Durante décadas, el dolor menstrual ha formado parte de una especie de pacto silencioso: millones de mujeres lo han sufrido, pero pocas veces se ha preguntado por qué ocurre o si podría prevenirse. La idea de que “la regla duele y hay que aguantar” ha convertido en habitual una experiencia que, en muchos casos, limita la vida diaria. Ahora, una nueva investigación apunta a que las primeras pistas de la dismenorrea —el término médico para definir el dolor menstrual— podrían aparecer mucho antes de que llegue la primera menstruación.

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El estudio, publicado en la revista científica The Lancet, abre una nueva vía para comprender cómo se construye el dolor menstrual desde etapas tempranas del desarrollo. Los investigadores analizaron a niñas de 12 y 13 años y observaron que algunos factores presentes alrededor de los 9 y 10 años podían estar relacionados con la aparición posterior de reglas dolorosas. El hallazgo cambia la mirada tradicional: el problema no comenzaría necesariamente cuando aparece la menstruación, sino que podría tener un recorrido previo.

La investigación siguió a 2.254 adolescentes y evaluó su estado físico y emocional antes de la menarquia, es decir, antes de la primera regla. Casi el 58% de ellas acabaron experimentando dolor menstrual, y alrededor de una quinta parte describió esos episodios como intensos o severos. Estos datos refuerzan una idea cada vez más extendida entre los especialistas: la menstruación no debe analizarse únicamente como un proceso puntual, sino como parte de una trayectoria de salud que empieza años antes.

Entre los factores que aparecieron asociados a una mayor probabilidad de sufrir dismenorrea se encontraron síntomas físicos registrados durante la infancia. Mareos, cansancio sin una causa clara, náuseas, molestias digestivas, sequedad o picor ocular y problemas cutáneos fueron algunos de los signos que aparecieron con más frecuencia en las niñas que después desarrollaron períodos dolorosos.

El dolor menstrual no aparece de repente: el cuerpo puede dar pistas

Para Melissa Lenert, investigadora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan y una de las autoras del trabajo, estos síntomas podrían estar relacionados con una mayor sensibilidad del organismo frente al dolor. Según cuenta a El País, algunos sistemas nerviosos pueden desarrollar una respuesta exagerada ante determinados estímulos después de experiencias repetidas como enfermedades, infecciones o lesiones, y una dismenorrea intensa podría formar parte de ese proceso.

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Esta hipótesis resulta especialmente relevante porque el dolor menstrual severo no siempre termina con la adolescencia. Diversos estudios han relacionado los episodios intensos y no tratados con un mayor riesgo de desarrollar dolor crónico en la edad adulta. La regla dolorosa deja así de verse como una molestia aislada y empieza a entenderse como una señal que puede requerir una evaluación más profunda.

Otro aspecto destacado del estudio es la relación entre la pubertad adelantada y la aparición posterior de menstruaciones dolorosas. Las niñas que presentaron dismenorrea mostraban con más frecuencia signos tempranos de maduración física, como crecimiento acelerado, aparición de vello corporal, cambios en la piel o desarrollo mamario antes de la primera menstruación.

Los investigadores apuntan a que este adelanto puberal puede estar influido por una combinación de factores genéticos y ambientales. La alimentación, la exposición a determinadas sustancias químicas conocidas como disruptores endocrinos o incluso el estrés durante la infancia podrían intervenir en el ritmo de desarrollo del organismo.

La menstruación sigue cargando con demasiados silencios

Más allá de los factores biológicos, el estudio también pone sobre la mesa una dimensión social que durante años ha condicionado la forma de abordar el dolor menstrual. Las adolescentes que pertenecían a determinados grupos raciales o culturales presentaron diferencias en la frecuencia del dolor, algo que los investigadores relacionan con la influencia de los determinantes sociales de la salud, como el acceso a la atención médica o la forma en la que cada sociedad interpreta la menstruación.

Alicia Botello, enfermera y antropóloga social y cultural de la Universidad de Sevilla, señala que la menstruación ha estado históricamente rodeada de normas, prohibiciones y mitos. En su opinión, muchas generaciones han crecido asociando la regla con vergüenza o incomodidad, lo que ha contribuido a minimizar síntomas que deberían ser escuchados.

El problema de normalizar el dolor es que puede retrasar diagnósticos importantes. Muchas adolescentes aprenden a convivir con molestias incapacitantes sin consultar a un profesional, lo que puede dificultar la detección temprana de enfermedades como la endometriosis o los miomas uterinos, patologías que pueden estar detrás de algunos casos de dolor menstrual intenso.

Educar antes de la primera regla para cambiar la salud menstrual

Los autores del estudio defienden que la educación menstrual debe comenzar antes de la llegada del primer período. Conocer el funcionamiento del ciclo, identificar qué síntomas entran dentro de la normalidad y saber cuándo es necesario pedir ayuda puede marcar una diferencia importante en la calidad de vida de las jóvenes.

La investigación también encontró una relación entre el sueño y el impacto del dolor menstrual. Aunque los problemas de descanso previos no parecieron predecir la aparición de dismenorrea, las adolescentes con dolor intenso experimentaban más dificultades en sus actividades diarias cuando su descanso era insuficiente. Dormir bien podría convertirse en una herramienta para reducir la intensidad con la que el organismo afronta el dolor.

El mensaje principal de los investigadores no es que todas las niñas con estos síntomas vayan a desarrollar reglas dolorosas, sino que existen señales que merecen atención. Identificarlas puede ayudar a acompañar mejor a las adolescentes y evitar que lleguen a aceptar como inevitable un sufrimiento que puede tratarse.

La menstruación seguirá siendo un proceso natural, pero la ciencia empieza a desmontar una idea que ha acompañado durante generaciones a millones de mujeres: que sufrir cada mes es simplemente parte de ser mujer. El nuevo enfoque propone mirar más atrás, escuchar al cuerpo antes y entender que el dolor menstrual también tiene una historia que empieza mucho antes de la primera regla. @mundiario