudio se ha realizado en Brasil y sus resultados no pueden trasladarse directamente a España, sus autores consideran que la cuestión merece atención en otras regiones expuestas a la combinación de sequía y temperaturas extremas. La cuenca mediterránea es precisamente uno de los territorios donde estos fenómenos adquieren una relevancia creciente. Las diferencias climáticas, sociales y sanitarias entre países obligan a ser prudentes, pero justifican la necesidad de estudiar cómo proteger a las embarazadas ante un escenario climático cada vez más adverso.

La investigación continuará ahora más allá del nacimiento. En el IR Sant Pau, la doctora Rocha estudia si la exposición materna a la sequía puede tener también efectos sobre el crecimiento infantil durante los primeros cinco años, analizando variables como el peso y la talla.

Los investigadores defienden, en este sentido, que la información climática debería incorporarse a las políticas de salud maternoinfantil. Entre las medidas que plantean figuran reforzar el seguimiento prenatal durante los periodos de sequía y calor extremo, garantizar el acceso al agua potable, proporcionar apoyo nutricional, integrar las alertas ambientales y sanitarias y establecer una protección específica para las mujeres embarazadas en situaciones de mayor vulnerabilidad.

El embarazo, hasta ahora considerado fundamentalmente desde la perspectiva clínica, incorpora así un nuevo escenario de riesgo: el climático. La evidencia todavía no permite afirmar que la sequía cause directamente los problemas observados, pero sí dibuja una señal que los investigadores consideran suficientemente relevante para anticiparse. Porque el cambio climático no empieza a afectar a la salud cuando nacemos: en determinadas circunstancias, sus consecuencias pueden empezar a escribirse incluso antes.