A José «Poch» las manos se le mancharon de spray mucho antes de que el graffiti se rebautizara como «arte urbano», ganara caché social y atrajese inversión pública y privada. Ocurrió a mediados de los noventa, entre los márgenes garabateados de las libretas del instituto y una visita aún adolescente a una Barcelona que a sus ojos olía a libertad y aerosol. Por aquel entonces, pintar en la calle era visto casi con desprecio. Tres décadas después, el graffitero corverano recorre el país de festival en festival, pinta en museos y firma obras que se cuelan entre las mejores de los concursos internacionales.

Ese contraste entre el rechazo del pasado y la aceptación actual define su trayectoria y se refleja en sus dos grandes intervenciones en la comarca. Por un lado, en Trasona, Poch firmó un mural que optó a erigirse como el mejor a nivel mundial. Por otro lado, el artista levantó un homenaje a la memoria obrera en San Balandrán, de camino a la desembocadura de la ría de Avilés, a petición de la asociación de vecinos, que se coló en el top 10 de «Streetartcities», una web que recoge los mejores diseños a nivel internacional y en la que Poch se ha convertido en habitual. En este mural, dedicado a las rederas, el corverano rescató del olvido la labor de un colectivo históricamente invisibilizado: «Era una zona de vigilancia hacia el mar para controlar el regreso de los barcos. Mientras esperaban, tejían las redes. Era una labor esencial», explica Poch sobre una intervención que le llevó algo más de una semana sorteando el viento y la lluvia.

Detalle del mural de las rederas.

Detalle del mural de las rederas. / Christian García

El reconocimiento actual a esta disciplinas, recuerda Poch, dista mucho de los comienzos del movimiento en la comarca, cuando se aprendía de manera autodidacta y «conseguir una revista de graffiti era como tener internet hace 20 años, era superdifícil». «Si alguien aprendía una cosa, te la enseñaba», recuerda de una época marcada por las estrecheces económicas para conseguir materiales. Con los años, el movimiento mutó. La calle dejó de ser exclusiva de los considerados «apestados» para abrirse a diseñadores gráficos, ilustradores y pintores de estudio. De forma paralela, muchos nombres pioneros de la escena avilesina y asturiana encontraron en el tatuaje una salida profesional donde volcar su dominio del trazo.

Esa normalización también sirvió para romper falsos mitos sobre quién trasnocha con un bote en la mano. Poch desmonta los clichés sobre el «vandalismo» y los desorbitados presupuestos de limpieza de vagones. «La gente está engañada. A lo mejor tu dentista tiene 40 años y es el que está pintando el tren por la noche. Hay artistas como COPE2, de más de 50 años, que siguen pintando trenes y luego venden cuadros en galerías por 3.000 euros», detalla.

"Poch", durante la realización de un mural en el museo leonés.

«Poch», durante la realización de un mural en el museo leonés. / J. P.

En la actualidad, sobrevivir profesionalmente del spray implica un equilibrio constante entre la identidad artística y el sustento diario. Poch mantiene su economía combinando el circuito de festivales con encargos comerciales para todo tipo de clientes y negocios: desde cierres de locales —como la persiana de un gimnasio en León— hasta fachadas privadas o talleres mecánicos, recordando con cariño que su primer encargo remunerado fue precisamente el pintado del taller Neumáticos Graña, en Corvera, a principios de los años 2000.

Esta necesidad de profesionalización choca a menudo con la paradoja económica de ciertas convocatorias públicas, una precariedad que el artista no duda en denunciar: «Están sacando concursos donde el metro cuadrado sale a 13 euros, que es lo que cobra un pintor por dar una capa de blanco. Te piden un mural gigante que va a durar años y que van a meter en rutas turísticas a cambio de 500 euros y una camiseta. Si no tienes dinero para un proyecto así, no lo hagas. No desprestigies el trabajo».

Trabajo de Poch en Neumáticos Graña.

Trabajo de Poch en Neumáticos Graña. / Poch

Ahora, cuando los encargos amenazan con saturar la creatividad, el antídoto para Poch sigue siendo el mismo que hace treinta años: la pared libre. «Utilizo el graffiti de fin de semana para desconectar, para hacer lo que me gusta sin llevar nada pensado, improvisar y pasar la tarde con amigos. Es como el que hace surf y se va a tomar unas cervezas a la playa». Entre encargos comerciales y proyectos para festivales, Poch continúa regresando a las letras, la esencia con la que empezó a mancharse las manos cuando pintar la calle era, simplemente, una forma de expresarse en el mundo.

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