La muerte de Ioana Dragnea, la joven rumana de 25 años que se ahogó el pasado domingo 23 de agosto en la balsa de la Morea, dejó «todo un futuro cortado por la mitad» para sus seres queridos. En especial, para su marido, Ramón Arbizu, y su hijo Leonardo, de apenas un año de edad, a quienes se les «cayó el cielo entero a cristales». Porque ella, no solo por su juventud sino por su forma de ser, era «todo vitalidad y alegría pura«, a pesar de los distintas dificultades que tuvo que afrontar a lo largo de su historia vital. Según cuenta su marido, muy afectado por la noticia, «no tenía padres» y desde muy joven tuvo que mudarse a Navarra junto con sus dos hermanas en busca de algo mejor. Durante los primeros años, trabajó cuidando niños hasta que desde Cáritas le ayudaron a trabajar como camarera en el Celtic Mine Bar de la Rochapea.

Fallece la joven de 25 años rescatada de la balsa de La Morea en Beriáin


Fallece la joven de 25 años rescatada de la balsa de La Morea en Beriáin

Poco después, pasó por el bar en el que trabajaba Ramón Arbizu, el que era su pareja desde hace ocho años, e intercambiaron distintas conversaciones. Después, le dejó su currículum para trabajar como camarera —después pasó por otros bares trabajando de lo mismo— y, casualidades del destino, una de sus compañeras dejó el trabajo, por lo que «le dije de última hora a ver si podía empezar y así fue. Y, poco a poco, nos fuimos cogiendo cariño», recuerda Ramón. Fue entonces cuando empezó a conocer lo alegre, agradecida, sonriente, y lo mucho que valoraba los detalles. «Lo era todo para mí, porque era mi mujer mi apoyo, la niña de mis ojos…», se emociona. Y su amor era tan grande que hace dos años hablaron de tener un hijo, Leonardo, que nació el 8 de agosto de 2025 y tenían todo planeado para casarse dentro de poco, pero «no ha podido ser y va a dejar un vacío enorme».

Una mujer «radiante»

Tanto es así que todas las personas que la conocían del barrio —ambos residían junto a su hijo en la Rochapea— estuvieron durante estos ocho días preguntando por cómo se encontraba. «Era una mujer radiante. Diría que la conocían casi tanto como al Papa», ha dicho esbozando cierta sonrisa entre su voz agrietada. Porque todo el mundo que la conoce, como él asegura, la quiere. «Era demasiado generosa, agradecida, muy madura para su edad… Y quería a la gente con mucha ternura. Se llevaba muy bien con mis otros hijos», ha asegurado. Porque la tristeza será casi tan infinita como sus recuerdos. Por eso, tan solo queda, entre lágrimas, no dejar de hablar nunca de su risa.