
«Un verano tranquilo y nadando mucho». Así es como la propia Tita Thyssen me describe cómo han sido los últimos días de agosto en su casa de Sant Feliú, de donde únicamente sale para acudir cada tres semanas a la clínica de Barcelona en la que se realiza su tratamiento de salud. La baronesa ha recuperado su voz y el dominio de su teléfono y nada más contestar me saluda con un tono muy alegre y animado.
Es la propia Tita quien me asegura que está bien y, sobre todo, muy centrada en el documental y en las memorias que prepara tras romper sus acuerdos con otros autores (el caso de Nieves Herrero) o incluso plataformas como Netflix. Le pregunto en qué momento de esos recuerdos anda enfrascada y me responde que en sus años de juventud, «cuando empezaba a volar». Y es que la vida de Tita tiene siempre muchos capítulos que llenar incluso mucho antes que se cruzara por su vida su último marido, el barón Thyssen, con quien vivió sus mejores años.
Como es lógico, Tita no entra en detalles sobre su salud pero comenta que se encuentra bien y tranquila y que no muy tarde será cuando viaje a Madrid por una serie de asuntos.
Escucharla y confiar en que termine el documental sobre su singular vida es siempre una inyección de buenos augurios, y más después de todo lo que ha vivido en los últimos meses y la manera en la que tuvo que cortar de forma radical con su agenda habitual y sus salidas y entradas. Ojalá que la baronesa cumpla sus planes y pronto la veamos acudiendo a alguna cita del museo, aunque lo cierto es que de momento tendrá que seguir con su tratamiento y confiar en que no haya más baches ni complicaciones.