Madrid

Hay muchos directores y directoras que pasarán a la historia. Ridley Scott (Reino Unido, 1937) es uno de ellos. ‘Alien’, ‘Gladiator’, ‘Blade Runner’ o ‘Thelma y Louise’ son algunas de sus obras maestras, películas que marcaron un antes y un después en la historia del séptimo arte. Aunque muy diferentes entre ellas, hay algo que atraviesa buena parte de su filmografía: su obsesión por imaginar qué ocurre cuando el mundo que conocemos deja de funcionar. Desde la criatura de ‘Alien’ hasta la distopía tecnología de ‘Blade Runner’ o la supervivencia espacial de ‘Marte’, Scott lleva décadas colocando a sus personajes frente a mundos hostiles.

Este pasado miércoles llegó a los cines su nuevo título, ‘La constelación del perro’, con un elenco estelar: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley y Guy Pierce. La cinta adapta la aclamada novela homónima de ciencia ficción y supervivencia postapocalíptica escrita por el autor estadounidense Peter Heller, y se sitúa unos años después de que un virus aniquilara a prácticamente toda la humanidad. Elordi es un joven que, tras la muerte de su mujer, vive en una especie de refugio con su perro y un hombre violento encarnado por Josh Brolin. Tiene un día a día simple. De vez en cuando vuela a la ciudad, totalmente destruida, coge gasolina para su avioneta y le lleva alimento a una familia de mormones afectada por la enfermedad… Pero un día decide salir del refugio y emprender un viaje para intentar descubrir un sitio mejor.

Y es ahí donde el cineasta introduce una diferencia respecto a buena parte de las historias postapocalípticas contemporáneas. ‘La constelación del perro’ no está tan interesada en mostrar cómo termina el mundo, de hecho, ni lo explica, como en preguntarse qué hacemos cuando ya ha terminado. No hay una carrera constante contra el tiempo, no hay una sucesión de amenazas. Hay silencio, paisajes, recuerdos, animales salvajes, pérdidas y dos hombres que intentan convivir después de haberlo perdido todo.

El cineasta confiesa que su decisión de llevar una historia a la pantalla depende siempre de esa primera lectura del material, si el libro le convence desde el principio, no hay nada que lo haga dudar. En sus cuarenta años de carrera, dice, solo tres guiones lo han atrapado de esa manera al llegar a su mesa: ‘Alien’, ‘Marte’, y, ahora, ‘La constelación del perro’. La elección es totalmente coherente con una filmografía acostumbrada a mirar hacia futuros oscuros, pero supone un cambio de escala. Scott, uno de los grandes directores del cine de espectáculo, se enfrenta aquí a una historia mucho más pequeña y contemplativa.

Tras años y años retratando, a través de la ciencia ficción, desastres llenos de criaturas, tecnología y caos… con esta calmada cinta Scott intenta dar respuesta a una pregunta que atraviesa toda su filmografía: cuando sobrevivir deja de ser la batalla de cada día, ¿qué hacemos con el tiempo que nos queda? Aunque parezca un largometraje puro de ciencia ficción, el director conecta la trama directamente con la crisis financiera de 2008, la codicia del sistema bancario y los movimientos migratorios actuales, como ingredientes de un mundo al borde del colapso: «En 2008, todos miramos fijamente al abismo financiero. Si a eso le sumas una pandemia, y otra ola de llegadas desde el norte de África… tienes el comienzo de un problema serio», sostiene el británico.

La lectura resulta especialmente inevitable después de la pandemia del COVID-19. La novela de Heller fue publicada en 2012, ocho años antes de que el mundo experimentara una crisis sanitaria global de esas dimensiones. La película, sin embargo, llega ahora a las pantallas cuando aquella experiencia forma parte de la más reciente memoria colectiva. De hecho, Pierce, que interpreta a un padre traumatizado por los sucesos, admite que le resultó extraño terminar de vivir la pandemia y, poco después, rodar una historia que imagina un colapso aún mayor. Al final, revela, la ficción no está tan alejada de la realidad reciente. El director, por su parte, reconoce que estuvo a punto de dirigir una película sobre el ébola justo cuando el virus volvió a brotar, y aprovechó para criticar los recortes en los organismos de salud pública que, según él, permiten que este tipo de crisis reaparezcan: «Iba a hacer una película sobre el ébola con Jodie Foster. Estuvo fuera de control porque nosotros (Estados Unidos) recortamos los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades a nivel global, recortamos el presupuesto. Puede volver a pasar, así es como ocurre. Estados Unidos debería ser el gran vigilante del mundo, porque eso es lo que son», denuncia.

Con un ritmo lento y delicado, ‘La constelación del perro’ traslada la poesía del libro original a través de la fotografía, y Scott explica cómo las imágenes de aves y paisajes están rodadas para que la propia cámara hable ese lenguaje poético: «La poesía es el lenguaje visual. La fotografía es la poesía de cualquier película, ya sea una de terror o una comedia», defiende el británico. Destacando la belleza de la fotografía, Brolin explica que prefiere rodar en exteriores reales antes que en un plató, asegurando que todo lo que aparece en pantalla, incluido el barro de las montañas, fue completamente real, sin apoyo de efectos digitales. Esa apuesta por lo real resulta especialmente significativa en un largometraje que, perfectamente, podría haber caído en el espectáculo digital. Los paisajes, las montañas y los espacios abandonados adquieren casi la misma importancia que los personajes. Eso recuerda inevitablemente a las imágenes que circularon durante los meses más duros del confinamiento por el COVID: animales recorriendo con tranquilidad calles vacías, ciudades sin tráfico y espacios que, de repente, parecían pertenecer de nuevo a la naturaleza. La pandemia dejó durante meses una imagen insólita del mundo sin personas, y ‘La constelación del perro’ lleva la idea hasta sus últimas consecuencias.

El problema es que esa apuesta por la calma no siempre funciona. La película se mueve en una delicadísima frontera entre la contemplación y la monotonía, entre la intimidad y la falta de tensión. Su fotografía y sus interpretaciones sostienen buena parte de la propuesta, pero el guion no siempre consigue desarrollar con la misma profundidad todas las ideas que plantea.

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‘La constelación del perro’ aterriza en la gran pantalla como una propuesta intimista y contemplativa que utiliza el fin del mundo para hablar de algo mucho más universal: cómo seguir adelante cuando parece que ya no queda nada. Quizás por eso la película no habla tanto del fin del mundo como de nuestra forma de vivirlo cuando todavía no ha terminado. A sus 88 años, un director cuya carrera está asociada a algunas de las imágenes más poderosas y espectaculares de la ciencia ficción decide mirar hacia el apocalipsis y quitarle, en cierta parte, el espectáculo.

Después de una pandemia, de crisis económicas, guerras, migraciones y un futuro profundamente marcado por la incertidumbre, el apocalipsis ya no parece un territorio exclusivamente reservado a la ciencia ficción. Más allá de un mundo devastado, ‘La constelación del perro’ habla de otro que todavía existe y que lleva años preguntándose cuánto puede aguantar.