Muchísimas facetas de Novak Djokovic son inmortales. Sus memorables hazañas, su inabarcable legado, su inalcanzable palmarés. Su tenis. Su historia de película. La de un niño que superó bombardeos en su ciudad para convertirse en profesional de uno de los deportes más caros y elitistas que existen y no solo desafiar, sino tumbar el binomio marcado por el statu quo de una disciplina que acepta muy mal los cambios que amenacen a sus tradiciones.
Pero ni siquiera el rey de convertir lo imposible en rutina puede escapar del dios Cronos. Lo hizo en 2023, con 36 años, ganando tres de los cuatro Grand Slams -entre otros muchos títulos-. Y en 2024, con 37, pasándose el juego con el oro olímpico que le faltaba. Incluso en 2025, con 38, llegando a las semifinales en los cuatro grandes. Pero, definitivamente, 2026 y los 39 años marcan el canto del cisne de su epopeya. Un año que empezó con la final de Australia y que acabó en la madrugada del domingo al lunes con su primera derrota en 20 años en un debut en Grand Slam.

El tenis sigue ahí, pero el cuerpo comienza a desobedecer. / Brian Hirschfeld
Hasta en esto es el genio de lo improbable. Novak Djokovic perdió ante un gran Mariano Navone en cinco sets (7-6 (5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1). Pero, sobre todo, Novak Djokovic perdió ante sí mismo en la única batalla de su legendaria carrera deportiva que no va a ser capaz de ganar.
«Sufrí en la pista», reconocía al acabar el partido. Mediado un primer set que dominaba con break arriba, todo se empezó a torcer. Ganó el segundo y, sobre todo, el tercero, por lo gigantesco que es su nombre. Pero ya se percibía que algo no iba bien como preludio a lo mal que iba a ir todo.
Aparecieron los vómitos y los dolores. Los físicos y los del alma. Las lágrimas inundaban sus ojos camino de la derrota. La atronadora ovación de la Arthur Ashe para despedirlo añadió dramatismo. Porque puede que este aullido del lobo sea el último. El fin terrenal llegará. Quedará la inmortalidad.