Aitor Francesena.Alex Iturralde
Incluso a los gallos que no cantan también les sale la cresta porque ser valiente es una actitud ante la vida. El surfista Aitor Francesena (Zarautz, 55 años) así lo ha demostrado antes y después de su ceguera. Apodado Gallo desde joven, por su determinación y cabezonería, es el hermano mayor de tres; después de él, están Leire y Ainhoa. Perder el sentido de la vista es un viaje en el que ha estado inmerso casi 30 años. En 1984, con 14, dejó de ver por el ojo derecho a propósito de un glaucoma y una infección: “Me habían operado. En esa época jugaba fútbol en la playa, se metió arena y lo perdí”. En 2012, con 42 años, la vida le cambió para siempre tras dos trasplantes de córnea en el ojo izquierdo: “En el primero hubo un rechazo. En el segundo todo iba bien pero había un punto que no se cerraba. Y nada, esperando al tercer trasplante me metí al mar a surfear, me caí en una ola y me reventó el globo ocular”. Su hija Uxue, que por aquel entonces tenía siete años, estaba en la playa y presenció el accidente. Fueron cerca de tres meses de recuperación en el hospital, pero cuando por fin padre e hija se reencontraron la niña le tocó la cabeza y le dijo: “Si no tienes nada. Está donde siempre”. Esta anécdota, y muchas otras, además de su historia de amor con el surf y su existencia en tierra firme aprendiendo una nueva manera de moverse, se recogen en Surfear la vida (Planeta): el libro en el que cuenta cómo el fundido a negro, en el que está inmerso desde hace casi 15 años, ha redefinido sus días.
Este ya es el tercer libro que escribe (tras Las olas contadas y Querer es poder) y funciona a modo de autobiografía, pero, también, tiene una voluntad de libro de autoayuda. En la narración, este deportista evita la autocompasión, el victimismo y no flirtea ni con la idea de héroe ni con la de antihéroe: “Al principio, en la vuelta a casa tras el hospital, fue duro reconocer que no volvería a ser autosuficiente al cien por cien. Pero también me dije: relax, ya no tienes nada que esconder. Cuando no era ciego daba explicaciones cada dos por tres, tenía que pedirle a alguien que me leyera el menú en un restaurante, que me dijera la hora”. Asegura que “hay días, días y días, semanas y semanas, meses y meses” que no se da cuenta de que está ciego. “¿Por qué? Porque cuando tú estás con la cabeza proyectando, proyectando no te da tiempo a pensar. Luego, yo vivo a un ritmo superpotente. En este 2026 ya tengo todo el año preparado. Y ahora, cuando pase el campeonato de Europa y del mundo, yo ya estaré con la cabeza puesta en 2027”.
El surfista Aitor Francesena entra al mar de Zarautz. Antes tiene un ritual: pasear.Alex Iturralde
Tras su vuelta a casa después de las competiciones, El País Semanal se cita con Gallo en la playa de Zarautz a primera hora de la mañana en un día laboral. Es un momento en el que todavía hay calma en el paseo, muchos bares aún no han abierto ni siquiera para dar los desayunos y apenas hay bañistas. Hace sol. El que luce hoy en esta parte de la costa vasca se muestra seductor y magnético al difuminarse con la bruma matutina. La temperatura es agradable y la chaqueta empieza a sobrar. Como en muchas otras jornadas, al surfista le acompaña su cuñado Marcos (marido de su hermana Ainhoa), quien se mete al agua con él y le va orientando. Hoy el mar no es el idílico porque las olas están esponjosas, más cortas de lo deseado y no hay mucho viento, pero ni él ni los otros surfistas que están en el agua deciden salir. Este no es un deporte ni para tener prisa ni para perder la paciencia. Parte del ritual consiste en esperar.
Aitor Francesena sujeta la tabla de surf con un grupo de alumnos de la Escuela de Surf Pukas. Alex Iturralde
Francesena, que aumentó su popularidad hace un par de años con el empujón mediático que obtuvo por ser el primer invitado del programa La revuelta, presentado por David Broncano, es un ciego que evita usar el bastón. En cuanto lo tuvo por primera vez en sus manos, lo lanzó contra una pared como si fuera una jabalina. Prefiere moverse con la asistencia de alguna persona y, solo cuando es imprescindible, se apoya en él. Antes de comenzar a vivir con la ceguera, fundó la primera escuela de surf de España, fabricó tablas y cursó estudios de preparador físico para desarrollar su faceta como entrenador. Tiene un lema: “¡A tope y pa’lante!”. Desde hace una década participa en pruebas nacionales e internacionales de surf adaptado (parasurfing) porque haberse vuelto invidente no era, ni mucho menos, una razón de peso para dejar de hacer lo que más le motiva. El resultado ha sido brillante: es 10 veces consecutivas campeón de España y seis del mundo. Las últimas en San Diego (California) y en Gran Canaria, cuyo título consiguió a mediados de junio. En esta isla no solo ha ganado el campeonato nacional, sino que ha demostrado también que las operaciones del hombro derecho y de la cadera izquierda a las que se sometió entre octubre y diciembre de 2025 han merecido la pena para mejorar su maquinaria corporal.
Aitor Francesena posa con las tablas de surf de la tienda Surf Pukas de Zarautz.Alex Iturralde
Después de un buen rato a remojo, el surfista y su cuñado abandonan la playa. En el camino a quitarse el neopreno y vestirse con ropa de civil, Gallo se topa con un grupo de chicos y de chicas en la puerta de la tienda Pukas (tótem del surf vasco por sus tablas y su escuela). Están a punto de entrar al mar para recibir una clase práctica que será su bautismo para gran parte de ellos. El monitor del grupo le pide a Gallo que se quede unos minutos y dice: “¡Aprovechad y hacedle preguntas, que es un campeón del mundo!”. Una de las chicas se interesa por cómo fue la experiencia de entrenar a Aritz Aranburu, quien ganó el campeonato de Europa de 2007 y ese mismo año participó en la World Championship Tour. “Fueron unos 10 años de trabajo”, espeta Francesena. Y continúa enérgico su respuesta: “Primero hay que ser el mejor de tu casa, luego de tu pueblo, luego de tu territorio, de tu país, de Europa y luego del mundo. Cuando lo consigues es lo más. Fue muy importante para él y para mí. Marcamos un hito. Un tipo de la federación de surf nos dijo que lo que habíamos conseguido era como que un japonés viniera aquí [a Euskadi] y ganara al cuatro y medio [pelota vasca]”.
Aitor Francesena, en la competición de AmpSurf ISA World Parasurfing Championship, celebrada en marzo de 2020 en La Jolla, California.Sean Evans (Federación Española de Surfing)
Tras esta rueda de prensa improvisada, y la foto de rigor con los jóvenes, emprendemos rumbo al otro establecimiento que Pukas tiene en el centro de Zarautz, localización para la entrevista. Por el camino, al surfista le saludan diciendo su nombre en alto —es tremendamente popular— y este responde con la cercanía y el agradecimiento de quien se sabe querido. Espontáneo pero concienzudo, comparte una reflexión: “Los chavales de hoy en día se frustran. Lo que les intento decir es que se pongan objetivos reales, que no se olviden de que si quieren conseguir algo se tienen que sacrificar y trabajar por ello”.
Por fin llegamos a la tienda y, tras la sesión de fotos, entre tablas, nos sentamos a charlar en un sofá de cuero desgastado, muy old school. “Tenía la prohibición de hacer cualquier deporte por parte de mis padres, pero yo fui en contra de eso. Los hice a escondidas hasta que se dieron cuenta de que no podían conmigo y por eso me facilitaron las cosas”, confiesa. De lo que no se esconde es de señalar la circunstancia con la que ha estado enfrentado toda su vida, quedarse ciego. “Yo veía a uno yendo por la calle y miraba para otro lado. No quería que eso me llegase y no quería saber nada”, comenta. Y prosigue: “Antes de perder la vista tenía sueños de que estaba ciego y creo que, de alguna manera, me estaba preparando. Y ahora que ya no veo tengo algún sueño guapo en el que he recuperado la vista y puedo bajar del piso de arriba al de abajo de casa de mi madre, porque es un dúplex. Le digo a ella: ‘Ama, no le cuentes a nadie porque si no igual me quitan el poder volver a ver”. A Francesena en 2023 se le reconoció su aportación y legado a este deporte con una estrella en el Paseo de las Estrellas de la playa de Somo (Cantabria).
Su hija Uxue, de 21 años, se acaba de graduar en Periodismo y es “lo más importante” de la vida de Aitor Francesena. Está presente durante la conversación. De carácter sosegado o chill, como ella misma se define, escucha atenta a todo lo que dice su aita. Con él no solo surfea, sino que, más o menos una vez al año, viajan juntos. Han estado en San Diego, San Francisco, Hawái, Nueva York, Costa Rica o Australia. La joven no duda en sumarse a la charla para compartir una anécdota: “Fuimos a Hawái. Recuerdo que hacía un atardecer precioso y, claro, él se acordaba de cuando lo había visto hacía años. Me dijo: ‘Mira el atardecer’. Y justo señaló al mismo sitio en el que caía el sol. Era como si los dos estuviéramos viendo el mismo atardecer”. Otra prueba más de que mientras los sentidos son algo innato, la intuición es algo que se aprende.
Francesena celebra su medalla de oro en la categoría VI1, que agrupa a los surfistas con ceguera o discapacidad visual.Sean Evans (Federación Española de Surfing)
El surf y el skate son deportes en los que se puede hacer una diferenciación en cuanto al tipo de personas que lo practican. Están aquellas que usan la tabla de verdad y otras que tan solo la pasean. Atendiendo al surf (deporte olímpico desde Tokio 2020) se necesita identificar los matices entre surfero y surfista. El primero no madruga para ir a la playa y no duda en beberse unas cuantas cervezas durante la puesta de sol en lugar de estar metido en el agua esperando a coger alguna buena ola antes de que se acabe el día. El segundo, sin embargo, pone el despertador pronto para ir al mar, durante el día se da alguna sesión de entrenamiento suave, come proteínas, evita el alcohol, pasa la tarde metido en el mar y, al salir, le echa un vistazo a alguna de las aplicaciones que pronostican en qué playas estarán las mejores olas y el mejor viento para ir a por ellas al día siguiente. “Caen los surferos y quedan los surfistas”, dice Francesena. “Quien es el puto amo de noche, de día va de puta pena. Para mí es superimportante cuidar el cerebro para asumir todo lo que te venga físicamente y en la vida”.