Hay hoteles tan imponentes que a una le da cierto pudor ponerse con exigencias mundanas. ¿Cómo pedir frenéticamente la contraseña del wifi ante una fachada atribuida a Miguel Ángel y una campana del siglo XV que tañe para anunciar tu llegada? ¿Puede haber algo mejor o más urgente en internet? Villa San Michele tiene el don de atrapar el tiempo y el espacio para recordar al turista soberbio que todo lo importante ya pasó allí 400 años antes de su llegada. No se tome usted tan en serio, parecen decir sus recios muros, y termine el check-in en silencio, como harían los frailes franciscanos que habitaron antes que nadie este edificio.
Las impresionantes vistas de Florencia desde una de las terrazas de la villa. Carlotta Tornaghi
Tras una reforma de 18 meses, este hotel legendario —tan lejos y tan cerca de Florencia, que justo ahí reside su encanto— ha reabierto esta primavera. Una legión de fieles de todo el mundo tiene mucha curiosidad por saber cómo se ha adaptado esta joya durmiente de Belmond al lujo de hoy, y cuánto conserva de sus esencias. Lo descubrimos invitados por ellos. El jardín, tupido y aterrazado, sigue intacto, y la glicina de más de 300 años que en primavera cubre de flores violetas la fachada, también. Las novedades son un huerto de hierbas aromáticas, un jardín de lirios y un sendero de rosas diseñado para dar paseos contemplativos.
La piscina de Villa San Michele. Los niños son bien recibidos. El establecimiento tiene la figura del ‘kid concierge’, solo para los más pequeños.Carlotta Tornaghi
Villa San Michele está en las alturas del monte Ceceri, oculta tras un bosque de encinas y a media hora del aeropuerto de Florencia. Fue construida a principios del siglo XV por una familia noble, los Davanzati. Fue convento franciscano hasta 1808, ampliado durante el Renacimiento, cuando Donatello esculpió el escudo de armas de la familia y Miguel Ángel o alguno de sus discípulos diseñó la actual fachada. La orden fue disuelta por Napoleón y en 1817 el edificio recuperó su uso secular. La mayoría de sus tesoros están dispersos por iglesias y galerías de Florencia.
Vistas del edificio principal de Villa San Michele desde la ‘suite’ Limonaia, inmersa en la naturaleza y con piscina privada.Carlotta Tornaghi
Desde sus terrazas en los días claros se domina toda la ciudad, se puede apreciar incluso la cúpula del duomo diseñada por Brunelleschi. Desde aquí la sensación de control sobre la República de Florencia debió parecer suficiente a Napoleón. Aunque no está del todo documentado, se cree que Bonaparte se instaló en un ala del edificio entre 1805 y 1807 mientras decidía cómo y con quién se repartiría Italia. Tres siglos antes, Leonardo da Vinci pasaba tiempo en una colina frente a la villa probando sus máquinas voladoras. Solo hay un lugar en el mundo, justo este, que puede servir con idéntica eficacia a la austeridad de la orden franciscana, a los delirios de un inventor y a la ambición de un emperador.
Detalle del interior de Limonaia, una ‘suite’ distribuida en dos plantas con jardín privado e inspirada en las villas de Fiesole.Carlotta Tornaghi
Cuenta Adriano Pecoraro, concierge jefe del hotel, que los huéspedes sienten curiosidad por la historia del edificio, pero no tienen idea de todas las cosas que han sucedido al mismo tiempo en el perímetro de Villa San Michele. “En una de las columnas externas de la villa tenemos un sundial, un reloj de sol del año 1600 orientado exactamente hacia el lugar donde Leonardo hacía sus vuelos experimentales. Este lugar era un puente a la Edad Moderna”, afirma Pecoraro, que explica todo esto a los visitantes en un tour de media hora. Y les aclara: “Villa San Michele nunca fue monasterio, siempre fue convento de frailes, y de no más de 10”.
La entrada al ‘spa’, gestionado por la maison Guerlain, está adornada con frescos pintados a mano por la artista Elena Carozzi. Carlotta Tornaghi
Desde 1950 la villa funciona como un hotel de lujo, uno de esos interesantes porque va gente a la que le pasan cosas, entre ellas Brigitte Bardot, Zubin Mehta y grandes nombres del mundo de las finanzas y los negocios, de los que protegen a cal y canto su identidad. En la reapertura se ha visto por sus terrazas a Alexa Chung y a Gwyneth Paltrow.
Adriano Pecoraro, concierge de Villa San Michele, posa delante de un tapiz original que conserva el hotel.Carlotta Tornaghi
Pecoraro lleva años recibiendo todo tipo de gente en Villa San Michele y dice estar preparado para todo. Presume de que una madrugada sir Paul McCartney le preparó una margarita con sus propias manos. En realidad, debió haber sucedido al revés, porque el hotel sabía que el cantante solo bebía margaritas y le prepararon en su suite una estación con tequila, limón y cuanta herramienta hiciera falta para elaborarlos. Al entrar en la habitación el cantante pidió a Pecoraro el cóctel, pero el concierge no sabía cómo hacerlo. Entonces la solución salomónica de McCartney fue hacer pedagogía y preparar dos, uno para cada uno.
El mirador de la villa fue creado siguiendo la idea humanista del ‘otium’: un tiempo dedicado a la contemplación y la conversación. Carlotta Tornaghi
Tras la reforma, Villa San Michele queda con 39 habitaciones y suites, muchas de ellas perdidas en su mítico jardín. El arquitecto Luigi Fragola, a cargo de la reforma, reclutó a grandes maestros artesanos de la Toscana para que trajeran su savoir faire a la villa: canteros, tejedores, carpinteros… En las habitaciones las cortinas y los faldones de las camas exhiben elaboradas pasamanerías de seda, y las mesas, hechas a mano, están firmadas por Bianco Bianchi, el artista que a finales de la década de los cuarenta se dedicó a recuperar el arte perdido de la scagliola, una técnica de incrustación que data del siglo XVII.
Grabado antiguo del edificio cuando era un convento franciscano para menos de 10 frailes. La orden fue disuelta por Napoleón y en 1817 la construcción recuperó su uso secular.Carlotta Tornaghi
Los tejidos y los linos llevan la manufactura de Loro Piana y de Rivolta Carmignani, la empresa veneciana fundada en 1858 que revistió el teatro La Fenice tras el incendio. Los cuadros son de la artista Elena Carozzi, y el cuarto de baño, opulento y enorme, combina el mármol verde de Cipollino, el blanco de Carrara y los suelos de terracota de Impruneta. Flores y frutas frescas en cualquier momento y una hora de la merienda, establecida a media tarde, con una tarta suculenta en el bar, completan un ritual de acogida a la italiana que recuerda todo el tiempo al visitante que irse de Italia sin comer bien es el mayor de los pecados.
Luciano Ferlito prepara el Bellini perfecto en el bar Doccia. Carlotta Tornaghi
La terraza arqueada de Villa San Michelle era para los viajeros del Grand Tour “el mirador más majestuoso de Europa”. Hoy es, además, el restaurante San Michelle, uno de los tres que tiene el hotel, bajo la dirección del chef Alessandro Cozzolino. Bajo los arcos de la logia del siglo XVI está Antesi, su propuesta más gastronómica solo con una mesa para ocho comensales, abierto de abril a noviembre. La propuesta de Cozzolino es, ante todo, toscana y honesta. “Nuestra gastronomía es de la tierra, una cocina mediterránea con platos italianos auténticos”. El chef confiesa que el 80% de su trabajo consiste en buscar a los mejores proveedores. “No solo por la calidad del producto, sino también por su historia del cuidado de la tierra. Estamos en estrecho contacto con ellos para asegurarnos de que tenemos aquí lo mejor de la Toscana”, dice mientras nos anima a probar los tomates de temporada.
Uno de los cócteles de Ferlito, con flores, frutas y plantas aromáticas de la villa recién cortadas. Carlotta Tornaghi
En el bar Doccia, Luciano Ferlito, con más de 30 años de experiencia y una amplia psicología para tratar al viajero solitario, sale al jardín a recoger melocotones. Les va quitando la piel, uno a uno, para preparar el Bellini perfecto: refrescante, frío y no demasiado dulce. Frente a la barra lo contempla un fresco del siglo XVII de la última cena de Jesucristo, dispuesto en una de las paredes de lo que fue el refectorio de los franciscanos.
Detalle de un ‘costoluto’, pasta casera con tomate, ‘pecorino’ de leche cruda y limón. Carlotta Tornaghi
Quizá la gran novedad de Villa San Michele sea el spa, a cargo de Guerlain, la gran casa cosmética propiedad de LVMH, que ha diseñado sus tratamientos inspirándose en los conocimientos sobre filosofía del bienestar contemplativo y botánica de los frailes. Su entrada está cubierta con frescos pintados a mano por la artista Elena Carozzi, que evocan un jardín toscano y traen de vuelta el espíritu del Renacimiento.
Alessandro Cozzolino, chef ejecutivo del hotel. Carlotta Tornaghi
Si tiene curiosidad por ver los metros cuadrados que ocupó Napoleón en la villa tendrá que conseguir que le enseñen la suite Grand Tour. Se llama así en homenaje al viaje cultural iniciático que hacían los jóvenes ingleses con posibles a partir del siglo XVII; acompañados ellos por un cicerone y ellas por una chaperona. Se dice que muchos recalaban en la villa porque debían pasar un mes en Florencia. Los dominios de Napoleón se extienden por toda la planta baja y ocupan buena parte de la fachada, una lujosa suite llena de artefactos de viajes y exploración, un diseño de planta abierta con vistas a Florencia tan soberbias como el precio de dormir una noche allí. Curiosamente, según cuenta Pecoraro, no son los viajeros franceses los que pagan por dormir donde el emperador, sino los británicos. El precio de las habitaciones de Villa San Michelle empieza en 1.600 euros la noche.
Detalle de un fresco creado por la artista Elena Carozzi.Carlotta Tornaghi
Siempre le quedará hacer vida frugal y contemplativa de franciscano. Para ello tiene usted ante sí más de 10.000 metros cuadrados de jardín geométrico y armonioso, como manda la proporción áurea. Nunca estará tan cerca de vivir la fantasía simétrica del Renacimiento