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31/08/2026
Actualizado a las 15:42h.
Españoles, el verano ha muerto, vino a decir Sánchez en La Ser, en la primera entrevista de la temporada: que el 31 de agosto caiga en lunes nos viene mal a todos, porque nos hurta la melancolía del último día de playa, ese último … paseo por la orilla, las divagaciones sobre el sentido de la vida y del trabajo, esas dudas del moreno, que se piensan con la piel y se recuerdan en Madrid, más melancólicos aún, con la primera caña de septiembre, después de un día perfectamente improductivo en la oficina, un día de mucho café y mourinhismo exaltado, que es lo que nos merecemos para superar el trauma del regreso, y aquí hay algo: en septiembre el fútbol es todo esperanza, la promesa de una resurrección y un nacimiento, Camavinga y Diomandé, y en cambio el curso político solo nos ofrece repetición, el hastío de las monotonías que no elegimos.
Sánchez apareció en el estudio de Aimar Bretos en traje, sin corbata pero con chaleco, como si de pronto hubiera vuelto el frío a nuestras vidas, que llegaba por la vía de real decreto y no del cambio climático, es decir, por la vía de la invocación, que definió hace unos días Mónica García: a lo de Ceuta hay que llamarlo crisis migratoria y no invasión para así evitar la guerra, y viva la poesía. Sánchez vino a desarrollar esta teoría, y subió la apuesta diciendo que Marruecos ofreció una «cooperación instantánea, inmediata» tras la entrada masiva de inmigrantes, de la que culpó a organizaciones criminales, a Rusia, a Israel y a una «internacional ultraderechista» que trabaja por y para la división de España y Europa. Con la misma seguridad dijo que Felipe VI llevaba veinte años de reinado, cuando en realidad suma doce, y le echó en cara que hasta ahora nunca haya ido a Ceuta… Sánchez habló así, con ese desparpajo suyo casi intelectual, durante una hora y cinco minutos, y para cuando acabó parecía que llevaba ahí toda la vida y nosotros con él, con los pies ya en el fango, lejísimos de cualquier playa real o imaginaria.
Visto así, Sánchez me recordó a aquel profesor, casi siempre de matemáticas, que el primer día de instituto ya se ponía a dar clase, como si no hubiera un minuto que perder, porque había echado las cuentas y todo era urgente. Chicos, ya vamos tarde, decía, aunque en realidad pensaba: si a mí se me ha acabado el verano a vosotros también.