En las escaleras del metro de Madrid una palabra que pisan miles de personas todos los días aparece grabada en el metal: ThyssenKrupp. También está en aeropuertos, centros comerciales y estaciones de tren en todo el mundo. Aunque sea discreta y en ocasiones solo figuren las iniciales (TK), remite a una de las mayores fortunas industriales: la familia Thyssen, gigante del acero alemán que hoy ya se ha desligado de la empresa. Uno de los descendientes terminó en Argentina y es, quizá, la figura más enigmática.
Del conde Federico Augusto Zichy Thyssen (1937-2014) se sabe que fue uno de los mayores criadores de caballos árabes del mundo; que tuvo seis esposas; que desarrolló una adicción a los opioides, y se inyectó hasta 10 veces por día; que una mañana mató a su perro; que disparaba rifles Purdey, los que utiliza la familia real británica, y usaba relojes Patek Philippe. Fue, además, propietario de la escultura de mármol más cara del mundo, hoy exhibida en The Metropolitan Museum of Art de Nueva York.
“Su gran triunfo consistió en mantener en silencio todos sus secretos, aun más allá de su muerte. Y, luego, los descubrí”, escribe Federico Fahsbender en La diosa de Thyssen (Random House, 2025), el libro que cuenta su historia. El autor, periodista argentino, es redactor e investigador en la sección Policiales de Infobae.
Su investigación comenzó cuando una fuente le advirtió en 2021: “Presta atención a esta estatua que subastaron la semana pasada en Sotheby’s”. Junto con el mensaje, enviaba una foto de la Venus de Hamilton, una obra del siglo I vendida por 24,5 millones de dólares: nunca se había comprado tan caro un mármol antiguo. En la lista de los propietarios de la casa de subastas, dos nombres permanecían ocultos bajo la etiqueta de “colección privada”. A partir de esa pista, Fahsbender investigó la trayectoria de la Venus, que sospechaba que había pertenecido al conde Thyssen (aunque le tomó años demostrarlo), y su historia. Al principio, difundía sus hallazgos (la guerra por la herencia de Thyssen, las sospechas del origen de la estatua) en el medio para el que escribía.
Federico Augusto fue rico por su madre, Anita Thyssen, y conde por su padre, de la casa húngara de Zich et Vasönkeö. Su abuelo, Fritz Thyssen, escribió un libro titulado Yo pagué a Hitler sobre cómo financió el partido nazi. La persecución del nacionalsocialismo a la Iglesia lo llevó a romper con el Reich y al exilio, porque era católico. Tras un periplo por diferentes ciudades de Europa, llegó a Barrio Parque, la zona más exclusiva de Buenos Aires y de Argentina.
Al conde no le interesaba el arte, a diferencia de su tío, Heinrich, cuya colección conforma buena parte del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. En cambio, cuenta el libro: “A Federico Augusto le importaban realmente tres cosas en la vida: los caballos árabes, que criaba en sus haras; los ciervos colorados, que cazaba en medio de La Pampa y en la Patagonia, y las mujeres”. Cuando murió de un paro cardiaco, le realizaron una autopsia porque una de sus hijas creía que su muerte era sospechosa.
Para poder avanzar en la investigación, Fahsbender debió sumergirse en el corazón de la aristocracia argentina. Logró que confiaran en él la viuda de Thyssen, los psiquiatras, viejos amigos y amigas y abogados de la familia. ¿Cómo lo logró? “Yo nunca tuve la plata para sentarme al lado de un rico: para ello, me tenía que tomar dos colectivos. Mi mecanismo de defensa era acumular códigos visuales y discursivos”. Entre ricos, famosos, criminales y víctimas, la investigación reivindica el periodismo policial, y también ilumina los secretos que algunos se llevan a la tumba.