Son las once y media de la mañana. José Luis Garci recibe a los visitantes en vaqueros, zapatillas y con una camiseta de fútbol de la selección uruguaya. Huele a césped recién cortado. Primer director español en ganar el Oscar a la mejor película … extranjera, cinéfilo, escritor, futbolero y conversador de memoria prodigiosa, toma asiento en el porche de su casa verano en la Costa del Sol. Con el Mediterráneo cerca y varias vidas de cine a sus espaldas, habla sobre su nuevo libro dedicado a directores de serie B (publicado por Notorious Ediciones) que trabajaron con pocos medios y escaso reconocimiento. La conversación pronto desborda sus páginas. Aparecen Buñuel, Marguerite Duras, Fernando Fernán Gómez, John Ford, Philip K. Dick y Christopher Nolan; también el fútbol, los cines de verano y una infancia en la que todavía era posible mirar una estrella junto a su padre y escuchar que quizá ya no existía. A sus años, Garci desconfía de monumentos y solemnidades: «La posteridad acaba siendo una calle, una plaza o un premio literario». Lo verdaderamente importante, dice, es otra cosa: poder seguir trabajando.

—¿Un director B nace o llega a serlo? ¿Qué lo empujó a dedicarles este libro?

—Es difícil saberlo. Me desconcierta alguien como Buñuel. Cuando trabaja en México lo hace con muy pocos medios y muy pocas semanas; después va a Francia, le dan todos los medios que quiera y hace películas extraordinarias. Viene a España y rueda ‘Tristana’ o ‘Viridiana’. Y en Estados Unidos hace ‘La joven’, que parece una película de Nicholas Ray. Hay muy pocos casos así. Siento verdadera admiración por la gente que trabajó en el Hollywood de la época dorada y que no recibió, por parte de los estudiosos o de la crítica, el reconocimiento que merecía. Ves ahora sus películas y descubres que, más allá de que fueran películas sin pretensiones, eran muy naturales: no subrayaban nada. Una cosa es decir y otra mostrar. Ellos no te decían las cosas: te las enseñaban.

—Llama a Marguerite Duras «la joya del cine aburrido». Sin embargo, jamás se habría levantado del cine viendo sus películas.

—Marguerite Duras no tuvo ni la difusión ni los medios que tuvieron Truffaut, Godard y toda la gente de la Nouvelle Vague. Ella pertenecía a ese mundo, pero hacía un cine distinto. Era contemplativo, más próximo al cine japonés que al europeo. Ves ‘India Song’ y están los jardines, los árboles, las cosas moviéndose… Duras lo filmaba de una manera increíblemente hermosa y fascinante. ¿Qué ocurría? Nada. Pero precisamente en ese no ocurrir nada no podías levantarte. Te quedabas atrapado esperando el siguiente plano: las aspas de un ventilador, la cámara descendiendo despacio, una balaustrada… Era otra cosa.

—Otro gran protagonista del libro es Fernando Fernán Gómez.

—Fernando Fernán Gómez es uno de los grandes de la cultura europea. No sufre la influencia de la Nouvelle Vague, ni del neorrealismo italiano, ni siquiera del cine clásico. Es Fernando Fernán Gómez. Como actor es colosal. Como dramaturgo hace ‘Las bicicletas son para el verano’, pero también teatro experimental. Dirige cine, dirige teatro, escribe… Era un hombre de una cultura extraordinaria y, además, con muchísimo sentido del humor.

—El humor enlaza con algo que defiende mucho: no tomarse demasiado en serio.

—Sí. Hay gente a la que le gusta mucho la solemnidad. Hay muchos cineastas que piensan en la posteridad. Yo creo que la posteridad no existe. Cervantes, para empezar, no tiene el Premio Cervantes. Si tienes suerte y no has pensado demasiado en esas cosas, terminas dándote cuenta de que la posteridad acaba siendo una calle, una plaza o un premio literario. Todos los amigos que voy teniendo ahora son premios, plazas, calles… Lo único que interesa es la continuidad: poder seguir trabajando. Pensar en la posteridad mientras haces una película es mal asunto.

—Usted fue el primer español en ganar el Oscar

—De niño vi en Gijón ‘Cautivos del mal’, probablemente la obra maestra de Minnelli, con Kirk Douglas. En inglés se llama ‘The Bad and the Beautiful’. Hay un momento en que un director alemán le dice al productor interpretado por Douglas: «Para ser director de cine hay que ser humilde». Aquella frase se me quedó clavada. Entre mis planes nunca estuvo dirigir cine. Cuando terminé haciéndolo comprendí aquella frase: tienes que ser humilde porque una película es una obra en la que participan ocho, diez, doce o quince personas que están influyendo continuamente en ella. No me arrepiento de las películas que he hecho, al contrario, pero nunca he querido sacar pecho. Sé que todo dura muy poco.

—En el libro reivindica también géneros considerados durante mucho tiempo menores, como el western. ¿Cuál sería el género por excelencia?

—El western comenzó siendo considerado un género menor hasta que llega John Ford y hace ‘La diligencia’. Entonces se descubre que se puede hacer cine extraordinario con un western. Ford, además, recibe la influencia del expresionismo alemán. Incluso sus últimas películas, como ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, son sombrías; la noche tiene en ellas una presencia tremenda. Y no está solo Ford. Tienes a William Wyler y ‘Horizontes de grandeza’. El western contiene elementos esenciales: el bueno y el malo, la justicia y la injusticia, el bien y el mal. Pero para mí el género sublime es el melodrama. Ahí están todos los grandes creadores. Dickens es melodrama. ‘Los miserables’, de Víctor Hugo, es el melodrama por excelencia. En Hollywood se hicieron melodramas extraordinarios.

—Ahora vivimos, en cambio, un momento marcado por la ciencia ficción y por un mundo dominado por la tecnología y la inteligencia artificial.

—Sí, pero acuérdate de los años cincuenta: ‘Ultimátum a la Tierra’, ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’… Se hicieron películas increíbles, muchas atravesadas por la Guerra Fría. La ciencia ficción actual me pilla un poco lejos. Dejé de entrar en ella cuando leí ‘Dune’. Pensé: «Aquí ya no entro». Soy más de Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Ray Bradbury… Y siguen siendo extraordinarios. Me parece una injusticia que algunos no recibieran el Nobel. Philip K. Dick, con ‘El hombre en el castillo’, imaginando que los nazis habían ganado la guerra; todo el universo de ‘Blade Runner’… Bradbury o Arthur C. Clarke podrían haber ganado perfectamente el Nobel. No se lo dieron porque eran considerados literatura B.

José Luis Garci durante la entrevista .

(FRANCIS SILVA)

—Estamos en su lugar de veraneo. ¿Qué es para Garci el verano?

—Para mí el verano es la infancia. El final del colegio. Llegaban las fiestas de San Pedro y San Pablo y se había acabado el curso. Decíamos «hasta el año que viene», aunque en realidad fuera hasta septiembre u octubre. Para nosotros era el año que viene. El verano tenía un olor distinto: las jaras si estabas en un pueblo, el agua helada de una poza, los grillos por la noche, las chicharras… No había televisión. Había radio. Como me gustaba mucho el fútbol, escuchábamos los partidos. Uno de los primeros veranos que recuerdo es el de 1950, el Mundial de Brasil, Maracaná… También estaban los paseos nocturnos con tus padres. Durante el año no salías de noche, pero en verano, después de cenar, paseabas. Mi padre podía señalarme una estrella y decirme: «¿Ves esa estrella? Ya no existe». Y explicarme que había desaparecido hacía millones de años. O ibas al cine de verano. Veías la luna en la pantalla. El verano era levantarte sin ninguna pereza. Estabas deseando que saliera el sol para desayunar y salir corriendo con los amigos. Y estaba el primer descubrimiento de las chicas, con diez u once años: «A Florita le gusta este», «a mí me gusta aquella»… Luego llegaba el otoño y aquello quedaba atrás, pero nunca lo guardabas en una carpeta de olvido. Era un mundo pasado, sí, pero un mundo que tenía futuro.

—Este ha sido el verano del Mundial, del eclipse y también de ‘La Odisea’ de Christopher Nolan. ¿Qué le ha parecido?

—Me ha gustado mucho. Sobre todo la presencia del mar: el Mediterráneo, los barcos, el azul, las olas, los remeros… Todo ese mundo me encanta. También me gusta la presencia del perro, desde que prácticamente lo vemos recién nacido hasta el regreso de Ulises. Y el porquero. Después está la relación con los dioses, que es más discutible. Pero tampoco hay que entender demasiado a los dioses. A los dioses nunca se les entendía del todo. Ibas a Delfos a preguntar y tampoco sabías muy bien qué te estaban diciendo. He oído decir que Ulises parece un veterano de Vietnam, pero yo no lo veo así. La película dura tres horas y se pasan bastante rápido. Homero no necesita que nadie lo recupere porque sigue teniendo una vigencia absoluta, pero es interesante volver a contar esa historia.

—Nolan prescinde de Nausícaa y toma algunas decisiones discutibles, pero hay secuencias que le han impresionado especialmente.

—Sí, pero, en cambio, me gusta muchísimo el viaje al mundo de los muertos. La bajada, el humo… Está muy bien hecho. También la imagen del caballo de Troya con las olas golpeándolo. Puedes discutir por qué los troyanos metieron el caballo dentro de la ciudad. Pero lo metieron. La imagen funciona. La película está muy bien fotografiada y tiene un vestuario estupendo. He oído hablar de ella bien, mal y regular. Yo pensaba que no me iba a gustar y, sin embargo, me ha gustado mucho. No me había gustado tanto ‘Oppenheimer’. En cambio, ‘El caballero oscuro’ o ‘Dunkerque’ me parecen joyas.