En la cabeza de Marta todo es amarillo. Al menos, todo aquello que, en ella, despierta emociones positivas. Ha creado, sin darse cuenta, un imaginario dorado alrededor del cual gira su carrera artística. “No sé por qué. Es algo instintivo. Lleva apareciendo en mi vida desde siempre, se me van los ojos cuando veo algo amarillento. Siempre llevo un complemento de este color y, como las composiciones de mis bodegones las hago con objetos que encuentro, suelo encontrar inspiración en cosas amarillas. Tiene toda la luz que busco y permite generar contrastes con su saturación”, relata Marta Lapeña, artista visual y muralista. Desde su estudio en Tetuán pinta, esculpe e idea los diseños que estampa después en fachadas de todo el mundo. Sus murales se encuentran en Madrid, Francia, Italia, Suecia, India o México, entre otros.
Nacida en Ólvega, un municipio de la provincia de Soria con menos de 4.000 habitantes, descubrió su vocación cuando todavía iba al colegio. “Es algo totalmente instintivo que me acompaña desde que soy pequeña. Dibujar y pintar era lo que más me interesaba, pero siempre se quedó en un segundo plano en términos educativos y no pude desarrollarlo muchísimo. Aún así, mi madre me apuntaba a clases extraescolares de arte porque las disfrutaba un montón”, reconoce. Llegó a Madrid hace ya 14 años para estudiar Arquitectura de Interiores y lograr un equilibrio entre ambas vertientes. Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando comenzó a explorar el mercado laboral, se dio cuenta de que era más feliz cuando tenía una brocha en la mano: “Necesitaba crear, generar mis proyectos y desarrollar mi obra”.

Marta Lapeña junto a uno de sus cuadros. / ALBA VIGARAY

Imagen de uno de los cuadros que Marta pinta en su estudio en Madrid. / ALBA VIGARAY
La joven descubrió decenas de artistas, museos y proyectos con los que había soñado desde su habitación. “Me empecé a empapar del arte urbano que veía en la calle y eso reforzó muchísimo mis ganas de seguir con ello y de saber que era una profesión que se puede llevar a cabo, aunque requiere de ganas y vocación”, explica. Desconoce cómo le hubiera ido de haberse quedado en Ólvega, donde, más allá del apoyo de su familia, tampoco había muchos referentes: “Ha sido fundamental vivir en Madrid unos años, convivir con artistas y referencias para, después, crear mi propia obra. En el pueblo no había tanta información al alcance de la mano”. En 2023, Marta fundó Margarita Studio, su propio espacio creativo que en la actualidad funciona también como galería y sala de exposiciones.
Arte urbano
Actualmente enfocada en la pintura figurativa en todos sus soportes, la artista se centra en el bodegón como composición principal, al cual da un enfoque diferente en función del proyecto. “Suelen ser cosas que conozco, que tengo alrededor y me inspiran o me llaman la atención por algo. Los voy guardando hasta que decido pintarlos. Algunas son cerámicas que encuentro cuando viajo y otras son piezas viejas que mi abuela almacenaba en la casa del pueblo. Son frutas coloridas, telas, estampados que dan movimiento… Todo es inspiración de lo que vivo en mi día a día. Me siento libre y la pintura es indomable. Cada pieza es diferente y sale con unas características muy concretas”, sostiene. Pese a ser la pintura su medio de expresión, Lapeña no deja de interesarse por otras disciplinas y técnicas. Una de ellas es el diseño de producto, que explora desde que decidió enmarcar sus cuadros con metacrilato de colores.

Marta Lapeña junto a su mural en Can Picafort, Mallorca. / CEDIDA

El mural que Marta Lapeña pintó en Vigo, Galicia. / CEDIDA
Toparse con el arte urbano en las calles madrileñas hizo que la Marta de hace 14 años se interesase en la pared como lienzo. Fue así como hizo las primeras pruebas en paneles de gran formato y algunos muros abandonados. “Cuando hice mi primer mural se despertó esa sensación de querer hacer más. Fui desarrollando las habilidades, buscaba encargos y me presentaba a concursos. De un mural saltaba a otro hasta que, por suerte, estoy recorriendo el mundo y me llaman de todas partes para participar en festivales de arte urbano. Se ha convertido en una parte fundamental de mi trabajo. Aunque el fresco que estampó en la fachada del lavadero de su pueblo natal guarda un lugar especial en su corazón, reconoce haber disfrutado cada encargo por igual. Desde la calle Alcalá, en Madrid, junto a la Plaza de Toros de Las Ventas hasta el Mercado de la Cebada o la céntrica calle Salitre.
Fases de trabajo
Nada tiene que ver el encargo de un ayuntamiento particular con la invitación a un festival de arte urbano. “Estos últimos me suelen dar libertad total, pues quieren una pieza mía según lo que me inspire el entorno. En los pueblos donde me contratan, por ejemplo, suelen querer hacer alusión a algo en concreto y soy yo quien busca la manera de relacionarlo”, comenta. Aunque cada mural es distinto, Marta siempre establece dos fases de trabajo. La primera, enfocada en el diseño: “Pienso qué voy a pintar e investigo hasta generar la imagen. Este proceso suele durar una semana de oficina”. Seguidamente, llega la ejecución. “Comienzo comprando materiales, preparando el viaje y la logística… En la mayoría de casos es necesario alquilar una grúa y montar varios andamios. La parte final es pintar, que lleva entre cinco y 10 días, dependiendo del tamaño de la superficie”, añade.

Mural de Marta Lapeña en Iniesta, Castilla-La Mancha. / CEDIDA

Mural de Marta Lapeña en Eslöv Skåne, Suecia. / CEDIDA
Si, por el contrario, viaja a otros países, es porque un festival de arte urbano ha contactado con ella para que acuda como artista invitada: “El equipo se encarga de todo. Me proporcionan alojamiento, dietas y materiales. Voy mucho más ligera y con mi boceto listo para pintar”. Los años de experiencia han hecho que sienta predilección por los muros verticales, siendo las paredes horizontales los encargos en los que más sufre. A la hora de sacar las brochas y abrir los botes de pintura, es importante prestar atención a la meteorología, capaz de arruinar un encargo por completo. “Si hay mucho viento, es incómodo subirse a la grúa y una pierde el estado de concentración. Y, si llueve, el proceso puede alargarse o interrumpirse”, zanja.