El dolor menstrual ha estado tan normalizado que no hace tanto que la ciencia se pregunta por su origen. Las mujeres han crecido escuchando que tener dolor una vez al mes “es normal”, pero que algo sea frecuente no quiere decir necesariamente que no se pueda evitar. En un estudio español de 2025 del Instituto de Gestión de la Innovación y del Conocimiento (INGENIO, CSIC-UPV) con unas 3.500 mujeres mayores de 14 años, el 70,9% experimentaba molestias menstruales, como dolor e hinchazón abdominal, cada mes o la mayoría de ellos. Sin embargo, encontraban una atención insuficiente en su entorno sanitario y social, que tradicionalmente ha asumido que las “cosas de mujeres” no tienen explicación y que los anticonceptivos orales son el parche para múltiples dolencias.

Este martes, The Lancet publica un estudio estadounidense donde, por primera vez, examinan los factores de riesgo para desarrollar dolor menstrual –dismenorrea– en una edad bastante temprana, antes incluso del inicio de la menstruación. Hasta ahora, las investigaciones similares habían hecho seguimiento a mujeres adultas y adolescentes de mayor edad y con resultados poco concluyentes por la falta de homogeneidad entre estudios, como explican en este.

El nuevo trabajo se centra en chicas de 12 y 13 años, para las que evaluaron su sintomatología tres años antes de la primera regla –la menarquia– mediante cuestionarios a ellas y a sus familias. Buscaban factores que las predispusieran a tener periodos dolorosos, que, como hallaron en primer lugar, se dieron en casi el 58% de las 2.254 adolescentes estudiadas, alrededor de un 20% reconocidos por ellas como de nivel “severo”.

En el caso de la dismenorrea, comprender los factores de riesgo no solo puede ayudar a identificar a quienes pueden llegar a padecerla. “Existe una fuerte relación entre la dismenorrea severa en la adolescencia y el desarrollo de dolor crónico en la edad adulta”, explica a EL PAÍS Melissa Lenert, una de las autoras. “Creemos que el sistema nervioso puede desarrollar dolor crónico ante ciertos factores traumáticos como enfermedades, infecciones o lesiones repetidas, y que la dismenorrea severa no tratada podría ser uno de esos factores”, señala la investigadora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan.

Las niñas que posteriormente experimentaron menstruaciones dolorosas tenían más probabilidades de haber presentado ciertos síntomas físicos entre los 9 y los 10 años. Sus familias reportaron con mayor frecuencia que las hijas habían sufrido mareos, cansancio excesivo sin motivo aparente, náuseas o malestar general, estreñimiento, sequedad o picazón de ojos o erupciones en la piel a esa edad temprana. “Muchos de estos síntomas están presentes en adultos y adolescentes con dolor crónico y a menudo lo preceden, aunque no siempre se conocen sus causas”, cuenta Lenert.

La investigadora admite que solo están empezando a comprender la relación entre el dolor y la sensibilidad sensorial interna que puede estar detonando dichos síntomas. “Explorar las causas subyacentes de esta sensibilidad es un paso fundamental en este campo de investigación”, añade.

Desarrollo temprano y origen sociocultural

Las chicas que reportaron menstruaciones dolorosas a los 12 y 13 años también presentaban tres años antes signos de pubertad avanzada: vello corporal, cambios en la piel, “estirones” de crecimiento y desarrollo de los senos. Lenert explica que este adelanto puede deberse a factores genéticos, ambientales o a ambos: “Por ejemplo, factores ambientales que afectan a la nutrición, la exposición a disruptores endocrinos o el estrés en la infancia pueden contribuir a un desarrollo puberal avanzado antes de la menarquia”.

La conjugación de todos esos factores se traduce en una gran variabilidad natural en el desarrollo de la pubertad, que también puede reflejar otros factores sociales y culturales. Algunos de ellos, como el acceso desigual a la atención médica, el estigma en torno a la menstruación o el propio desarrollo físico más temprano, se han relacionado con factores de estrés sociales y culturales.

En este contexto, el de los determinantes sociales de la salud, es en el que los autores enmarcan otro de sus hallazgos: que las adolescentes negras presentaron un 38% más de probabilidades de experimentar menstruaciones dolorosas que las blancas, y las adolescentes hispanas un 34% más que las no hispanas. Aunque las causas subyacentes a esta variabilidad también puedan ser de tipo genético, la carga cultural que la regla arrastra históricamente en todo el mundo es necesariamente un objeto de estudio que en los últimos tiempos ha cobrado mucha importancia y contribuye a derribar tabúes y falsas creencias.

Para Alicia Botello, enfermera y antropóloga social y cultural, la menstruación es “probablemente uno de los procesos fisiológicos y biológicos sobre los que históricamente se han construido más normas culturales y sociales, además de numerosos estigmas y mitos que se han transmitido de generación en generación”. “Desde la Antigüedad, la menstruación se ha vinculado en muchas culturas con impureza, vergüenza y prohibición y, desgraciadamente, algunas de estas creencias se han transmitido y han contribuido a invisibilizarla y normalizar el dolor”, añade la investigadora de la Universidad de Sevilla, que no participa en el estudio, en una llamada telefónica.

Educar en la no normalización del dolor

Los problemas de sueño a edad temprana no se relacionaron con la aparición de dolor menstrual. Sin embargo, entre las niñas que desarrollaron dismenorrea, se asoció con una mayor alteración de las actividades diarias una vez que comenzó la menstruación. “El cerebro y el cuerpo necesitan un sueño reparador para funcionar correctamente; por tanto, cuando el cuerpo no duerme lo suficiente, el impacto del dolor en la vida diaria es mucho mayor”, argumenta Lenert.

De aquí extraen uno de los consejos que se pueden sacar de este estudio: mejorar la calidad del sueño durante la adolescencia para intentar disminuir el impacto del dolor menstrual. Este es uno de los aspectos que se podrían trabajar a través de la educación, una de las vías fundamentales por las que aboga Botello para proteger a las jóvenes frente a los factores de riesgo que se pueden prevenir. “Enseñar a las adolescentes a conocer su ciclo, entender qué es esperable y saber cuándo un dolor no debería considerarse normal es fundamental para cuidar su salud”, afirma la antropóloga.

Botello reconoce el avance en salud menstrual de los últimos años en España, pero considera que, aparte de romper tabúes, sigue haciendo falta dejar de normalizar el dolor incapacitante. Explica que esto, “unido aún a la vergüenza, a que ‘son cosas de mujeres’ y a que hay que aguantar”, lleva a menudo a la automedicación y afecta a su vida cotidiana: “Dejan de ir al colegio, se quedan en cama o dejan de hacer deporte”. “Tener información desde el principio les permite vivir la menstruación con mayor naturalidad, conocer su propio cuerpo y saber cuándo es importante pedir ayuda y buscar atención sanitaria”, añade.

Pese a que aún no se conozcan las causas subyacentes de los factores de riesgo que identifica el estudio, su autora también señala que el camino pasa por acabar con la normalización del dolor. “La mayoría de las mujeres experimentarán dolor menstrual en algún momento, pero no debería ser tan intenso como para interferir con sus actividades diarias y debe investigarse más a fondo”, comenta.

“Muchas personas con dismenorrea severa desarrollan dolor crónico debido a afecciones como endometriosis o miomas uterinos, entre otras; la intervención temprana en estas afecciones es fundamental para limitar el sufrimiento innecesario”, concluye la investigadora.